San Romano de Condat por Ermes Dovico
SANTOS Y GASTRONOMÍA/ 23

Francesca Cabrini, una santa intransigente

Fundadora de las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús, por consejo de León XIII se fue a América para evangelizar y ayudar a los emigrantes italianos. Fundó guarderías, escuelas, internados para estudiantes, orfanatos, residencias de ancianos y hospitales. Dio un valor extraordinario a la religiosidad femenina y practicó la caridad de mil maneras sin comprometerse con el mal.
- LA RECETA 

Cultura 13_11_2021 Italiano English

Granada, Minnesota, Estados Unidos, 1895. Hay un hombre que está sentado en una silla de madera dura, con la cabeza inclinada. Una monja sentada al otro lado del pupitre le está dando una charla como las que recibía cuando era un niño. Sólo que la monja, superiora del lujoso colegio católico en el que estudia su hija, es más dura que sus propios padres cuando le regañan. Y en realidad ni siquiera le está regañando: habla con una voz tranquila, se diría casi aterciopelada, mientras le dice cosas terribles. Ella le reprocha no haber obedecido la ley de Dios rompiendo el sagrado voto matrimonial de fidelidad. Por su parte él, infiel reincidente, es también padre de una hija ilegítima, concebida con una prostituta negra, hija de esclavos. Quería que su madre la “donara” al monasterio.

Pero la monja no acepta: acogerá a la niña sólo si él la reconoce oficialmente, le da su nombre y una dote. El hombre se encuentra en un dilema: mientras aprieta espasmódicamente el sombrero en su regazo, explica a la monja que está casado y tiene cuatro hijos legítimos. Pero la monja no quiere saber nada. Le amenaza con expulsar a sus dos hijas “legítimas” del colegio que dirige. Finalmente, el hombre acepta. Se ponen de acuerdo en todo: el reconocimiento legal, el bautismo de la niña, el acta notarial de adjudicación de la dote. Una vez realizados estos actos, la escuela se hará cargo de la educación de la niña, y él tendrá que pagar las tasas (muy elevadas). La monja sonríe y él no puede evitar pensar que es una pena que una mujer tan encantadora sea monja. Se levanta para despedirse mientras ella le felicita por su decisión (“como si tuviera elección”, piensa él) y le dice que ha actuado como un buen cristiano. Es un rico importador italoamericano de unos cincuenta años, elegante y guapo, acostumbrado a mandar. Pero no a ella. La conoce desde hace años y siempre le ha intimidado.

La monja es Francesca Saverio Cabrini, una mujer italiana nacida en 1850, la última de trece hijos. Es la fundadora de una congregación religiosa que tiene la especificidad de ser completamente autónoma, es decir, no paralela a una orden masculina: las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús.

Con una fuerte vocación desde temprana edad, Francesca hizo sus votos a los 24 años. Posteriormente su carácter fuerte y su sed de justicia la llevaron a ir aún más lejos: no sólo fundó una congregación religiosa, sino que se trasladó a América por sugerencia del Papa León XIII con la idea de evangelizar aquellas lejanas tierras. Allí ayudó a los numerosos inmigrantes italianos en particular y enseguida se dio cuenta de que lo que necesitaban eran colegios. Especialmente para las niñas, que estaban un poco abandonadas. Y de eso ella sabía algo, ya que de niña había sufrido la desigualdad respecto a sus hermanos varones. Por eso había nacido en ella el deseo de hacer justicia en el buen sentido de la palabra.

Y así, tras fundar la orden de las Misioneras y llegar a América, aprendió inglés y español y, a lomos de una mula, llegó a los lugares más inaccesibles de Sudamérica para evangelizar a tribus enteras que nunca habían tenido contacto con los blancos. En aquellos tiempos ser misionero era una prerrogativa masculina, pero Cabrini hizo que la compañía femenina que fundó fuera muy activa en el trabajo misionero. Sus iniciativas benéficas pronto se convirtieron en obras de asistencia económicamente autosuficientes mediante la prestación paralela de servicios remunerados. Las Misioneras ofrecían a los inmigrantes cursos de idiomas, asistencia burocrática, correspondencia con sus familias de origen, llegando a los más marginados, ya sea por logística o por estar enfermos o encarcelados.

Creó escuelas para niñas de todas las clases sociales –los ricos pagaban por los pobres-, admitiendo en los estudios a cualquiera, fuera cual fuera su religión: para ella era una oportunidad de transmitirles la Palabra de Dios y hacer que se enamoraran de Jesús. Obligaba a los hombres a reconocer a los hijos ilegítimos, apelando a su sentido del honor, como hemos visto en el episodio descrito anteriormente. En los días de fiesta abría las instituciones de la Congregación e invitaba a los pobres a comer el “plato dominical” por excelencia de los inmigrantes italianos, los espaguetis con albóndigas (spaghetti and meatballs). En Navidad enviaba a las casas de los menos pudientes una bolsa de tela con un trozo de queso parmesano, una botella de vino, un panettone y un embutido de Calabria, regalos que obtenía de los numerosos importadores de productos italianos, ya prósperos a principios del siglo XX.

Sus escuelas gozaban de prestigio por la calidad de su enseñanza y la variedad de materias que preparaban a las niñas para los diferentes aspectos de la vida. Estaba convencida de que una mujer debía trabajar, aunque fuera como obra de caridad o aunque estuviera “bien casada”, porque el trabajo le daba confianza en sí misma. Transmitió esta idea a sus discípulas y se enfrentó a sus padres, que a veces la criticaban por estas “ideas liberales”. Se convirtió en una (buena) moda que las familias ricas hicieran estudiar a sus hijas en el Colegio de las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús abierto por Cabrini en Granada. Pero también creó otras instituciones: jardines de infancia, escuelas, internados para estudiantes, orfanatos, residencias para laicas y religiosas ancianas, hospitales en Nueva York y Chicago. Son obras que operan en siete países con 80 institutos. En 1909 obtuvo la nacionalidad estadounidense. Cabrini fue también una gran viajera: cruzó el Atlántico 28 veces. También viajó a los Andes desde Panamá.

Fue capaz de dar valor a la religiosidad de las mujeres de forma extraordinaria, mucho más allá de la época en la que vivió, respondiendo a cuestiones que siguen siendo relevantes hoy en día por el hecho migratorio. Por sus iniciativas se la considera una de las referencias del servicio social moderno. Vio en los principios de la democracia estadounidense una vía de integración y promoción social para los inmigrantes italianos. Promovió la emancipación de la iniciativa femenina de mil maneras y vivió su devoción al Sagrado Corazón interpretando el concepto de reparación de las “ofensas hechas a Jesús” como motivo de compromiso con las obras de caridad.

Murió en Chicago el 22 de diciembre de 1917 y el día de su muerte su cuerpo fue trasladado al instituto Madre Cabrini de Nueva York. En 1938 fue proclamada beata, en 1946 santa (la primera ciudadana estadounidense), en 1950 “patrona de los emigrantes”. Su fiesta litúrgica es el 22 de diciembre. Hoy su cuerpo está en la iglesia Saint Cabrini Shrine en Nueva York. Santa Francesca Saverio Cabrini es recordada de varias maneras, por ejemplo: En Sant’Angelo Lodigiano, donde nació, hay una estatua de bronce del escultor Enrico Manfrini (1987); en noviembre de 2010, la estación Milano Centrale recibió su nombre; en 2021 se erigió una estatua suya en Battery Park, en Nueva York, creada por los artistas Giancarlo Biagi y Jill Burkee.

La vida de santa Francesca es una guía para todos nosotros: no importa la condición, la latitud o la familia en la que hayamos nacido, si abrazamos a Dios podemos elevarnos por encima de nuestra condición y dedicar nuestra vida a hacer el bien. Para honrarlo