Combatir la pereza
Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas (Mt 25,30)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó.
El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.
Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo:
“Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”.
Su señor le dijo:
“¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”.
Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo:
“Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”.
Su señor le dijo:
“¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”.
Se acercó el que había recibido un talento y dijo:
“Señor, sabia que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”.
El señor le respondió:
“Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabias que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y rechinar de dientes”».
(San Mateo 25,14-30)
La pereza en cumplir la voluntad de Dios es un vicio que puede alejarnos de Él para siempre. El siervo reprendido por su amo parece desanimado, convencido de que no puede satisfacer a quien espera cosechar donde no ha sembrado. Esta actitud refleja a menudo nuestra tentación de rechazar una tarea que Dios nos ha encomendado, pensando que no estamos a la altura. Sin embargo, el desánimo del siervo no es verdadera humildad, sino el miedo a afrontar las dificultades y las oposiciones que puede encontrar quien decide seguir la voluntad divina, sobre todo cuando esta contrasta con la humana. Y tú, ¿cómo reaccionas ante las tareas que Dios te confía? ¿Te dejas bloquear por el desánimo o afrontas con valentía las dificultades? ¿Qué puedes hacer hoy para cultivar en ti el deseo de cumplir la voluntad de Dios?