La pureza del corazón
No mancha al hombre lo que entra por la boca (Mt 15,11)
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y le preguntaron:
«¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?».
Y, llamando a la gente, les dijo:
«Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre».
Se acercaron los discípulos y le dijeron:
«¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oírte?».
Respondió él:
«La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».
(San Mateo 15, 1-2. 13-14)
Los fariseos y los escribas intentan poner en aprietos a Jesús con preguntas sobre los rituales judíos, pero Él desvía la atención de lo exterior hacia el corazón, el lugar de donde surgen las palabras, las decisiones y las relaciones. El Señor quiere hacernos comprender que la fe no se mide, ante todo, por la observancia de gestos externos, sino por la verdad con la que se vive ante Dios. Quien se queda en las apariencias corre el riesgo de perder lo esencial: un corazón convertido, capaz de amar, de decir el bien y de dejarse guiar por la luz del Señor. ¿Tus palabras construyen o hieren a quienes te rodean? ¿Te preocupas más por las apariencias o por la sinceridad de tu corazón?
