San Juan XXIII por Ermes Dovico
Fragmentos del Evangelio

La invitación a la fiesta

A todos los que encontréis, llamadlos a la boda (Mt 22,9)

En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:

«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:

“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.

Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.

El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.

Luego dijo a sus criados:
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”.

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:
“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”.

El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores:
“Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».

(San Mateo 22, 1-14)
 

El Reino de Dios es una celebración preparada para todos, una invitación gratuita a la alegría y la comunión. Sin embargo, a menudo corremos el riesgo de distraernos con compromisos y preocupaciones, olvidando lo que realmente importa. Aceptar la invitación significa abrir el corazón y permitirnos ser transformados por el amor de Dios. No basta con ser llamados: debemos responder con una vida acorde a la acción de Dios. ¿Eres consciente de la invitación que Dios te extiende cada día? ¿Qué compromisos te impiden aceptar plenamente su llamado? ¿Refleja tu vida que has aceptado verdaderamente su invitación?