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Coronavirus: el verdadero problema es el régimen chino

Xi Jinping, con una proclamación al estilo maoísta, anuncia la “guerra popular” contra el Coronavirus, para impresionar a la opinión pública internacional. Las autoridades chinas aseguran que la infección podría pasar a través de los billetes: cosas de novelas distópicas. Afirmación que también sirve al Partido Comunista, junto con otros artificios, para usar medios brutales. ¿Occidente no tiene nada qué objetar?

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¿Cómo vencer la constante propagación de los casos de neumonía por coronavirus? El presidente chino, Xi Jinping, no tiene dudas: con la guerra. De hecho, con la "guerra popular". Es como estar de vuelta a los tiempos de las proclamaciones maoístas: el líder comunista chino llamó al país a una gran movilización popular y puso en marcha toda la maquinaria del Estado, desde la sanitaria hasta la militar, y las estructuras del Partido Único para vencer la amenaza del virus.

Una ostentación muscular dirigida principalmente a impresionar a la opinión pública internacional, que observa con creciente preocupación el número de infectados y, sobre todo, de muertos, en constante aumento. Por ahora, como sabemos, los casos de la nueva neumonía fuera de China siguen siendo esporádicos, relacionados exclusivamente con movimientos fuera de las fronteras de chinos portadores del virus.

Sin embargo, según las autoridades chinas, podría haber un método de contagio que no implique el contacto directo entre personas: los billetes. El vicegobernador del Banco Central, Fan Yifei, anunció que los billetes serán puestos en cuarentena por 10-14 días, luego desinfectados: el efectivo será limpiado con altas temperaturas y rayos ultravioleta, para ser sellados. Después del período de “cuarentena”, cuya duración dependerá de la gravedad de la epidemia, los billetes podrán ser puestos en circulación. Muchos en el país ya están optando por compras en línea.

En muchos aspectos, esta noticia es realmente interesante. Los billetes de banco, que pasan de mano en mano, y que pueden efectivamente ser un receptáculo para microorganismos, nunca han sido objeto de atención médica y nunca han sido considerados un medio de transmisión de enfermedades, excepto en una sugerente novela de ciencia ficción del escritor estadounidense Frank Herbert (autor de la famosa Dune).

En esta novela, titulada The White Plague, un científico estadounidense de origen irlandés, John O'Neill, que vio a su familia completamente asesinada en un ataque terrorista, decide vengarse de la loca crueldad de la humanidad propagando un virus letal precisamente a través de billetes contaminados por él. Una idea terriblemente efectiva, porque nada circula tan rápida y ampliamente como los billetes. Los chinos ahora parecen tomarse en serio la hipótesis contenida en esta novela de ciencia ficción, pero los resultados podrían ser igualmente dignos de escenarios de narrativa distópica: una incautación masiva de dinero, un control total y absoluto de los gastos y el consumo a través de la trazabilidad del dinero virtual, y quizás, con pretextos higiénico-sanitarios, la eliminación definitiva del papel moneda.

Esto también podría ser parte de la llamada "guerra" declarada al Coronavirus por el Partido y el Estado chino. Los medios que se están utilizando ya son muy drásticos: toda la provincia de Hubei, el epicentro de la epidemia, que está cercada en una bolsa controlada militarmente con el uso de la fuerza autorizada y practicada contra cualquiera que se oponga.

Los famosos hospitales construidos en pocos días, de los cuales el régimen se jactó ante el mundo (y algunos de nosotros también expresamos admiración por la “eficiencia china”), se están demostrando, gracias a las comunicaciones de observadores neutrales, como algo tremendo, que hace palidecer el recuerdo de los antiguos lazaretos de los pestosos. Si de hecho no es imposible -gracias al trabajo casi forzado de miles de trabajadores- construir los edificios en pocos días, pero para que se conviertan en hospitales se necesita mucho más: equipos, material médico y, sobre todo, personal médico y de enfermería a su vez equipado. Todo esto no ha sucedido y estos hospitales son grandes depósitos de pacientes colocados en camas de campamento, según el científico Steven Mosher, presidente del Instituto de Investigación de Población, que mantiene vigilada la epidemia china con gran atención.

En esto, por tanto, consistirían las medidas de aislamiento actas para contener la epidemia: medidas brutales e inhumanas. Motivado por la visión comunista pragmática del “bien colectivo” que prevalece sobre el individual. Esto explicaría la razón del aumento en la curva de mortalidad de los últimos días: no pudiendo en realidad ganar la “guerra” con medios farmacéuticos por ahora inefectivos, la solución es aislar a los enfermos. Como se hizo en Europa en la tan calumniada Edad Media, con las víctimas de la peste.

Occidente no parece tener nada qué objetar en contra de estas medidas coercitivas: el temor que un virus -alrededor del cual se está generando un pánico generalizado, incluso sin saber todavía cuán contagioso puede ser, y con una mortalidad que continúa en el 2%- también pueda propagarse en Europa o en otros continentes, parece hacer que cierren los ojos ante lo que está practicando el Partido Comunista Chino. El gran temor es que el virus no encuentre obstáculos en su camino.

Por esta razón, la opinión pública occidental, pilotada por medios de comunicación complacientes, parece no preocuparse por los medios con los cuales el régimen chino está librando su guerra contra el Coronavirus, con tal de lograr con éxito el objetivo. Y todo esto también podría ser una gran operación de propaganda: China le mostrará al mundo que es capaz de vencer también las epidemias más amenazadoras, e incluso podrá presumir de haber vigilado efectivamente la seguridad global. El régimen comunista recibirá agradecimientos y felicitaciones, y quizás la OMS propondrá el "modelo chino" como un ejemplo a seguir. En otros lugares estaremos complacidos con los éxitos colaterales, tal vez prometiendo la creación de vacunas que evitarán otros temores futuros.

Más allá de las hipótesis, sospechas, conjeturas y escenarios imaginarios o, mejor aún, en los próximos veinte años, si -como es probable- esta epidemia se revelará de carácter estacional, y cesará con el aumento de las temperaturas y la llegada de la primavera, resta el hecho de que toda la operación de Coronavirus está involucrando enormes recursos económicos, científicos y humanos. Recursos que seguramente serían mejor invertirlos para prevenir y tratar las epidemias que ya existen, que generan cada año un número impresionante y vergonzoso de víctimas, pero que no son noticia, que no están en las primeras páginas, que no evocan escenarios de ciencia ficción, pero que son una realidad trágica para millones de seres humanos que sufren.

Los verdaderos desafíos para la epidemiología, para la medicina, no provienen de pandemias potenciales, sino de las actuales, que también tienen una larga historia detrás de ellas: desafíos nuevos y al mismo tiempo antiguos, batallas aún no ganadas, que deberían haber sido ganadas desde hace tiempo.

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