San Chárbel Makhlouf por Ermes Dovico
La lección

Covadonga, donde comenzó la Reconquista

Este sábado comienza la peregrinación de los fieles vinculados a la liturgia tradicional, que va desde Oviedo hasta Covadonga. El destino es el lugar donde se libró la primera batalla de la Reconquista, es decir, de ese largo proceso histórico que encierra una enseñanza alentadora también para nosotros, los cristianos de hoy.

Ecclesia 24_07_2026 Italiano

Con inicio el fin de semana más cercano a la festividad del apóstol Santiago el Mayor —este año, del 25 al 27 de julio—, se celebra en España la peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad de Oviedo a Covadonga. Ahora en su sexta edición, se inspira en la famosa peregrinación París-Chartres. La iniciativa atrae a jóvenes españoles y de todas partes del mundo, unidos por su apego a la liturgia tradicional: el año pasado los participantes superaron con creces el millar. También participa una nutrida delegación procedente de Italia.

El destino del camino no es casual. Covadonga, en el corazón de las montañas asturianas, es, de hecho, el lugar donde se libró la primera batalla de la Reconquista, es decir, ese largo proceso que, iniciado en el año 722, tuvo como objetivo la reconstitución de una España unida y católica, meta que solo se alcanzó plenamente en 1492, con la liberación de Granada. Fueron ocho siglos de lucha motivados por una doble razón. Por un lado, el objetivo religioso, ya que se trató de una auténtica cruzada contra el islam. Por otro, no faltaron las motivaciones políticas, pues los españoles albergaban el gran ideal de recuperar el reino visigodo, que había desaparecido precisamente con la invasión árabe.

A pesar de haber transcurrido tantos siglos, la Reconquista nos transmite una gran y alentadora lección también a nosotros, los cristianos del siglo XXI: con la gracia divina, una minoría decidida y motivada puede vencer tanto a los traidores internos como a una mayoría aparentemente invencible. Esto es válido en el ámbito temporal, pero también en el espiritual. En la historia nada es irreversible. Y el retorno de muchos jóvenes a la Tradición católica lo demuestra.

La ocupación árabe de la Península Ibérica, en el año 711, se vio favorecida por las divisiones internas del reino visigodo y por la ayuda procedente tanto de la comunidad judía como, incluso, de un obispo católico, el célebre Oppas. Este último representa bien el modelo de cierta idea de Iglesia, conciliadora con sus enemigos, siempre en busca de compromisos y adaptaciones, incluso cuando ello supone dejar de lado los dogmas de la fe. Nada nuevo bajo el sol, vendría a decirse… Pero si, por un lado, hubo traidores y colaboracionistas, por otro destaca con luz propia la figura de Don Pelayo, el noble asturiano que, junto con un puñado de tan solo trescientos hombres, precisamente desde las rocas de Covadonga y gracias a la intercesión de la Virgen —aún hoy venerada allí con el cariñoso sobrenombre de La Santina—, dio inicio a la Reconquista, en el año 722.

Antes de la batalla, los musulmanes encargaron precisamente al obispo Oppas que convenciera a Pelayo de la inutilidad de la resistencia y la lucha. El diálogo entre ambos es un ejemplo que permite tener presentes dos concepciones diferentes de la vida cristiana. Según las crónicas, Oppas advirtió a Pelayo: «Te esfuerzas en vano. Sabes bien que todo el ejército visigodo fue incapaz de resistir la fuerza de los ismaelitas. ¿Cómo vas a poder resistir tú solo en esa cueva? Escucha mi consejo y retírate a disfrutar de tus bienes, en la paz que te concederán los árabes». A lo que Pelayo respondió con rotundidad: «No quiero amistad con los sarracenos ni someterme a su mando. ¿No sabes que la Iglesia de Dios se compara con la luna, que, una vez eclipsada, vuelve luego a su plenitud? Confiamos en la misericordia de Dios, que desde este monte hará surgir la salvación de España. Tú y tus hermanos, ministros de Satanás, habéis decidido entregar a esa gente el reino visigodo; pero nosotros, teniendo a Nuestro Señor Jesucristo como abogado ante Dios Padre, despreciamos a esa multitud de paganos». Ante tanta fuerza de espíritu, Oppas dijo a los musulmanes: «Preparaos para luchar, porque no llegaréis a un acuerdo con él hasta que lo vencáis con la espada».

Sabemos a quién dio Dios la victoria, a pesar de la enorme desproporción de fuerzas. Fue una victoria humanamente imposible. Don Pelayo y los suyos se encontraban en una situación trágica, desesperada. Les habría convenido mucho someterse al ocupante, como hicieron muchos otros. Pero no cedieron: prefirieron resistir. Y dieron batalla, contra todo y contra todos. Por la fe. Por España. ¿Qué es esto sino una gran lección para nosotros hoy en día?

Pero en el marco de la Reconquista, solo unas décadas después de la muerte de Pelayo, tuvo lugar otro hecho digno de atención, esta vez de carácter más intraeclesiástico. El obispo Elipando de Toledo defendía la herejía adocionista, según la cual Jesús no era Dios, sino un hombre adoptado por Dios como su hijo. El adopcionismo era, en el fondo, una forma de "dialogar" con los musulmanes, de ser aceptados, de profesar un cristianismo más complaciente hacia los nuevos dominadores (para el islam, de hecho, Jesús es un hombre, un profeta, y desde luego no Dios).

Estas tesis suscitaron un acalorado debate en toda Europa. Entre los grandes opositores a la herejía se encontraba un humilde monje que vivía en un monasterio cerca de Oviedo, Beato de Liébana. Ambos se enfrentaron duramente. Elipando calificó a Beato de «fétido». Pero Beato, que detestaba de todo corazón la sumisión y la colaboración con los árabes, no tuvo ningún reparo en calificar al obispo hereje de «testículo del Anticristo». El caso llegó hasta Roma y hasta la corte de Carlomagno. Tanto el Papa como el emperador, apoyados por el célebre monje Alcuino, condenaron la herejía adocionista, y Elipando fue destituido como obispo de Toledo.

Al final, quienes se impusieron fueron aquellos que se mantuvieron fieles a la recta doctrina y a la patria, no los colaboracionistas. Don Pelayo y Beato de Liébana no formaron otra Iglesia, ni mancharon la institución, sino que, por el contrario, miraron más allá de los pecados y las infidelidades de miembros concretos (Oppas o Elipando) y defendieron la verdad. Aquellos que decidieron luchar invocando la protección del apóstol Santiago, patrón de España (el grito de guerra era «¡Santiago y cierra, España!»), a pesar de las vicisitudes y las numerosas contradicciones, lograron reconstruir una España católica, esa misma España que, con los Reyes Católicos Isabel y Fernando, llevaría más tarde el Evangelio a un nuevo continente, cambiando para siempre el curso de la historia.

Y todo tuvo su origen en la tenacidad y la fe de aquel puñado de hombres, a los que los árabes llamaban despectivamente «asnos salvajes», en la remota y desconocida Covadonga. Cuando todo parece perdido y ni siquiera se vislumbra una luz en el horizonte, hay que pensar en la Reconquista. Hay que pensar en Covadonga.