• CRISIS EN UCRANIA Y EL ECUMENISMO

Bux: “La verdadera paz sólo viene del anuncio del Evangelio”

La relación ecuménica entre la Santa Sede y el Patriarcado de Moscú está en crisis por la guerra de Ucrania: “Es el fracaso de un ecumenismo basado en encuentros y puentes, en el intento de limar las diferencias. Juan Pablo II, en cambio, pretendía ir a las raíces de las diferentes tradiciones y culturas para encontrar la unidad en la fuente de todo, Cristo y el Evangelio”.  “La tarea de la Iglesia no son las batallas por el medio ambiente y la paz, sino la evangelización, porque sólo Jesús cambia el corazón del hombre.  Y si el corazón del hombre cambia, el mundo cambia”. Habla el teólogo Monseñor Nicola Bux.

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“Ahora que el patriarca de Moscú, Kirill, también ha respondido del mismo modo al Papa, se hace urgente cambiar el método ecuménico que, como podemos ver en estos días, ya estaba condenado al fracaso”. Así nos lo cuenta monseñor Nicola Bux, teólogo y ex profesor de Liturgia Oriental y Teología de los Sacramentos, además de consultor de varias Congregaciones vaticanas durante el pontificado de Benedicto XVI. Monseñor Bux, que conoce muy bien el mundo de la Ortodoxia interviene a través de esta entrevista concedida a la Brújula, justo en el peor momento de las relaciones entre la Santa Sede y el patriarcado de Moscú.

El Papa Francisco, que al inicio del conflicto se había mantenido muy prudente precisamente para no dañar la relación con el Patriarca de Moscú Kirill tras años de paciente acercamiento que culminó en el encuentro de La Habana en febrero de 2016, fue tomando una posición más dura. A medida que avanzaba la guerra, de hecho, la posición de Kirill, que apoya abiertamente la guerra lanzada por el presidente ruso, Vladimir Putin, se ha vuelto cada vez más vergonzosa para el Papa Francisco. Y tras cancelar el segundo encuentro previsto para el verano en Jerusalén, el papa Francisco también pronunció unas palabras contundentes en la entrevista concedida al diario italiano Corriere della Sera hace unos días, recordando la entrevista vía zoom que mantuvo con Kirill en marzo.

Según Francisco, el Patriarca de Moscú habló durante veinte minutos enumerando todas las razones que justifican la guerra, y la respuesta del Papa habría sido una invitación a no usar el lenguaje de la política sino el de Jesús, y a no ser un “monaguillo de Putin”. Y la respuesta del Patriarca de Moscú obviamente no se hizo esperar, pues en un comunicado del 4 de mayo se afirma que el Papa malinterpretó sus palabras: “Es lamentable que un mes y medio después de la conversación con el Patriarca Kirill, el Papa Francisco haya elegido el tono equivocado para transmitir el contenido de esta conversación. Tales declaraciones difícilmente contribuirán al establecimiento de un diálogo constructivo entre la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Ortodoxa Rusa, que es particularmente necesario en este momento”.

Palabras fuertes, pero son la certificación del fracaso de cierta forma de practicar el ecumenismo que la crisis ucraniana ha puesto claramente de manifiesto. Encuentros, diálogos, acuerdos, documentos comunes que han creado la ilusión de construir la paz en el mundo. “Es la temporada que tuvo como protagonista a la Comunidad de Sant’Egidio, pero que tiene sus raíces en una concepción equívoca del ecumenismo, que ha tomado un camino opuesto al indicado por Juan Pablo II”, dice monseñor Bux.

¿Puede explicar exactamente lo que quiere decir?
Se nos ilusionó de poder construir la paz y la unidad de las Iglesias limando las diferencias, con puentes hechos de diversos acuerdos y declaraciones, además sobre temas tomados de la agenda de la ONU: paz, medio ambiente, etc. La dirección que había dado Juan Pablo II era muy diferente, pretendía ir a las raíces, donde las diferentes tradiciones y culturas encuentran unidad en Jesucristo y en el Evangelio. Es en estas raíces que las tradiciones latina, griega y eslava pueden reconocerse unidas. Por eso Juan Pablo II, siendo eslavo, valoró de inmediato aquel movimiento de evangelización que civilizó el mundo eslavo, valorando el espíritu misionero que había llevado a los hermanos Cirilo y Metodio en el siglo IX a difundir el cristianismo en la entonces conocida como Gran Moravia. No es casualidad que los santos Cirilo y Metodio, también monjes, fueran designados por Juan Pablo II copatronos de Europa junto con san Benito, cuyo movimiento monástico entretanto evangelizaba la Europa latina.

A Cirilo y Metodio, Juan Pablo II también dedicó una encíclica...
Sí, la Slavorum Apostoli, en 1985. Y encontramos palabras que hoy releídas son proféticas: “La perfecta comunión en el amor preserva a la Iglesia de cualquier forma de particularismo o exclusividad étnica o prejuicio racial, así como de cualquier soberbia nacionalista” (núm. 11). Un juicio muy actual si se piensa en la posición de hoy de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Lo que hay que buscar es la perfecta comunión en el amor, la unidad que es “el encuentro en la verdad y el amor que nos dona el Espíritu” (n. 27). Es necesario hacer encontrar las historias, las tradiciones, las culturas que son la base de las identidades de todas las Iglesias, para recomponer la catolicidad.

El Papa Francisco se mostró decidido a reprochar a Kirill el uso de un lenguaje político, al recordar que las Iglesias no pueden ser monaguillos del Estado.
Sí, es cierto, así es. Pero él mismo ha estado involucrado en política en otras situaciones. Eres un monaguillo de Estado incluso cuando sigues la ola de las campañas de la ONU. No es una simple cuestión de lenguaje a utilizar, es una cuestión de actitud, de sustancia, de la primacía que das a Cristo y al Evangelio sobre todas las demás preocupaciones mundanas.

Entonces, ¿qué debería hacer la Iglesia?
La preocupación de la Iglesia debe ser la evangelización, el anuncio del Evangelio de Cristo, que es anuncio de conversión: cambia tu corazón y el mundo que te rodea también cambiará. La Iglesia está llamada a la evangelización no a las campañas ideológicas, ya sea por el medio ambiente o por la paz. Es siempre ideología cuando se abandona la tarea principal de dar a conocer a Jesucristo a través de la evangelización. Porque el Evangelio tiene un poder inherente de conversión. Cuando se proclama el Evangelio de Cristo, es Cristo mismo quien viene a conmover el corazón del hombre, y si el corazón del hombre cambia, también cambia el mundo. Esto ya no se entiende hoy, pero ésta ha sido la conciencia de todos los grandes santos. Lo fue para Benito, para Cirilo y Metodio, y también para Catalina y Brígida, proclamadas también copatronas de Europa.

La Iglesia debe creer en este movimiento, no perder el tiempo en las afirmaciones “Ah, la guerra es terrible”, “Ah, la paz es bella”, “Ah, cómo arruinamos el medio ambiente”. Todos estos discursos suenan a desconfianza en el poder de Cristo y del Evangelio: Cristo podría haber hecho de su misión un insistente sermón de valores para intentar cambiar el poder del tiempo, pero no lo hizo. Dijo que den a Dios lo que es de Dios, es decir, den el primado a Dios. Y el primado a Dios es ir por todo el mundo, llevar el Evangelio a todas las criaturas.

Una forma ideológica de presentarse se refiere precisamente al tema de la paz. Me parece que nos aplanamos en un concepto de paz que es el del mundo y el de la ONU. Y también se puede ver en esta crisis de Ucrania.
Es un error apoyar acríticamente todas las batallas de la ONU, porque la ONU parte de otros supuestos y su acción se basa en la ilusión de lograr la unidad y la paz sin conversión. La verdadera paz viene sólo del anuncio del Evangelio, o más bien de la conciencia de que Cristo tiene poder sobre el corazón del hombre, porque sólo Él sabe lo que hay en el corazón del hombre, dice el Evangelio de Juan. Si no cambias el corazón del hombre, todo lo demás es palabrería. El punto es el corazón, porque el corazón es fácilmente esclavo del pecado desde el principio, por lo tanto, persigue utopías, porque el pecado es un interés egoísta que se reversa a nivel social, económico, nacional. Sólo si golpeas de raíz el corazón del hombre, podrás proponer un cambio. Por eso el Papa debe predicar la conversión, sin conversión no se puede construir la paz. La Iglesia es ministro de quien dice “Tú me comunicas y yo hago el resto”, “No presumas que quieres construir la paz, la legalidad, etc. Tú me comunicas, yo haré el resto”. La Iglesia debe ser portadora de esta fe, que derriba todos los obstáculos, de lo contrario se vuelve irrelevante.

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