San Félix de Nola por Ermes Dovico
POLÉMICA

Líbano dividido sobre el sacerdote DJ: una oportunidad perdida para la Iglesia

Cansados de crisis y amenazas, los libaneses se dividen sobre el espectáculo del padre Guilherme. El sacerdote ya fue protagonista de la JMJ de Lisboa, y quiere acercarse a los jóvenes con la música tecno, aunque reúne más prosélitos alrededor del mixer que del altar.

Internacional 14_01_2026 Italiano English

Es un comienzo de año confuso en el Líbano, ocupado con la búsqueda de armamento de Hezbolá y con los bombardeos en las regiones del sur y del valle de la Bekaa por parte de Israel, que no está contento con la actuación del ejército libanés. Mientras tanto, Netanyahu agita el espectro de un visto bueno estadounidense —que Trump no ha confirmado— a una nueva acción militar masiva en el país de los cedros. Quizás por eso la población, cansada de vivir entre amenazas, gobernantes ineficaces y crisis financiera, se ha tomado muy en serio una polémica aparentemente más leve que ha estallado en los últimos días y que, por así decirlo, ha dividido al país en dos.

El protagonista de la historia es el padre Guilherme, cuyo nombre real es Guilherme Peixoto, un sacerdote católico portugués que salió del anonimato en 2023 en la JMJ de Lisboa, cuando actuó como DJ durante una vigilia con el entonces Papa Francisco. Según se ha sabido, tras su hazaña en Lisboa, el “sacerdote DJ” comenzó a actuar ante un público de jóvenes y preadolescentes, con la intención declarada de acercarlos a Dios a través de la música tecno-house. Gracias a los sacerdotes maronitas de la Universidad del Espíritu Santo de Beirut, el padre Guilherme fue invitado el sábado 10 de enero a celebrar una misa abierta a todos en el campus de la universidad.

Tratándose de un personaje así, no podía faltar una actuación con el mixer, que de hecho se organizó para la medianoche del mismo día en AHM, una discoteca de la capital. Según la información de la que disponemos, no está claro cómo se produjo el contacto entre el presbítero y la discoteca, quién buscó a quién; pero lo cierto es que se publicó la publicidad del evento y se pusieron a la venta las entradas, inicialmente entre 35 y 40 euros cada una.

El pasado 4 de enero, sin embargo, se produjo el golpe de efecto: un grupo de unas dieciocho personas, entre las que al parecer había algunos sacerdotes, presentó una petición al juez para que tomara medidas urgentes y prohibiera el concierto porque “viola la moral y las enseñanzas de la Iglesia, distorsionando las imágenes de la fe cristiana y sus ritos”. Esto bastó para desatar la polémica y aumentar las ventas de entradas, cuyo precio subió a 95 dólares en vísperas del concierto.

El 9 de enero, el juez competente rechazó la petición alegando varios vicios de forma y por su parte la discoteca, en un comunicado difundido ese mismo día, informó de que “no se proyectarán símbolos religiosos” y que el padre Guilherme no llevaría “vestimenta religiosa”. Considerándose satisfechos, los autores de la petición decidieron no manifestarse frente a la discoteca, como tenían previsto inicialmente.

La noche del concierto, frente al local, encontramos importantes medidas de seguridad: enseguida nos damos cuenta de que la prensa no es bienvenida. La actitud de los gerentes y los porteros es la misma que en todos los clubes del mundo occidental: cínicamente orientados al negocio, sin otra preocupación que ganar dinero. Durante la velada tocarán tres DJ, de los cuales el padre Guilherme es el segundo. Chicos y chicas de diversas edades comienzan a entrar, vestidos como corresponde a una noche de discoteca. “¿Estás aquí por el padre Guilherme? ¿Por qué?”, le preguntamos a un chico que espera. “Sí, estoy aquí por él. He venido porque creo que se necesitan personas como él, que acerquen la Iglesia a los jóvenes, que sirvan de puente. La Iglesia no es solo ir a misa...”. “¿Has ido hoy a la misa del padre Guilherme?”, le interrumpimos. “No”, responde. “He venido por curiosidad”: es una chica la que habla, esperando junto a su novio. “El fenómeno del padre Guilherme ha surgido de las redes sociales y quiero ver cómo es en directo, en la realidad”. La pareja tampoco ha ido a la misa del padre Guilherme: ninguna de las personas a las que hemos preguntado durante la velada lo ha hecho. Un chico lleno de tatuajes nos cuenta que le propusieron el evento y vino sin pensarlo demasiado. “¿No te parece un poco extraño que el padre Guilherme sea sacerdote y DJ al mismo tiempo?”, le preguntamos. “Muy extraño. Pero vivimos tiempos extraños, así que puede ser”. “Yo he venido porque confío en el Papa León”, dice una chica de aspecto mucho más modesto. “Apareció en un vídeo durante uno de sus conciertos (en Eslovaquia, nota del editor), así que lo apoya y eso me tranquiliza”. Otra chica se marcha desconsolada: la entrada que le han ofrecido cuesta 120 dólares y ha decidido sabiamente renunciar a ella.

Por fin entramos. Los chicos se abastecen en el bar; al fin y al cabo, somos cristianos, nuestra religión no nos lo prohíbe. Poco después de medianoche llega el padre Guilherme. Lleva una camiseta negra con letras blancas y enseguida empieza a tocar: tocará durante dos horas y media seguidas ante varios cientos de personas. Propone una música tecno de los años noventa con bajos profundos, francamente repetitiva y poco interesante, intercalada con breves inserciones de carácter “místico”: campanas, alusiones a Gloria y Aleluya, fragmentos de música sinfónica. Al fin y al cabo el padre Guilherme nació en 1974, así que no es precisamente joven y tal vez su gusto se vea afectado por ello. Parece más un selector (alguien que pone música) que un DJ: sus habilidades con el mixer no brillan, por decirlo suavemente.

En las pantallas se suceden imágenes vagamente irénicas: una gran paloma blanca, el Papa Juan Pablo II, un arco iris... Los presentes lo siguen con entusiasmo, lo escuchan todo el tiempo. Hacia el final hace cantar al público y pone la canción de John Lennon Give peace a chance antes del gran final: el Papa Francisco en vídeo pronunciando en español el famoso discurso de “Todos, todos, todos”. Pensábamos que ya lo habíamos dejado atrás, pero... “Una sesión de DJ como cualquier otra, quizás con un poco menos de droga”, comenta una chica a la salida. “¡Increíble! ¡Extraordinario!”, comenta otra. Los chicos, algunos ligeramente eufóricos, otros tambaleantes, se agolpan alrededor de los empleados del valet parking que han aparcado sus todoterrenos. El padre Guilherme se marcha en un gran coche negro con cristales tintados que arranca a toda velocidad.

Aparentemente, la única violación que hemos presenciado es la del buen gusto, y en esto podemos tranquilizar a los severos censores libaneses: pueden dormir tranquilos, el padre Guilherme no corromperá a los jóvenes más que otros personajes, sacerdotes o no. Sin embargo, la velada deja en el corazón la amargura de otra oportunidad perdida de una Iglesia que ya no sabe muy bien hacia dónde ir.