• Entrevista al arzobispo de Chile

“Ataques en Chile, un golpe al corazón del catolicismo”

“Las iglesias quemadas son un golpe al corazón de los católicos: los manifestantes hacen grafitis blasfemos e incitan a la violencia”. El arzobispo de Santiago de Chile habla a la Brújula Cotidiana: “Sería necio negar que detrás de estos atentados contra la Iglesia y contra la religión, están también los errores de la Iglesia y los pecados que hemos cometido, que nos avergüenzan”.

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“La violencia es mala, y quien siembra violencia cosecha destrucción, dolor y muerte. Nunca justifiquemos ninguna violencia”. Con estas palabras el arzobispo de Santiago de Chile, Mons. Celestino Aós Braco, inició su declaración de condena contra los violentos ataques que sufrió este domingo 18 de octubre la Iglesia chilena y prosiguió: “Ya hace un año sufrimos un estallido de violencia que nos causó tanto dolor personal, y tanta destrucción material que pensábamos habría sido una lección amarga y fuerte. Nos ha costado reconstruir las instalaciones, y ha exigido a los más empobrecidos sacrificios e incomodidades constantes; (desde entonces) se les hizo la vida más penosa...”.

El primer santuario en arder fue la Iglesia San Francisco de Borja, usado regularmente por el cuerpo policial de Carabineros: fue saqueada y algunas de las imágenes religiosas quemadas en la calle. Horas más tarde la violencia alcanzó la Iglesia de la Asunción y su cúpula se desplomó consumida por las llamas. Era una de las más antiguas de la capital (construida en 1876). Ambas se encuentran en las inmediaciones de la ya famosa “Plaza Italia”, en donde también fueron saqueados varios comercios y un supermercado. Además, fueron atacadas algunas comisarías de la periferia capitalina, entre ellas la de Puente Alto. 18 carabineros resultaron lesionados en diferentes puntos de la capital.

Estos hechos fueron provocados por grupos de alborotadores que participaban en una manifestación conmemorativa del primer aniversario del supuesto “estallido social”. Pues hay quienes celebran que hace un año, con saqueos y violencia, se inició la destrucción del que era el país más próspero de América Latina, para sumergirlo en la incertidumbre, con un saldo de al menos treinta muertos y miles de heridos. El próximo 25 de octubre los chilenos deben pronunciarse en referéndum sobre si quieren o no cambiar la Constitución.

“Los pobres son los más perjudicados. Esperábamos que no se repitieran esas acciones y esas imágenes. Las acciones violentistas y las imágenes vandálicas las padecemos de nuevo hoy. Sentimos la destrucción de nuestros templos y otros bienes públicos; pero sentimos sobre todo el dolor de tantas personas chilenas de paz y generosidad. Esas imágenes no solo impactan y duelen en Chile, sino que impactan y duelen en otros países y otras gentes del mundo, especialmente hermanos cristianos”, indicó el arzobispo, oficialmente en el cargo desde 27 de diciembre de 2019.

Con estos nuevos ataques ya son más de 60 los templos (católicos y evangélicos) que han sufrido graves daños. La fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN) los calificó como “delitos de odio”. Considerando los problemas que ha tenido que afrontar la iglesia chilena en su pasado reciente es inevitable la pregunta, ¿es justificable toda esta violencia? “No justifiquemos lo injustificable”, puntualizó en el comunicado el prelado español, de 74 años. La Brújula Cotidiana entrevistó en exclusiva a Mons. Celestino Aós Braco.

Excelencia, ¿cuál es su balance de la situación de la Iglesia en Chile?
Los problemas son varios, hay problemas dentro de la Iglesia, dentro de la estructura de la comunidad cristiana y católica, y luego están los problemas sociales, los problemas del país. Los problemas a nivel de la Iglesia continúan siempre, porque la misión que el señor nos da es anunciar el Evangelio a toda criatura y hay una tarea muy grande en Chile, no solamente para este anuncio personal sino también para tratar de llevar el Evangelio a las estructuras. Los cristianos, nosotros, no vivimos en una burbuja, vivimos en este país e indudablemente nos afectan todos los problemas y todas las alegrías. En este sentido nos encontramos con desafíos fuertes que tenemos que tratar de encarar desde el Evangelio.

¿Cómo vive la Iglesia chilena las protestas en Chile?
La verdad es que esta realidad tiene dos sectores bien marcados. Hay una serie de demandas, que llamaríamos legítimas: ¿cómo no vamos a querer que haya un mejor reparto de los bienes?, ¿cómo no vamos a desear que la salud llegue para todos?, ¿cómo no vamos a querer que la educación mejore? Son demandas completamente legítimas, pero se han ennegrecido con la violencia. Y ante la violencia nosotros mostramos nuestro rechazo, no es el camino, no es la solución. Entonces, ¿cómo lo vive uno? Lo vive con dolor, porque todos los días se tiene que estar como estimulando a algunos hermanos o hermanas que se acomodan y dicen bueno todo va bien. ¡No! Hay cosas que son injustas y nosotros tenemos que comprometernos, no podemos quedarnos de espectadores. Duele la pasividad de algunos, pero duele también esa violencia. Y uno dice, ¿para qué? ¿qué es lo que se busca con todo esto? Estamos convencidos que la violencia es un mal, que la violencia genera violencia y no es la solución.

Una violencia que ha tocado directamente a la Iglesia, ¿cuál es su lectura de estos ataques?
Tenemos muchos templos quemados, pero ya había señales. Yo vengo de la diócesis de Copiapó, en donde nos quemaron la imagen de la virgen de la Candelaria que es la patrona de los mineros y del pueblo de Atacama, que fue un golpe al corazón, directo a los católicos de allí, ya que aquella es una zona típicamente minera. Y en otra ocasión ultrajaron la imagen del Cristo que está en el Santuario, pero eran cosas como muy aisladas. ¿Qué nos duele? Algunos templos, en concreto, eran de tipo patrimonial, pero nos duele sobre todo el ataque religioso. Las pintadas que son ofensivas, que llegan a ser blasfemas en algunas ocasiones y que son incitadoras a la violencia y en contra, no sólo de los sacerdotes y de los obispos, sino de los creyentes. Por supuesto que es intolerable también el insulto, la agresión, y la incitación al odio. En Chile tenemos una norma de convivencia que dice que ninguna persona será discriminada por su condición sexual, por su condición étnica de raza y por su condición religiosa. Entonces no puede quedarse esto en palabras.

¿Y estos ataques no se podría leer como una respuesta a los escándalos que han involucrado a miembros del clero chileno?, ¿podría ser una expresión de rabia?
No cabe duda. En la historia de la iglesia hay muchos errores y hay muchos pecados, porque el error puede ser involuntario y sin responsabilidad, mientras que efectivamente el pecado siempre tiene una responsabilidad. Y estos pecados que han sido cometidos, sea por un mal uso del dinero, sea por el abuso del poder, sea por una sexualidad desordenada que lleva a utilizar al otro, indudablemente que esto deja una herida. ¡Cuánto dolor en esas víctimas a las que tenemos que acompañar!, y deja mucha rabia en la misma sociedad, no me cabe duda. Sería necio negarlo, que dentro de este componente de agresión contra la iglesia y contra la religión, están también los errores de la iglesia, están los pecados que hemos cometidos, que nos avergüenzan y que hemos pedido perdón.

En este panorama, ¿cuáles son sus desafíos?
La verdad es que mis desafíos no sé si pueden ser otros que los del Evangelio. Yo soy un humilde servidor de San Francisco de Asís, un humilde capuchino, que tiene como norma la vida del Santo Evangelio de nuestro señor Jesús Cristo. Y ese es el desafío y el programa para todo cristiano. A mí me gustaría que cada hombre y cada mujer de Chile y en especial de esta diócesis se encontrara con Jesucristo, porque estoy seguro de que Jesucristo trae la gracia, la salvación, la felicidad. No se trata de seguir manteniendo el cristianismo, la religión, como una ideología, como una moral o como teorías hermosas. Jesucristo es un ser concreto que nació de la virgen María, que vivió, que fue crucificado y que resucitó. Cristo es para nosotros la buena noticia, la noticia de nuestra dignidad, la dignidad de la persona humana, que se aprende mirando la Cruz.

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