• EL ANÁLISIS

Benedicto XVI no se defiende porque su presencia es incómoda

La incomodidad de Benedicto XVI se está volviendo mucho más molesta hoy. Su sola presencia está allí para recordar muchas cosas que molestan. Los defensores del actual “empuje propulsor” que guían a la Iglesia desde varias posiciones y que temen que ésta se haya ralentizado en estos tiempos tan recientes, sólo pueden considerar la presencia de a Benedicto XVI muy incómoda.

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En estas páginas ya se han referido las acusaciones contra Benedicto XVI que en los últimos días han sacudido el panorama eclesial. Luego de la publicación oficial del informe sobre pedofilia, poquísimas, aunque meritorias, fueron las intervenciones en su apoyo. Ambas cosas, tanto los ataques en su contra como el silencio de quienes debieron protestar a su favor, exigen una explicación adicional. Recuerdo que el 2 de mayo de 2009 se publicó en La Civiltà Cattolica un artículo de Giandomenico Mucci sobre Benedicto XVI, titulado “Un papa scomodo?” (¿Un papa incómodo?). Lo recuerdo porque me inspiré en ese artículo para titular mi libro publicado al año siguiente: “L’età del papa scomodo” (La edad del papa incómodo). Hoy explicaré los ataques y los silencios contra Benedicto XVI con las mismas palabras: estas cosas pasan porque su presencia es incómoda. Con una aclaración: era incómodo entonces, cuando la revista jesuita hablaba de él en estos términos, pero lo es mucho más hoy. Esto no se debe a que las razones por las que era incómodo entonces sean diferentes de las razones por las que es incómodo hoy, sino porque aquellos que lo consideraban incómodo entonces, hoy están en el poder en la Iglesia más de lo que estaban entonces. El problema es entender en qué consiste la incomodidad contra Benedicto XVI y por qué hoy es mayor que antes.

La incomodidad contra Benedicto XVI se está volviendo mucho más molesta hoy. Su sola presencia está allí para recordar muchas cosas que molestan. Ya habla o escribe muy poco o incluso nada, pero su presencia mantiene vivo lo que ha escrito y dicho. Sus enseñanzas, mientras esté vivo, no se pueden dejar de lado tan fácilmente como quisieran. Perturba sólo porque existe. Es su existencia la que resulta incómoda, como un engorroso legado de pensamiento y de fe.

Probemos a dar algunos ejemplos. ¿Un artículo como el del padre Carlo Casalone sobre el suicidio asistido (que, refiriéndose a la situación italiana, en nombre del “mal menor” espera la aprobación de una ley que lo regule) habría aparecido en La Civiltà Cattolica en los tiempos del pontificado de Benedicto XVI? El contraste con sus enseñanzas sobre principios no negociables habría sido demasiado obvio. Que ya existían jesuitas que pensaban así entonces (e incluso mucho antes) es muy cierto, pero no que se publicara tal tesis. Entre otras cosas, en ese momento todavía había una Congregación para la Doctrina de la Fe. Demasiado fácil, pues, evidenciar que ciertamente no habría salido a la luz la Traditionis custodes, que impide el antiguo rito restaurado por Benedicto XVI; tampoco se hablaría de mujeres lectoras y acólitas, ni de la posibilidad de mujeres diaconisas y menos aún de mujeres sacerdotes

La cuestión de los sacerdotes casados ​​quedaría archivada y toda la liturgia y la pastoral vocacional seguirían otros caminos. Con toda probabilidad, la estructura de los estudios teológicos en las universidades pontificias también sería diferente, dado que actualmente, tras las últimas disposiciones pontificias al respecto, prevalece un método de diálogo y sinodalidad de carácter historicista y hermenéutico más que metafísico. La rápida evolución actual hacia una transformación radical de la teología moral encontraría cierta moderación y la “ética de la situación”, junto con la centralidad absoluta de la conciencia, sería al menos atemperada por la conservación de alguna referencia a la ley moral natural prevista por la ley divina misma. El ambiguo concepto de la “tradición viva” de la Iglesia, donde ese “vivir” trae consigo muchos acentos evolutivos, no se utilizaría para confundir entre profundizar y actualizar el dogma, y no se insistiría tanto en no tener miedo a lo nuevo y en la tradición de que no es una cuenta bancaria o un vestido guardado en el armario con bolas de naftalina.

He dado algunos ejemplos de cuántos impulsos actuales encuentran en Benedicto XVI un freno que lo convierte en un obstáculo. Sé bien que muchos dicen que la aceleración actual de cierto aventurerismo eclesial tuvo sus premisas en algunas posiciones del mismo Benedicto XVI. Pero, como traté de explicar en el libro “Capire a Benedicto XVI” (Comprender a Benedicto XVI), la estructura general de su pensamiento teológico y enseñanza pontificia permite detenerse a pensar en muchos puntos cruciales sin deslizarse demasiado hacia delante, incluida la posibilidad de recuperar mucho de lo que se había eliminado en el pasado reciente. En esto radica todo su inconveniente hoy. Los defensores del actual “empuje propulsor” que empujan a la Iglesia desde varias posiciones y que temen que realmente se haya ralentizado en estos tiempos tan recientes, sólo pueden considerar muy molesta la presencia de Benedicto XVI.

En las fases de la vida de la Iglesia como la que estamos viviendo, de fuerte tensión y contracciones dolorosas, pueden tomar formas iniciativas de denigración por un lado y compromisos silenciosos por otro, abandono y aislamiento junto con decisiones de gobierno eclesial incluso ofensivas para el anterior pontífice, y todavía entre nosotros. Son fases en las que se quiere saborear los frutos del cambio y muy rápido.

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