• PASTORES VERDADEROS Y FALSOS

¿Cómo se atreverán a volver a hablar de Dios Salvador?

En este dramático momento de la historia es desconcertante escuchar a obispos y teólogos considerar la fe como algo secundario a la Ciencia y tratar a Dios como un “gurú” que no es necesario en este momento. Esto no es lo que la Iglesia ha profesado durante siglos.

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“La Verdad es tan ocultada en estos tiempos, y la falsedad tan establecida que, al menos que amemos la verdad, no podremos conocerla“. (Blaise Pascal)

Soy monja, cada día intento vivir dentro de mis muchos límites personales, la “respuesta” diaria a la llamada que recibí un día lejano, cuando era una joven alegre y llena de proyectos como todos los jóvenes. Después de una noche de insomnio, tuve la clara sensación, la convicción (llamadla como queráis, ¡incluso locura!) de que el Señor, deshaciéndose de todos mis sueños, me llamaba de repente. Y yo, sin el clásico camino de “discernimiento espiritual”, decidí inmediatamente responder que sí. El camino de tomar “conciencia” fue una consecuencia posterior a mi decisiva y tal vez inconsciente respuesta.

Desde entonces nunca, digo nunca, he tenido una duda, nunca he vacilado pensando que me equivoqué al ofrecer mi “sí” al Señor. Tentaciones sobre mis habilidades... ¡Sí! Las dudas sobre mi incompetencia... ¡Sí! Las batallas internas sobre mi resistencia a las dificultades y los arrecifes que presenta la vida… ¡Sí! Y así sucesivamente... Pero nunca dudas sobre el Señor.

Ahora, como monja, estoy asombrada y desconcertada cuando leo -en este período histórico extremadamente dramático tanto desde el punto de vista humano como espiritual-, las declaraciones de algunos obispos y teólogos que, con total certeza, relegan la fe a un producto casi comercial indicando cómo y cuándo tomarla. Es increíble: en la jerarquía de los valores de la vida y las necesidades fundamentales de la existencia, han eclipsado la relación de Amor y semejanza con Aquel que nos ha creado. No sólo eso, sino que también deja entrever el intento de eliminar de la vida de muchos fieles la certeza de que Dios cura y salva, que es la esencia de la fe.

Es un vulgar intento de reducir a Dios al nivel de un “gurú”, considerar que actualmente es inútil, que está ahí arriba, mientras nosotros aquí abajo tenemos que obedecer a los técnicos, a los virólogos, a los comités científicos (¿a cuántos han salvado?).

¿Está Dios ausente? ¿Está también Él en cuarentena? ¿Lejos, cerrado, hostil o incluso inaccesible?

¿Pero no era Jesús (y, para los que creen, todavía lo es) el Maestro de la Verdad y el Doctor de nuestras heridas y ansiedades? No sólo eso, sino que durante siglos, sacerdotes, obispos y Papas nos lo han anunciado y presentado como nuestro Siervo y Víctima Inocente por nuestros pecados. ¿No es el Hijo de Dios que vino a salvarnos y terminó, en medio de indecibles tormentos, en una cruz infame? ¿No es él quien, en Mt 28,20 nos asegura que Él estará con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo”? ¿No se nos ha presentado siempre como el único Salvador para los que buscan la salvación? Como dice la Biblia: “Para la salvación de los que lo reciben, para la ruina de los que lo rechazan” (Lc 2,34). ¿No es Jesús el ancla de la salvación preparada por el Padre para sus hijos náufragos en este mar tormentoso?

La posición de algunas personas que deberían llevar con orgullo la Palabra de Salvación y en su lugar proponen otras anclas es increíble. El ancla que representa Jesús es algo secundario para ellos. Todos siguen las lecciones que dan los técnicos, los políticos y las nuevas cátedras universitarias de los programas de entrevistas de la televisión: la Ciencia es la Ciencia, la Religión es un producto de categoría inferior. Pero, ¿con qué valor nos hablarán en el futuro de Dios Salvador después de haberlo degradado al nivel de un gurú humano incapaz de hacer grandes cosas?

Rodolphe Plus escribió: “Poca gente aceptaría vivir con un cadáver en el comedor y sin embargo, ¡mucha lleva un alma muerta en sí misma!”. Pero, ¿quién debería preocuparse de quitar el olor de la muerte del alma? ¿El virólogo? ¿La Política? ¿El equipo de científicos? ¿O un sacerdote que, como simple y pobre hombre, puede dar una demostración palpable del poder de perdonar los pecados y devolvernos la belleza de la verdadera vida, la que va más allá del espacio y la muerte, porque, como dice san Pablo: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra Fe”?

En este punto, una pregunta debe ser resuelta: ¿Jesús transmitió este bendito poder a los suyos, sí o no?

Necesitamos una palabra única y verdadera. El creyente necesita y desea compartir su carga, su sufrimiento interior con Jesús. Y es que el cristiano siente la misma necesidad, el mismo anhelo que el hijo pródigo: “Me levantaré, iré a mi Padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti”.

A través de los siglos, la Iglesia siempre ha caminado junto a su rebaño. El Evangelio nos da la figura de la fidelidad o, digamos, de la verdad del Pastor: “Aquel que no es Pastor abandona a sus ovejas en cuanto ve al lobo”. ¿Quizás es éste el momento de Dios para seleccionar a los “verdaderos pastores”?

¿O tendríamos que reconocer tristemente que el “Mal” es en realidad más astuto y hábil que el bien confundiendo las cartas, confundiendo por tanto a los Pastores y en consecuencia al rebaño que Dios les ha confiado?

¿Es caridad pastoral ignorar las necesidades, los problemas de conciencia, las ansiedades existenciales de las personas que siempre han creído sinceramente en la palabra de Dios? Que sienten la necesidad de pedir perdón, que sienten la necesidad de acercarse y repetir esa frase milenaria que siempre ha reconfortado y sanado el corazón de miles de hombres: “¡Una palabra tuya bastará para sanarme!”.

¿O acaso hay que tomar nota de que, en este mundo moderno, cómodo, apresurado y grosero, incluso las personas consagradas carecen de la necesidad de Jesús Eucaristía?

“¿Es mejor obedecer a Dios o a los hombres?”, se pregunta el Apóstol. Hoy rezamos para que la respuesta del Apóstol resuene en los corazones de las personas consagradas en todos los niveles... Incluso en las jerarquías.

Con humildad, perplejidad y esperanza...

* Hermana, fundadora de la Comunidad Shalom - Reina de la Paz, Palazzolo sull'Oglio

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