• MEDIO AMBIENTE

Ecocidio, una palabra a evitar

El Papa ha pedido en voz alta que se persiga el ecocidio a nivel mundial. Pero esta palabra implica una visión que reduce al hombre a la misma dignidad de los animales y las plantas, y hace que toda actividad humana sea potencialmente criminal.

Ecocidio. Es la palabra del momento que, según cualquier diccionario español, indica la destrucción consciente del medio ambiente natural. Es un neologismo relativamente reciente, impulsado por el crecimiento de los movimientos ecológicos en el mundo occidental, pero que sólo en los últimos tiempos se ha convertido en una palabra común.

También se debe, sin duda, al punto de inflexión ecologista de la Iglesia, hasta el punto de que el propio Papa Francisco utilizó este término al hablar el pasado 15 de noviembre ante los participantes en el congreso mundial de la Asociación Internacional de Derecho Penal. En un pasaje importante del discurso, el Papa invitó a castigar la "conducta de la que las empresas suelen ser responsables" (léase: multinacionales). De este modo resumió estas “conductas” en el término ecocidio: "la contaminación masiva del aire, de los recursos de la tierra y del agua, la destrucción a gran escala de flora y fauna, y cualquier acción capaz de producir un desastre ecológico o destruir un ecosistema.”. El Papa también dijo explícitamente que tenía intención de meter mano al Catecismo precisamente para introducir esta categoría de "pecados ecológicos".

Ya hemos hablado del riesgo inherente a esta última intención en una reciente entrevista realizada al Padre George J. Woodall. Ahora en este artículo nos gustaría detenernos en dos aspectos: el primero relacionado con la adopción del término ecocidio, y el segundo referido a aquellos que serían los principales responsables del mismo.

No hay duda de que la destrucción consciente del medio ambiente es una acción maligna, pero el término ecocidio va mucho más allá. "Las palabras son importantes", decía Nanni Moretti en una famosa escena de la película "Palombella Rossa". La terminación -cidio, como explica el diccionario, es "el segundo elemento de las palabras compuestas y tiene el significado de matar". Siempre se refiere a los seres humanos -asesinato, parricidio, uxoricidio, genocidio, infanticidio, etc.- dentro de una visión que considera al hombre ontológicamente diferente de cualquier otra forma de vida. Diferente y superior, ya que Dios ha dispuesto la naturaleza en función del hombre: no para que hiciera lo que quisiese, sino porque le fuera útil en su vida, según el plan del Creador. Es decir, que el hombre es responsable ante Dios de cómo usa la naturaleza que le ha sido dada. La naturaleza es para el hombre y el hombre para Dios, es la fórmula que resume esta visión católica de la creación. Es la visión que subyace en el Cántico de las Criaturas de san Francisco, así como en la espléndida obra de los monjes benedictinos.

Extender el término que indica el asesinato del hombre a una naturaleza indistinta, conduce directamente a una concepción completamente diferente, ya sea uno consciente o no. Esta visión es la base de la Carta de la Tierra, un documento publicado por la ONU en el año 2000, que transmite una concepción según la cual los hombres, los animales y las plantas forman parte de una "comunidad viva" indistinta. Es la idea de una "interdependencia global", un concepto en el que también podemos leer ese eslogan de "todo está conectado" que tanto le gusta al Papa Francisco y que se escuchó varias veces durante el Sínodo de la Amazonía. Es también la visión de la "Hipótesis Gaia" (el nombre de la divinidad femenina griega), formulada en 1979 por el científico inglés James Lovelock, según la cual la Tierra es un organismo vivo que actúa exactamente como un organismo humano y, en este organismo vivo, el hombre supone esencialmente un elemento extraño y molesto. De aquí nacen las expresiones que señalan al hombre como virus, y el calentamiento global visto como "fiebre global", ya que la fiebre es la reacción de un organismo vivo al ataque de un virus.

Es por esto que no se nos pueden escapar las dramáticas consecuencias de la adopción de un término - ecocidio- que esconde conceptos opuestos a la Revelación de Dios y que, por lo tanto, no es de extrañar que se revele profundamente antihumano.

Luego está la cuestión de los supuestos autores del ecocidio. En el discurso del Papa está claro: son las multinacionales. El patrón de la interpretación del Papa de las realidades sociales y económicas es bien conocido: la pobreza es culpa de los ricos, así como la destrucción de la naturaleza es culpa de los capitalistas codiciosos que se apoderan de todos los recursos posibles, obligando a las masas y a los pueblos a empobrecerse y destruyendo los ecosistemas. Pero la realidad es mucho más compleja.

Empezando por lo que entendemos por destrucción. Mientras estemos hablando de empresarios que arrojan residuos industriales contaminantes a los ríos o de personas que provocan incendios devastadores para su propio beneficio, es muy sencillo. Pero hoy, por ejemplo, gran parte de la deforestación de la que tanto se habla es el resultado de una agricultura subdesarrollada: en África, como en Asia o América Latina, las tierras agrícolas se consumen rápidamente –por cierto, con baja productividad- y se deforestan para obtener más tierras para el cultivo. En otras palabras, se deforestan para comer. ¿Todos criminales? Al igual que en el pasado, los bosques fueron destruidos para construir barcos durante las grandes exploraciones, hasta que el metal reemplazó a la madera. ¿Debemos condenar todo y a todos? Y para muchos defensores del medio ambiente -véase la india Vandana Shiva, que será una de las estrellas de la reunión en Asís querida por el Papa sobre "La economía de Francisco"- se debería también impedir la construcción de centrales hidroeléctricas (que es también energía de fuentes renovables) porque la construcción de presas causa cambios en los ecosistemas.

No queremos negar que a veces pueda haber problemas en algunos proyectos, pero en general debemos considerar que la energía es fundamental para salir de la pobreza y el subdesarrollo. ¿O queremos que todos se empobrezcan en nombre de la armonía con el medio ambiente? Puesto que cualquier proyecto para mejorar las condiciones humanas implica un cambio en el entorno - para hacer una tortilla hay que romper los huevos - el riesgo es que al final el ideal sea la inmovilidad total, la negación de la actividad y, al final, de la presencia humana.

Estamos seguros de que esto no es lo que quiere decir el Papa, pero también es cierto que es lo que piensan muchos ecologistas que se sienten animados por las palabras del Papa. (sm)