• EL CINEASTA Y LA FE

Scorsese y el arrepentimiento de haberle dado la espalda a Cristo

En la última película del cineasta estadounidense, The Irishman, está presente su constante autobiográfica ya vista en Silence y en The Last Temptation of Christ: el remordimiento de haberle dado la espalda a Cristo para dar paso a la lujuria. No es casual que su asesor sea el jesuita James Martin, para quien se puede vivir en el pecado e igualmente salvarse.

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La última película de Martin Scorsese, The Irishman, ha despertado sentimientos encontrados tanto en la crítica como en el público. Para algunos es una obra maestra; otros la consideran demasiado larga y aburrida, sin estructura; para otros es un enigma. Tratemos de entender.

Esta es la historia del irlandés Frank Sheeran (Robert De Niro, en la película), sicario de la mafia que mató a Jimmy Hoffa (Al Pacino), líder del principal sindicato de transporte de los Estados Unidos; al menos según el libro en el que se basa la película (Charles Brandt, The Irishman, Fazi, Roma 2019).

De hecho, la visión deja un sentimiento de incompletitud; especialmente en la segunda parte, que debería ser la más significativa. Después de mil aventuras y asesinatos, encontramos al viejo y pobre Sheeran. Todos los hombres de su pandilla están muertos y él también, como habría dicho Woody Allen, no se siente muy bien.

En una escena del final lo vemos al lado de un sacerdote, en la casa de retiro en donde se refugió. El sacerdote lo invita a rezar y quisiera confesarlo. Le pregunta: “¿No sientes nada por lo que has hecho?”. Sheeran responde tranquilamente: “No”. El sacerdote pregunta nuevamente, un poco sorprendido: “¿No sientes nada?, ¿no sientes remordimiento”. Sheeran responde varias veces: “No”. Poco después vemos al sacerdote con la estola, que recita la absolución. ¿Se arrepintió el asesino de la mafia? ¿O se dio la absolución incluso sin arrepentimiento? No lo sabemos.

El sacerdote se va y Sheeran, en la última escena, le pide que deje la puerta un poco abierta. No le gusta la puerta cerrada. El sacerdote la satisface. Fin.

¿Cómo no captar una cierta irresolución, una ambigüedad, en este final? Bueno, ¿se arrepintió o no? ¿Se salvó? ¿Y el sacerdote lo absolvió a pesar de no arrepentirse? ¿La Iglesia concedió una exención de sus (que no son suyas) leyes?

Este extraño sentimiento aumenta cuando descubrimos que, en una escena anterior, el sacerdote que administra el bautismo a un niño es el jesuita James Martin: el hombre que intenta transformar (aparentemente con éxito) la Iglesia Católica en la organización gay-friendly más grande del planeta. No se trata solo de un cameo, pues el padre Martin fue el consultor de Scorsese para las escenas religiosas. ¿Qué significa todo esto?

The Irishman ha sido comparado con otras dos películas de Scorsese: Goodfellas (1990) y Casino (1995). Esto, por supuesto, porque las tres películas son sobre la mafia estadounidense. Pero, personalmente, me resulta muy difícil separar esta película de otras dos obras de Scorsese: The Last Temptation of Christ (1988) y Silence (2016).

En The Last Temptation of Christ, una película que ha querido fuertemente Scorsese, se narra come Cristo (Willem Dafoe) rechazó su sacrificio, se bajó de la cruz y se casó primero con Magdalena y luego con Marta de Betania, teniendo hijos. La última tentación es, precisamente, el rechazo de la cruz a cambio de una vida hecha de sensualidad. Pero todo esto resulta ser un sueño, una visión: Cristo fue tentado, pero resistió y murió, cumpliendo su sacrificio salvador.

En Silence también tenemos una historia de fragilidad y debilidad ante la tentación. Estamos en Japón en los años ‘600, cuando la pequeña comunidad cristiana es perseguida. Llegan dos misioneros jesuitas, Rodrigues (Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver) para buscar a su antiguo confesor (Liam Neeson) y el martirio. Encontrarán al primero, apóstata, pero no el segundo. Garupe muere en el mar, mientras Rodrigues realiza el gesto de apostasía que salva su vida y daña su alma. Él también, como Cristo, rechaza la cruz y se casa. Y aquí también tenemos la ambigüedad: muerto de muerte natural, el jesuita es incinerado, y en sus manos tiene un pequeño crucifijo. Entonces, ¿está condenado o a salvo? No es sorprendente descubrir que, incluso en Silence, el jesuita Martin fue consultor de Scorsese.

Bueno, vamos al grano: ¿qué tienen en común estas tres películas, ambientadas en tiempos y lugares muy diferentes? Todo es más claro si echamos un vistazo a la vida del director: nacido en Nueva York en 1942 y criado en el barrio de Little Italy, entre bandas criminales y procesiones religiosas. Un ambiente en el que quien importaba era un matón o un sacerdote.

El pequeño Martin, debido a su frágil físico y al asma, nunca podría haberse convertido en un criminal, por lo que decidió ingresar al seminario para ser sacerdote. Sin embargo, después de solo un año, fue expulsado por su incontinencia sexual.

Esta expulsión, si por un lado lo inició en la carrera cinematográfica, por el otro le dejó un sentimiento de culpa indeleble, que hoy en día le pasa factura. Y que intenta resolver con algunas de sus películas. Así es, el sentimiento de culpa. Lo que, según la modernidad, no existe, es solo una invención de los sacerdotes.

Aquí está la clave de lectura: el sentimiento de culpa. El remordimiento por haberle dado la espalda a Cristo, a la cruz, al martirio, para seguir la lujuria. ¿No es éste el tema de la última tentación de Cristo? ¿La negativa a aceptar la propia vocación, la cruz, por la lujuria representada por Magdalena? ¿No habla de esto Silence, en donde los jesuitas rechazan el martirio y celebran su apostasía? ¿Y en The Irishman, en donde el asesino a sueldo de la mafia se niega a arrepentirse después de una vida de mentiras y asesinatos?

Oye, pero en la última tentación Jesús estaba bromeando, después realmente murió. En Silence, tal vez, el padre Rodrigues se salvó, a pesar de la apostasía. Y en The Irishman, tal vez, Sheeran obtuvo la absolución incluso sin arrepentirse. ¿No es eso lo que enseña la iglesia del padre James Martin?, que se puede vivir conscientemente en pecado y, tal vez, salvarse de todos modos. 

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