• EL VIAJE A UR

El malentendido interreligioso de los “hijos de Abraham”

Está muy bien invitar a las tres religiones a colaborar para el desarrollo y la paz, pero los Hijos de Abraham no pueden convertirse en una nueva religión. Y éste es precisamente el riesgo que corre el planteamiento del Papa Francisco realizado en Ur.

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Se sabía, y se sabe, que el viaje del Papa Francisco a Irak estaría, y está, cargado de peligros. Hay muchos temas controvertidos, muchas laceraciones aún vivas, muchos intereses políticos y religiosos en juego. Se sabía y se sabe, por lo tanto, que sus intervenciones habrían tenido que tener en cuenta una situación delicada, con nervios expuestos y explosivos. En algunos temas hubiera sido mejor guardar silencio, en otros utilizar las palabras más adecuadas, en otros sólo insinuar y, finalmente, hablar claro o incluso muy claro sobre otros. No cabe duda de que se trata de un viaje muy “político”. No es de extrañar, por tanto, que a juicio de algunos se podrían haber dicho cosas mejores sobre algunos temas y, a juicio de otros, que en cambio el Papa hizo bien en hablar como habló.

Habiendo precisado que las expectativas de esta visita deben, por las razones que acabamos de mencionar, adaptarse de forma realista a la situación concreta, queda abierto un problema relacionado con la visita a Irak pero dotado de una importancia propia mucho mayor. Un tema en el que esta visita tendrá una gran influencia en el futuro. Me refiero al diálogo interreligioso.

En una situación compleja como la de Irak, se comprende la necesidad de hablar de colaboración y, sobre todo, de colaboración entre religiones, con especial referencia a la cristiana, la judía y la musulmana. En un clima explosivo como el de Irak hay que echar agua aquí y allá, no encender nuevas llamas. Se entiende entonces que el Papa se presentara como un mensajero de la paz y la convivencia fraterna, buscando apagar tensiones y odios y sembrando esperanza.

Pero también hay que preguntarse si ese discurso de paz y colaboración debe llegar a eliminar la distinción entre las tres religiones e proponer el camino del diálogo interreligioso de una forma cuestionable. Si bien es cierto que la situación en Irak necesita la colaboración en el plano humano y social de las tres religiones más representativas, eso no tiene nada que ver con una presentación uniforme de las tres religiones como si fueran una sola: “la religión de los hijos de Abraham”.

En estos días de visita a Irak, y especialmente en la Llanura de Ur, se ha producido en cambio este mismo pasaje, dando la impresión de haber querido forzar, apretando el acelerador, la unidad de las religiones abrahámicas, mientras que el país sólo necesita colaboración en el plano humano para la reconstrucción.

Dicho en términos más sintéticos: los que viven en Irak –y sobre todo los fieles de las tres religiones cristiana, judía y musulmana- pueden colaborar por la paz, el orden, el desarrollo, incluso sin rezar juntos como “hijos de Abraham” al mismo Dios. Pero precisamente esto es lo que ha propuesto el Papa Francisco al final de su discurso en la Llanura de Ur, una oración para rezar juntos en calidad de hijos de Abraham. Este “salto” que nadie solicitado va más allá de la necesidad de coexistencia pacífica y parece aprovechar la oportunidad de la situación iraquí para apuntar a otra cosa.

La expresión “Hijos de Abraham”, al igual que la de las “religiones del Libro”, están vacías de contenido, son sólo figuras retóricas. Las tres religiones en cuestión tienen tres visiones muy diferentes de Abraham, al igual que del Libro. Y esto ocurre porque son tres religiones profundamente diferentes, no sólo difieren en meros detalles. El Papa Francisco ha alabado, con razón, la coexistencia en Irak de las tres religiones antes de los trágicos acontecimientos recientes, pero esa coexistencia se ha dado precisamente entre religiones diferentes que para convivir no necesitan convertirse en una sola religión, como sugieren la expresión “Hijos de Abraham” y la oración redactada por el Papa.

En su discurso en la Llanura de Ur, Francisco ha dicho que “si queremos salvaguardar la fraternidad, no podemos perder de vista el Cielo”. Es cierto que “el hombre no es omnipotente”, que “por sí solo no puede hacerlo” y que “si excluye a Dios, acaba adorando las cosas terrenales”, pero esta referencia al Cielo, expresada de forma que sirva para todos, es vacía, sin rostro, genérica y, por tanto, insignificante. La visión de quién mora en el Cielo es muy diferente para las tres confesiones y también difieren entre ellos los preceptos de amor y fraternidad, que Francisco atribuye a la “verdadera religiosidad” de los Hijos de Abraham.

La colaboración a nivel humano y social entre las diferentes religiones es ya bastante difícil. Esto se debe a que los temas de la paz o la justicia no son neutrales con respecto a las últimas referencias religiosas. Pero dada la difícil situación en Irak, hacer hincapié en estos aspectos habría sido improvisado. Benedicto XVI ya lo hizo en Ratisbona y tuvo que arrepentirse. Por tanto, se puede aceptar una propuesta de acogida, respeto y colaboración contra la violencia y la injusticia en Iraq. Eso es más que suficiente.

¿Por qué, en cambio, avanzar hacia una inexistente unidad religiosa abrahámica si no es por razones que poco tienen que ver con las dificultades de Irak hoy en día y que quizás conciernen más al interior de la Iglesia católica que al exterior y que tienen pocas posibilidades de ser verdaderamente acogidas por los demás?

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