• NUEVAS LITURGIAS

Tiempo de la creación, tiempo del panteísmo

Del 1º de septiembre al 4 de octubre vuelve el "Tiempo de la Creación", una iniciativa ecuménica para fomentar la reflexión sobre la Creación. En realidad, es la celebración de un nuevo panteísmo hoy en boga entre los cristianos, incluida la Iglesia católica.

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El tiempo de las vacaciones está llegando a su fin e inexorable incumbe el “tiempo de la Creación”, un rito sustancialmente pagano que las confesiones cristianas, unidas, ofrecen a sus fieles. Todo comenzó en 1989 cuando el patriarca ecuménico Dimitrios I, proclamó para los ortodoxos el 1º de septiembre como día de oración por la Creación. El Consejo Mundial de Iglesias (o Consejo Ecuménico de Iglesias), que reúne a 350 denominaciones cristianas, fue seguido con entusiasmo. Y, siempre buscando un punto de unidad entre los cristianos que no sea Jesucristo, decidió transformar la Jornada en el "Tiempo de la Creación", ampliando la celebración del 1º de septiembre al 4 de octubre, fiesta de San Francisco.

¿Podían echarse para atrás los católicos ante tal posibilidad de un camino ecuménico? Por supuesto que no: y desde 2015 la Iglesia Católica también se adhiere al "Tiempo de la Creación", de hecho, se ha convertido en líder, con la encíclica Laudato Si', actuando como la estrella polar.

Este año el tema -decidido por un Comité Directivo Ecuménico- es "Jubileo por la Tierra" y, para dar la buena noticia, llegó la declaración conjunta de la KEK (Conferencia de la Iglesias Europeas) y del CCEE (Consejo de Conferencias Episcopales de Europeas, presidido por el cardenal Angelo Bagnasco).

En su banalidad, la declaración revela dos aspectos típicos del panteísmo cristiano dominante en la actualidad, que hacen que el enfoque del tema ambiental sea indistinguible de aquel de la ecología radical que considera al hombre el verdadero enemigo del medio ambiente.

Primero: se habla de la Creación, pero el Creador está solo al inicio. "La Creación es un don de Dios para la humanidad", leemos en la declaración conjunta, una creación ya cumplida y definitiva desde el inicio. Entonces el hombre debe pensar en su responsabilidad de "custodiarlo" (implícito: mantenerlo como nos fue entregado). Esta es una posición repetida muchas veces, de diferentes maneras, incluso por nuestros obispos, pero que se acerca más a una concepción animista que católica. Se esfuma el concepto del hombre que a través de su trabajo continúa la obra creadora de Dios (véase la encíclica de San Juan Pablo II Laborem Exercens, 1981) y, por tanto, está llamado a "someter la tierra" según el plan divino; y en cambio se afirma el ideal animista que es esencialmente el de preservar el mundo tal como nos fue dado, bajo pena de la maldición de los espíritus. No en vano nuestros pastores no pierden la oportunidad de hablar del Covid como la maldición por haber abusado de la naturaleza (no, posiblemente, por haber pecado contra Dios).

Ahora afrontemos de forma más analítica la presunta relación causa-efecto entre el abuso de la naturaleza y la pandemia, pero solo un mínimo de sentido crítico bastaría para darse cuenta de la absoluta inconsistencia de los argumentos esgrimidos en apoyo de esta tesis. El caso es que en "Jubileo por la Tierra", el tema de este año, quiere llamar a reparar el daño causado por el hombre, que obviamente requiere la "conversión ecológica". Traducido significa convertirse al panteísmo: si queremos entender mejor, volvamos a releer lo que se escribió y se dijo en los tiempos del Sínodo de la Amazonía.

Lo segundo está íntimamente ligado: la palabra mágica para lograr esta conversión ecológica es "desarrollo sostenible" o, en términos más generales, "sostenibilidad". Así, el Jubileo, concepto "arraigado en la Biblia", se traduce en "un equilibrio justo y sostenible entre las realidades sociales, económicas y ecológicas". Pero el desarrollo sostenible, que ha entrado con fuerza en el magisterio gracias a Laudato Si', contrariamente a la creencia popular, es un concepto que nace del odio al hombre, considerado como el problema que ha creado el desequilibrio en el ecosistema, poniendo en riesgo la vida del planeta.

No en vano los pilares de las políticas de desarrollo sostenible, desde la Conferencia Internacional de Río de Janeiro (1992) en adelante, consisten en frenar o bloquear el impacto de la presencia humana en el mundo. Cuantitativamente, con políticas de control de la natalidad en países pobres; y cualitativamente, con el freno al crecimiento económico de los países ricos, acusados ​​de consumir demasiados recursos.

Desde hace varios años, para "educarnos" en este concepto, también se ha creado el Eart Overshoot Day, es decir, el día en que el planeta va "en reserva", que está en deuda de recursos. Con procedimientos pseudocientíficos se calcula la cantidad de recursos consumidos por el ser humano (obviamente casi todos en los países ricos) en relación a los que la naturaleza es capaz de regenerar, por lo que todos los años se repite la alarma sobre una situación que va obviamente y catastróficamente empeorando. Si en 1971 el Overshoot Day caía el 21 de diciembre (solo diez días de deuda ecológica), en 2019 se llegó al 29 de julio.

¿Y este año? "Gracias a las medidas de confinamiento adoptadas para frenar la pandemia de coronavirus, el Overshoot Day 2020 cae el 22 de agosto, con tres semanas de retraso que en 2019". Ánimo, con este ritmo, solo siete años de encierro serán suficientes para recuperar el equilibrio: el sistema económico colapsará, la gente morirá, pero todo servirá para que la población mundial vuelva al tamaño deseado, para salvar el planeta. Con la bendición de las confesiones cristianas, la Iglesia Católica a la cabeza.

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