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Khashoggi al descubierto: los muchos porqués de un crimen saudí

Desclasificando un informe de la CIA más de dos años después, el nuevo presidente de Estados Unidos reabre el caso Khashoggi. El periodista, asesinado en el consulado saudí en Estambul en 2018, estaba vinculado a los Hermanos Musulmanes. Promovía su agenda en el Washington Post.

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La larga ola del caso Khashoggi ha vuelto al centro de los turbulentos acontecimientos de Oriente Medio. Y los puntos interrogativos, a más de dos años de distancia después del fatídico 2 de octubre de 2018, están aumentando en lugar de disminuir. Sin embargo, no es lo ocurrido en el consulado saudí en Estambul lo que plantea nuevas interrogantes, ni los antecedentes que llevaron al macabro asesinato, del que ya se ha hablado y escrito abundantemente. Más bien, es la necesidad de comprender plenamente cuáles son las razones que llevaron al nuevo presidente de los Estados Unidos Joe Biden a hacer público, poco después de su toma de posesión, el famoso informe de la CIA en el que se señala al príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman como instigador de la matanza: ¿verdadero sentido de justicia o detrás se esconde el deseo de reorientar en una determinada dirección la política exterior estadounidense, condicionando al mismo tiempo el curso de los acontecimientos en Oriente Medio y el Golfo?

Para la honestidad intelectual, reiterada la condena más absoluta a la muerte horrible y cruel infligida a Khashoggi, uno no puede dejar de preguntarse por cuál motivo se ignoran por completo las relaciones que mantiene el periodista con el islamismo militante, aquel integrado por Qatar, la Turquía de Erdogan y los Hermanos Musulmanes. El propio Washington Post admitió en un artículo del 23 de diciembre de 2018, que los editoriales de Khashoggi publicados en sus columnas se inspiraron en la directora de la Qatar Foundation International, la exdiplomática Maggie Mitchell Salem, revelando el contenido inequívoco de algunos mensajes telefónicos entre los dos, que eran sólo una mínima parte de una colección mucho mayor de conversaciones (unas 200 páginas) obtenidas por el periódico.

Se trata de documentación relevante, que arroja luz sobre las relaciones de Khashoggi también con el Council on American-Islamic Relations (CAIR), el principal brazo operativo de los Hermanos Musulmanes en Estados Unidos y con altos funcionarios del gobierno turco. El Washington Post ha manifestado que no tiene conocimiento de todo esto, naturalmente para descartar cualquier hipótesis de implicación. El caso es que en nombre de la libertad de prensa (sacrosanta) el Washington Post publicó editoriales de Khashoggi en las que se relanzaba la perspectiva de la llamada “Primavera Árabe”, es decir, el proyecto de conquista de Oriente Medio de la Hermandad Musulmana, con el apoyo de sus patrocinadores más ardientes - Qatar y Turquía de hecho -, bajo el disfraz de revoluciones desatadas en nombre de la democracia y la libertad (ver, por ejemplo, Estados Unidos se equivoca sobre la Hermandad Musulmana, del 28 de agosto de 2018).

El momento histórico en el que se insertan los editoriales es el del contraste entre Qatar y el Cuarteto antiterrorismo árabe, encabezado por Arabia Saudí. Donald Trump había dado pleno apoyo a los argumentos del Cuarteto, que también incluía a los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Egipto, acusando a Qatar de apoyar el terrorismo y de querer designar a los Hermanos Musulmanes como organización terrorista. Aclarado el punto de partida, la administración Trump se dedicó luego a promover la reconciliación, hasta la cumbre de Al Hula del 5 de enero, que marcó el fin del embargo contra Qatar y fue inaugurada con el abrazo entre Mohammed bin Salman y el Emir de Qatar, Tamim Al Thani.

La línea diplomática de equidistancia (en este sentido, conviene recordar la cumbre amistosa entre Trump y Al Thani en Washington en julio de 2019), sin embargo, no cuestionó la posición del antecesor de Biden, profundamente opuesta a los terremotos en el orden del Medio Oriente, que pretenden imponer dictaduras islamistas. Para ello, había establecido que el informe de la CIA sobre Mohammed bin Salman debía permanecer clasificado, sabiendo que al entregarlo a los medios reavivaría las indomables ambiciones de una nueva “Primavera Árabe” de la que Qatar y Turquía son portavoces.

Desclasificando el informe, ¿ha sucumbido Biden a la presión de quienes pretenden explotar el caso Khashoggi para hacer retroceder a la región en el tiempo, a la temporada de conflicto permanente, en nombre y por cuenta de los Hermanos Musulmanes? Además, el “doble estándar” en materia de derechos humanos es evidente. De hecho, la nueva administración estadounidense y los medios de comunicación ignoran las innumerables víctimas y las atrocidades que trajo consigo la “Primavera Árabe”, junto con las violaciones de derechos humanos que ocurren a diario en Irán, donde continúan sin cesar los ahorcamientos de disidentes, ya torturados y encarcelados en condiciones inhumanas en las cárceles del régimen khomeinista, porque están luchando - realmente - a favor de la democracia y la libertad.

Los muertos asesinados por el islamismo también cuentan, mientras que la gran parte del Medio Oriente ya ha rechazado inequívocamente la perspectiva de la Hermandad Musulmana en el poder, buscando en cambio la paz y la seguridad, como lo demostraron tanto los Acuerdos de Abraham como la cumbre de Al Hula. Biden debería continuar por este camino, no para seguir la línea de Trump, sino para marcar una discontinuidad significativa con Obama y la condescendencia de su administración con las fuerzas islamistas. Las primeras señales no son alentadoras.

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