LA ENTREVISTA / PADRE FALTAS

“La presencia cristiana en Oriente Medio corre el riesgo de desaparecer”

“Los cristianos están abandonando Cisjordania”, afirma a la Brújula Cotidiana el religioso franciscano, que habla “desde el interior de una herida abierta” y narra la historia de una generación de niños que solo ha conocido la guerra, la fuga y el hambre.

Libertad religiosa 28_08_2025 Italiano English

En un comunicado conjunto reciente, el cardenal Pizzaballa, patriarca de Jerusalén de los latinos, y el patriarca greco-ortodoxo Teófilo III han declarado que los sacerdotes y las monjas de ambas Iglesias permanecerán en Gaza junto a la población devastada por el hambre y la guerra, incluso ante una probable operación israelí de “desplazamiento forzoso” o evacuación. Las palabras de los dos prelados llegan tras las amenazas del ministro de Defensa israelí Katz de “arrasar Gaza” si Hamás no acepta las condiciones israelíes y libera a todos los rehenes.

En el Meeting de Rimini, la Brújula Cotidiana ha hablado de la grave situación en Gaza y Cisjordania con el religioso franciscano Ibrahim Faltas, antiguo párroco de Jerusalén y vicario de la Custodia de Tierra Santa, actualmente director de las escuelas de Tierra Santa y de la Casa Nova de Jerusalén. En el Meeting, el padre Faltas ha participado en la presentación del documental Osama – in viaggio verso casa (Osama, de viaje a casa), producido por la asociación Pro terra Sancta.

Padre Faltas, ¿qué está haciendo la comunidad internacional para aliviar el sufrimiento de la población de Gaza?Nada. O peor aún: los lanzamientos de ayuda que varios países están realizando sobre Gaza matan a personas y destruyen sus tiendas. ¿Y sabe cuántas personas mueren cada día mientras hacen cola para comer? Los lanzamientos los matan, además de los ataques israelíes. No, la comunidad internacional debe intervenir de otra manera. Hasta ahora solo ha habido silencio, y nadie ha actuado.

Sabemos que en Italia se ha acogido a algunos niños palestinos gravemente heridos o enfermos...
Italia es el primer país europeo que, desde el inicio del conflicto, ha acogido a trescientas personas, entre niños que necesitaban atención médica urgente y sus acompañantes, y por ello tengo que darle las gracias al ministro Tajani. Hace unas semanas fui a Ciampino a recibir a los últimos llegados: un niño de seis meses con una pierna amputada, una joven que pesaba treinta y cinco kilos y que murió dos días después... ¿Ha leído la noticia?

Sí. Algunos dicen que murió por una enfermedad previa y no por hambre.
¡Pueden decir lo que quieran! Si una persona pesa 35 kilos, ¿cuál será la causa de la muerte? Realmente pueden decir lo que quieran, la realidad es esta. En Gaza, las hermanas de la Madre Teresa tienen una casa para discapacitados. Antes del conflicto había ochenta, ahora quedan treinta. ¿Por qué, en su opinión? Solo en el último mes han muerto de hambre trescientas personas en Gaza.

¿Cuál es el destino de los cristianos palestinos?
Marcharse. Los cristianos están abandonando Cisjordania. En Belén ya se han ido setecientas personas: si las cosas siguen así, la presencia cristiana en Oriente Medio desaparecerá.

En su intervención durante la presentación del documental, el padre Faltas ha reafirmado con firmeza su postura: “Yo vivo en Tierra Santa, en Jerusalén. Y les hablo no como observador, sino como testigo directo de lo que ocurre cada día desde hace demasiado tiempo. Ésta es una tierra que amo profundamente, pero que desde el 7 de octubre se ha convertido, una vez más, en escenario de una tragedia que parece no tener fin. Todo ha cambiado, ha cambiado el ritmo de nuestros días. Ha cambiado la mirada de la gente. Ha cambiado la esperanza. Les hablo desde el interior de una herida abierta. Una herida que palpita en Jerusalén, en Gaza, en Belén, en Cisjordania... Una herida que nos afecta a todos, sin distinción. Desde hace casi dos años, la vida ha cambiado radicalmente. Y no solo en Gaza. También en nuestras ciudades, en nuestros pueblos, el latido del corazón de Tierra Santa ha cambiado. Todos sufrimos. Sufren los judíos. Sufren los musulmanes. Sufrimos los cristianos. Porque el dolor, el odio y la venganza no conocen religión. Entran en las casas de todos. Traen silencio, miedo, luto. Pero si hay una voz que grita más fuerte es la de los niños de Gaza. Son ellos los que pagan el precio más alto. He visto con mis propios ojos a niños heridos, amputados, mutilados, con profundas heridas en el cuerpo y en el alma, con enfermedades muy graves. Muchos no hablan. Muchos no pueden sonreír. Toda una generación ha quedado marcada. Una generación de niños que no conocen otra cosa que la guerra, la fuga y el hambre. Muchos han perdido una pierna, un brazo o ambos. Muchos han perdido a sus padres, muchos han perdido la voz.

Hoy, para miles de familias, una tienda de campaña es un hogar. Bajo el sol abrasador de agosto, con más de 40 grados, sin luz, sin agua potable, sin servicios higiénicos. Las alcantarillas están destruidas y las enfermedades se propagan: infecciones, virus, deshidratación, especialmente entre los más pequeños. Han aplastado la dignidad humana. Gaza es hoy una herida en la carne viva de la humanidad. Una herida que nos interroga, nos desafía, nos condena si decidimos ignorarla. Además de la catástrofe humanitaria, también han sido destruidos monumentos, obras de arte, testimonios milenarios de la historia de Gaza. Es como si se quisiera borrar el pasado, la memoria, la propia identidad de un pueblo. Se ha arrasado un patrimonio cultural común.

Y en medio de todo esto están los cristianos de Gaza. A menudo hablo con ellos cuando consiguen contestar al teléfono. Y oigo cómo les tiembla la voz, el ruido de las bombas cerca. Incluso en estos últimos días, algunas bombas han caído cerca de la parroquia, sembrando un nuevo miedo. Sin embargo ellos se quedan allí. Resisten. Desde hace casi dos años, más de seiscientas personas viven en las instalaciones de la parroquia. El párroco don Gabriel y el padre Joseph viven con ellos: la parroquia se ha convertido en el testimonio vivo de un evangelio que se encarna en el dolor y la solidaridad. Y mientras tanto, también Cisjordania sangra. En los últimos dos años, 180 familias cristianas han emigrado. Belén se vacía. ¿Qué será del futuro de los cristianos en Tierra Santa? ¿Quién quedará para custodiar esos lugares si ya no hay familias, escuelas o jóvenes? Por todo esto siento la necesidad de lanzar un grito de verdad y paz. No estamos ante un conflicto entre religiones. No es una guerra de creencias. Es una tragedia humana, una masacre. Y como seres humanos, no podemos permanecer indiferentes”.