San Esteban Harding por Ermes Dovico
FRAGMENTOS DEL EVANGELIO

La muerte y la resurrección como salvación

Os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera (Jn 11,50)

En aquel tiempo, muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron:
«¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación».

Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:
«Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera».

Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos.

Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos.

Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban:
«¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?».

Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.

(San Juan 11, 45-57)
 

Ante los milagros realizados por Jesús, la fe de muchos choca con la hostilidad de los líderes religiosos. Caifás, sin ser plenamente consciente de ello, profetiza que la muerte de Jesús servirá para salvar al pueblo y reunir a los hijos de Dios dispersos. La verdad de Cristo desafía el poder humano e invita a elegir entre el miedo y la fe. ¿Eres capaz de reconocer la Providencia incluso en las dificultades de la vida? ¿Te dejas guiar por el miedo al juicio ajeno o te comportas según la verdad del Evangelio sin miedo?