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La élite contra los olvidados: el post-Trump ya es una guerra civil

Más allá del desastroso resultado de las reivindicaciones electorales de Trump, lo ocurrido en Capitol Hill marca la polarización entre una compacta súper élite transnacional y un "pueblo" de clases medias y trabajadores cada vez más excluidos por los procesos de globalización. El liderazgo de Trump está comenzando (quizás) a decaer, pero en todo Occidente el conflicto entre las élites y los olvidados está aumentando y promete estallar en todas partes, como una verdadera guerra civil global.

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La primera consideración que se debe hacer sobre el asalto al Congreso en la que desembocó (por una pequeña minoría, hay que decirlo) la gran manifestación de los seguidores de Donald Trump en Washington, es que sin duda fue un desenlace desastroso para las demandas del presidente saliente, y un contundete boomerang que probablemente coloque una lápida en cualquiera de sus ambiciones de continuar desempeñando un papel fundamental en la política estadounidense y el Partido Republicano.

El resultado de las elecciones presidenciales del pasado 3 de noviembre tiene muchos lados oscuros, y Trump lo ha impugnado con vehemencia por muchas razones. Pero una vez que la maquinaria electoral había seguido su curso, la única oportunidad para que él invalidara la victoria de Biden era a través de las apelaciones a los tribunales estatales y la Corte Suprema. Lamentablemente para él, tanto uno como otro optaron por rechazar tales apelaciones, sin entrar siquiera en el fondo. Si se acepta participar en una competencia electoral dentro de un marco definido de reglas y equilibrios institucionales, especialmente en los Estados Unidos, donde la membresía nacional está estrechamente ligada a la Constitución y las reglas, entonces es necesario, para seguir teniendo un rol en el juego político, ceñirse a los resultados definidos por ese sistema, bajo pena de pérdida de credibilidad; incluso cuando se crea, como Trump en el caso en cuestión, que existe una gran probabilidad de fraude e irregularidades.

Lo que Trump podía hacer, era impugnar el resultado electoral en todos los lugares debidos y tratar de acreditarse como un verdadero vencedor, o al menos moral, para mantener intacta y movilizada su base electoral, como lo hizo en estos dos meses. Seguir alegando que había ganado y pedir la nulidad cuando todos los trámites posibles en las instituciones habían sido realizados, además mientras una gran manifestación en su apoyo se reunió frente al Capitolio, fue un gravísimo error político, que ahora ofrece a sus opositores demócratas o incluso republicanos, el pretexto fácil para señalarlo como subversivo: aunque nunca haya incitado a una insurrección. Y ofrece al dúo Biden/Harris una base de legitimidad hasta ahora inesperada, incluso entre sectores no simpatizantes de la opinión pública, para una presidencia que nació de una frágil, estrecha y contestada victoria de gran parte del país.

La presidencia de Trump fue, sin duda, el resultado de una temporada de creciente ruptura del tejido político y social estadounidense: ha llegado a la Casa Blanca un outsider ajeno a la clase política de ambos grandes partidos, que ha asumido, más allá de las tradicionales vallas de derecha e izquierda, la representación de gran parte del país que se sentía excluido y ajeno a la clase social y política dominante. Y Trump ha sabido desempeñar el rol de representante del forgotten people con habilidad, manteniendo viva la presión anti sistema, pero también insertando efectivamente su propia política económica y su propia política exterior en el surco de la tradición republicana, actualizándola a un contexto mundial e interior en muchos sentidos nuevo. Incluso, en la gestión de la epidemia de la Covid-19, contrariamente a lo que dicen muchos de sus detractores, Trump ha logrado mantener un equilibrio pragmático que ha contenido en general los daños sanitarios (en comparación con gran parte de Europa), y un rápido despegue de la economía.

Pero los daños económicos y laborales de la pandemia han jugado un papel quizás decisivo que impidió su reelección para un segundo mandato, según el conocido adagio estadounidense de que ningún presidente saliente es reelegido si el país está en recesión. Y fue precisamente la emergencia sanitaria la que justificó la extensión anormal de la votación anticipada y por correo, lo que provocó una distorsión real de la cita electoral, una enorme complicación de los escrutinios e innumerables posibilidades de fraude. Una prórroga fuertemente opuesta por el presidente, temeroso de manipulaciones, pero contra la que no luchó con suficiente determinación, sentando las bases del caos postelectoral y las opacas circunstancias de su derrota.

Para minimizar el daño y aprovechar al máximo la situación era razonable que Trump, tras el resultado de las apelaciones, siguiera sosteniendo que la elección de Biden fue viciada (como hicieron con él sus opositores hace cuatro años, ventilando la famosa injerencia rusa). Pero tenía que admitir, no obstante, la derrota y, en el mejor de los casos, todavía podía presentarse como líder de su movimiento político durante los años venideros. Candidatura más que razonable y realista, ya que durante su mandato el Partido Republicano ha experimentado una notable transformación: como se ve en las elecciones parlamentarias por el evidente incremento del apoyo de las clases medias bajas y de las minorías étnicas anteriormente distantes.

Pero el “llamado de la selva” anti sistema y del anti deep state ha sido más fuerte, y ha llevado a Trump a apostar un costo demasiado alto en la impugnación de los resultados incluso a tiempo vencido, pidiendo al Congreso (y su vice Pence) la no ratificación de la elección de Biden y, de hecho, planteando un desafío potencialmente revolucionario para las instituciones de su país. De esta manera dilapidó la herencia política que había acumulado y conservado hasta entonces.

Pero esto nos lleva al significado no efímero de aquello que sucedió en Washington y del epílogo sustancial del liderazgo trumpiano que tuvo lugar allí. La ira que estalló en la manifestación de protesta de solidaridad con el presidente en realidad debe leerse en una perspectiva histórica, así como la violencia de los BLM. Se trata de episodios que forman parte de una progresiva polarización de la dialéctica política norteamericana, que se extiende a todo Occidente, y que se ha visto agravada por las tensiones desencadenadas por la pandemia y sus repercusiones político-económicas.

Es la polarización cada vez más radical entre una super-élite transnacional compacta (burguesía cognitiva, industria de alta tecnología, grandes finanzas, organizaciones internacionales, circuito mediático globalizado) y un "pueblo" de clases medias, trabajadores, marginales y cada vez más excluidos por procesos de globalización. Una dicotomía que empezó ya con el fin de la Guerra Fría, y que había sido fotografiada ejemplarmente en 1994 por Christopher Lasch en su volumen La rebelión de las élites.

Desde entonces, esa dicotomía se ha profundizado, a medida que la globalización se reveló como un declive económico occidental y el ascenso de la supremacía china, y asiática en general. Hasta llegar al enfrentamiento con el bloque de poder neo aristocrático de los Clinton -cuyo credo estuvo sintetizado de una vez por todas en el título de deplorables usado por Hillary en el momento de su candidatura contra quienes votaron por los republicanos- y el perturbador outsider Trump.

Durante el mandato del ahora presidente saliente, este enfrentamiento se perpetuó, materializándose en una deslegitimación mutua entre los respectivos grupos dirigentes y entre los correspondientes grupos de la opinión pública. Ahora, el último acto dramático de la aventura de Trump arroja más leña al fuego. Pero es una gasolina que puede provocar un incendio porque el combustible acumulado ya era enorme. El liderazgo de Trump está comenzando (quizás) a decaer, pero en todo Occidente el conflicto entre las nuevas súper élites y los olvidados está aumentando, y promete estallar en todas partes, como una verdadera guerra civil global. Si alguien tiene la ilusión de haber domesticado, con la ratificación de la victoria de Biden, el enfado de los cientos de millones de deplorables esparcidos de un lado al otro del Atlántico, está muy equivocado.

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