San Ricardo de Chichester por Ermes Dovico
VEINTE AÑOS DE LA MUERTE DE WOJTYLA

La potestad de Cristo, el gran llamamiento de san Juan Pablo II

San Juan Pablo II tuvo el gran mérito de proclamar la “potestad suprema de Cristo” no solo en los corazones, sino en la vida pública. Un llamamiento que hizo durante todo su pontificado, aunque dentro de la perspectiva del Concilio Vaticano II. Entre sus grandes batallas estuvieron los derechos humanos y la libertad, basados en la ley de Dios y la verdad.

Ecclesia 02_04_2025 Italiano

A las 21:37 del 2 de abril de 2005, a la edad de 84 años, falleció Juan Pablo II. Son muchos los recuerdos de su largo y grandioso pontificado en muchos aspectos, pero una consideración general nos lleva casi inevitablemente a un recuerdo específico: su llamamiento del 22 de octubre de 1978, durante su primera homilía como Papa, a no tener miedo: “¡No tengáis miedo! ¡Abrid, más aún, abrid de par en par las puertas a Cristo! A su poder salvador, abrid las fronteras de los Estados, los sistemas económicos y políticos, los vastos campos de la cultura, la civilización y el desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo sabe ‘lo que hay dentro del hombre’. ¡Solo Él lo sabe!”. Aún hoy nos sorprende esta referencia a la potestas de Cristo, un término amado por la Iglesia preconciliar y poco aceptado por la postconciliar. En la misma homilía, el nuevo Papa había decidido continuar en la estela de Pablo VI y no recibir sobre su cabeza el triregno como símbolo –como él decía- del poder temporal de la Iglesia, pero no renunció a proclamar la “potestad suprema del mismo Cristo” y a extenderla a los Estados, a los sistemas económicos y políticos. No solo a los corazones, sino también a la vida pública. La palabra potestad aparece varias veces en la mencionada homilía: “Ayudad al Papa y a todos los que quieran servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a toda la humanidad”.

Con estas palabras, el nuevo Pontífice se remitió al Concilio Vaticano II, proponiendo una versión “personalista” de la potestad de Cristo: su potestad consistiría en revelar al hombre a sí mismo y, por tanto, se podría pensar, en hacer pasar el anuncio de Cristo a través del hombre, mediante una presencia indirecta y secularizada de la Iglesia en la escena social y política. Una especie de “elección antropológica”, podría pensar alguien. Sin embargo, este aspecto se supera con la extensión del poder de Cristo a todos los ámbitos de la vida social y política, incluidos los Estados, indicando así una presencia católica “identitaria” en la sociedad, tanto a través de la actividad de los laicos, que podemos llamar indirecta, como a través de la de la propia Iglesia, sobre todo con los sacramentos, que podemos llamar directa. Juan Pablo II no repetía al pie de la letra las posiciones de León XIII o de Pío X. Había habido un Concilio y él había participado en él con absoluta convicción, defendiendo siempre también las partes controvertidas del mismo y algunos pasajes de los textos que aún hoy suscitan cierta perplejidad. Había trabajado en la Gaudium et spes y siempre la defendió a pesar de que era el texto más criticado tanto por los teólogos que habían participado en los trabajos como expertos, como por otros comentaristas autorizados. Incluso desde la perspectiva conciliar, Juan Pablo II no quiso renunciar a la doctrina de la potestas de Cristo, de su realeza, también social y no solo espiritual, y al objetivo de recapitular en Él todas las cosas, las del cielo y las de la tierra.

Veintiséis años y medio de pontificado son muchos y es difícil aunarlos con un único criterio sintético. Sin embargo, si nos aventurásemos a hacerlo, podríamos decir que el Papa Wojtyła se mantuvo fiel durante todo su reinado a esta invitación a mantener la referencia a la potestas de Cristo en un sentido amplio y no solo intimista y, al mismo tiempo, mantenerse fiel al Concilio e incluso exaltar sus trabajos. Hay muchos signos que confirman esta valoración. En primer lugar, su compromiso de abordar algunos puntos sensibles de la modernidad para poder así liberarlos del modernismo y reconducirlos al redil. Los derechos humanos, por ejemplo, fueron para él un campo de batalla contra la filosofía moderna y las teologías que le sucumbieron, pero con la nueva intención de invertir su significado y atribuirlo al cristianismo. La Iglesia se proponía como la última defensa de los derechos humanos, que no tenían sus fundamentos en la convención, sino en la ley del Creador. La Iglesia también reivindicaba otro tema crucial de la guerra en el pasado, la libertad, pero también invertía su significado: la libertad deja de ser tal sin un arraigo en la verdad. Había que combatir el modernismo en su propio terreno, invirtiendo sus supuestos.

Un segundo ámbito se refiere a la reactivación a gran escala de la Doctrina Social de la Iglesia. Juan Pablo II no pretendió aquí un retorno a la “sociedad cristiana”: al haber aprobado la libertad de religión y, por tanto, el laicismo de la política, el Concilio no lo permitía. Sin embargo, no se priva de atribuir a la Doctrina Social un objetivo esencial para la Iglesia, misionero y evangelizador. La Doctrina Social como anuncio de Cristo en las realidades temporales no evoca directamente la “sociedad cristiana”, aunque sí lo hace indirectamente. Lo mismo puede decirse de la cultura, con la idea de que la fe es capaz de crear cultura y, como es bien sabido, si se crea cultura también se crea una civilización. Estaba convencido de la necesidad de una identidad católica en la sociedad y en la política, aquella que el personalismo católico había negado pero que él, con su personalismo cristocéntrico bien expresado ya en Redemptor hominis, quería reafirmar y sustanciar. Sus enseñanzas sobre la vida, la familia, la moral, la relación entre fe y razón no se remontan al tomismo, pero tampoco lo niegan y, en cualquier caso, lo aconsejan. Escribir en una encíclica, Fides et ratio, que la teología católica necesita una metafísica del acto de ser, dice mucho de lo que dijo, de lo que quería decir y de lo que se le permitió decir.

Se trató de un generoso, valiente e imponente compromiso general que tocó todos los temas de la vida católica, incluida una reedición del Catecismo. No faltaron las concesiones y los malentendidos (quizás no intencionados). Dado el campo minado en el que se movía, hay que tenerlos en cuenta sin detenerse demasiado en ellos. Merece que le rindamos homenaje y tengamos una memoria agradecida, como a un combatiente. No podía hacer más. Ahora el contexto ha cambiado. Quien guía la Iglesia hoy no ha vivido directamente el Concilio ni el postconcilio, de hecho se habla de una época post-postconciliar. Sin embargo, no se puede negar que muchos elementos del "espíritu del Concilio" contra el que luchó Juan Pablo II sin poder decir que había ganado, dada la feroz oposición que sufrió, han sido redescubiertos y relanzados, sin nombrar demasiado al Concilio.