San Leonardo Murialdo por Ermes Dovico
FRAGMENTOS DEL EVANGELIO

El aroma del amor

Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura (Jn 12,7)

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa.

María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.

Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice:
«¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?».

Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando.

Jesús dijo:
«Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis».

Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.

Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús.

(San Juan 12, 1-11)
 

María Magdalena utiliza el perfume más precioso para honrar a Jesús, anticipándose a su sepultura. Mientras Judas piensa en el dinero, Jesús nos enseña que la presencia y la fidelidad hacia él tienen un valor eterno. La gloria de Dios se manifiesta a través de gestos del corazón, no del cálculo humano. ¿Eres capaz de anteponer el amor por Jesús a los cálculos materiales? ¿Cómo expresas en tu vida tu devoción a Dios?