• SANTOS Y GASTRONOMÍA / 19

De los caprichos a la santidad: La vida de Jacinta Marescotti

Nacida con el nombre de Clarice, hija de un conde, ingresó en el convento tras un desengaño amoroso. Durante años vivió en la frivolidad, sin preocuparse por su condición de consagrada. En su enfermedad descubrió a Dios. A partir de ahí, pidió perdón a sus hermanas y comenzó una vida de oración y privación, dedicándose a los pobres y a los enfermos. Y con su ejemplo atrajo a la fe a muchos que estaban alejados de ella.

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Viterbo, 30 de enero de 1640, Iglesia de las Clarisas. Un simple ataúd de madera tosca está abierto y una larga fila de personas avanza lentamente para que todos puedan detenerse frente al cuerpo expuesto para... cortar un pequeño trozo de sus vestidos. Sor Angélica, que está sentada en una silla cerca del ataúd para vigilar a su hermana religiosa, piensa con fastidio que tendrá que vestirla por tercera vez. Desde la mañana de aquel frío día de enero ya había vestido a la difunta dos veces: y es que la gente se llevba un trozo de tela como reliquia.

Sor Angélica gira la cabeza y mira el rostro de su hermana Jacinta: está relajado, casi sonriente. Se pregunta qué habrá visto antes de su muerte para ser tan feliz. Incluso siente un poco de envidia y hace la señal de la cruz, pidiendo mentalmente el perdón a Dios. Sor Jacinta seguía viva ayer y su padre confesor había ido a darle la extremaunción. Y hoy estaba ahí, en ese ataúd, aparentemente feliz.

Sor Angélica aún recordaba aquel lejano día en que Jacinta había llegado al convento: se había bajado de un elegante carruaje que llevaba en sus puertas el escudo de armas de la familia. Había echado un vistazo algo asqueado a la celda que le habían asignado y había declarado inmediatamente que no se quedaría allí. Había elegido dos celdas más grandes, una frente a la otra, y en la semana siguiente a su llegada las había amueblado con preciosos muebles, creando su propio piso. Sor Angélica también recordó el día en que Jacinta exigió una fruta desconocida, llamada tomate, que había insistido en añadir a su panzanella. La monja ecónoma tardó en encontrarlo y, finalmente, a todos les gustó la panzanella preparada así. En cualquier caso, sor Angélica no podía olvidar los caprichos de Jacinta.

Desde aquel día habían sucedido muchas cosas y Jacinta se había convertido poco a poco en una religiosa digna de ese nombre: caritativa y llena de devoción.

Jacinta, bautizada con el nombre de Clarice Marescotti, nació en Vignanello en 1585, en el seno de una importante familia noble, la segunda de tres hijas: bella, rica y frívola. Su padre era el conde de Vignanello y no ocultaba su preocupación por esta hija que no hacía más que pensar en fiestas, diversiones y en encontrar un marido digno de ella. Pero los planes de Dios no coincidían con los de la niña. Enamorada del joven y encantador marqués Capizucchi que la rechazó porque prefería a su hermana menor Hortense, la pobre Clarice aceptó la propuesta de su padre de ingresar en el convento, aunque no perdonó a su padre por haber facilitado el compromiso de su hermana con el apuesto marqués.

Así que, con el corazón roto, se fue al monasterio de San Bernardino en Viterbo, donde había estudiado de niña y donde su hermana mayor Ginevra ya se había hecho monja. Aquí tomó el nombre de Jacinta e hizo voto de castidad; se hizo terciaria franciscana para no estar enclaustrada. Rechazó por completo los votos de pobreza y obediencia. Traía baúles llenos de ropa elegante y refinada que no dudaba en ponerse para la misa, las vísperas y otros momentos de oración comunitaria. Insatisfecha con la estrecha celda que le habían asignado, se hizo amueblar un pequeño piso con muebles finos traídos del castillo de su padre. La superiora la dejó: nunca le había pasado algo así y la familia Marescotti era un gran apoyo para el monasterio. El conde fue muy generoso y cubrió los gastos más importantes -como las reparaciones, la calefacción y los suministros-, lo que permitió a las hermanas prestar atención y caridad a los pobres. Y entonces, se dijo, si son rosas, florecerán. Y las rosas florecieron, más allá de todas las expectativas. Pero después de unos diez años.

Jacinta cayó gravemente enferma en 1615. Asustada por la idea de morir y no volver a ver este mundo que tanto amaba, Jacinta descubrió a Dios y su infinita paciencia y bondad. “¡Oh Dios, te suplico que des sentido a mi vida, dame esperanza, dame la salvación!”, rezaba. Y se curó, pero no sólo en el cuerpo. Su alma había encontrado su lugar apropiado en la santidad terrenal. Pidió perdón a las hermanas por su superficialidad y renunció a todo lo que tenía.

Pasó los siguientes 24 años de su vida en la privación y se dedicó de lleno al prójimo, especialmente a los pobres y los enfermos. Con la ayuda financiera de sus antiguos amigos, pudo organizar la labor de dos instituciones caritativas del claustro: los Sacconi (llamados así por el saco que llevaban los hermanos durante su servicio), enfermeros que prestaban ayuda a los enfermos, y los Oblatos de María, que llevaban consuelo a los ancianos y abandonados. Ella misma daba todo lo que recibía a los pobres, y su ejemplo hizo que muchas personas alejadas volvieran a la fe.

Fueron años de grandes gracias para Jacinta. Contrarrestó el jansenismo en sus tierras con estímulos al amor y a la adoración del sacramento eucarístico. Tras su muerte en 1640 (tenía casi 55 años), todo Viterbo corrió a la iglesia donde se expuso su cuerpo. Se quedó en Viterbo para siempre, en la iglesia del monasterio de las Clarisas, destruida durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruida en 1959. Fue beatificada por el Papa Benedicto XIII en 1726 y proclamada santa por el Papa Pío VII en 1807. Su fiesta es el 30 de enero.

Su historia nos enseña que Dios, el creador de todas las cosas, visibles e invisibles, vela por nosotros, incluso cuando no lo queremos en nuestras vidas. Él ayuda a que la semilla de la fe germine y crezca en el alma y nos da esperanza. Como hizo con Jacinta, una niña frívola que se convirtió en santa. Porque las cosas no son siempre lo que parecen.

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