Santos Pedro y Pablo

La celebración del 29 de junio ya está atestiguada desde la primera mitad del siglo IV, cuando se celebraban tres Misas en honor de los dos santos

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Los cristianos de todos los tiempos deben mucho a los santos Pedro y Pablo († 67), dos apóstoles con diferentes carismas, pero unidos por el mismo amor por Dios y por las almas. Gracias a su predicación, sus sufrimientos y su testimonio de Cristo probado con su martirio bajo Nerón, hicieron posible el desarrollo de la Iglesia y la transmisión de la fe cristiana.

Su fiesta común, que tiene el grado litúrgico de solemnidad, tiene orígenes muy antiguos. La celebración del 29 de junio ya está atestiguada desde la primera mitad del siglo IV, cuando se celebraban tres Misas en honor de los dos santos: la primera en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, lugar del martirio del Príncipe de los Apóstoles, crucificado boca abajo; la segunda en San Pablo Extramuros, en la vía Ostiense, donde el Apóstol de los gentiles fue enterrado después de su decapitación; la tercera en las catacumbas de San Sebastián, donde los restos de Pedro y Pablo habían sido transferidos temporalmente el 29 de junio de 258 (la fecha viene del Depositio Martyrum) para protegerlos de las persecuciones de Valeriano, quien acababa de emitir ese año su segundo edicto contra los cristianos. Solo durante el pontificado de san Silvestre (314-335), en plena pax constatiniana, las reliquias de Pedro y Pablo se devolvieron a sus sepulcros originales, sobre los cuales se construyeron las dos famosas basílicas que llevan su nombre.

Su misión evangelizadora y su derramamiento de sangre por la fe en Roma, caput mundi, testifican que la Providencia quería establecer la primacía de la Iglesia Romana, para salvaguardar la unidad en la fe de las Iglesias del mundo entero. Según la tradición el martirio de Pedro y Pablo fue en el año 67. Esta tradición se basa principalmente en el testimonio de san Clemente en su Carta a los Corintios (por el año 95), donde escribió que el martirio de Pablo tuvo lugar «bajo los prefectos»: justo en el año 67, Nerón partió para Grecia, habiendo confiado el gobierno de Roma a los dos prefectos del pretorio, Tigelino y Sabino. También 67 es el año que se obtiene del De viris illustribus (393) de san Jerónimo, que se basó en fuentes antiguas. En varios pasajes, el santo escribió que el martirio de Pedro y Pablo había ocurrido «el mismo día», «en el decimocuarto año de Nerón», dos años después de la muerte de Séneca († 65).

También testimonian su martirio el mismo día Dionisio de Corinto (siglo II), la Martirología Romana, los Sinasarios orientales y el Decretum Gelasianum (finales del siglo V), que afirma: «No en un día diferente, como los herejes parlotean, pero en el mismo momento y el mismo día, Pablo fue coronado con Pedro con una muerte gloriosa en la ciudad de Roma bajo el emperador Nerón».

SAN PEDRO. El humilde pescador de Betsaida, convertido en el Vicario de Cristo en la tierra y depositario de las llaves del Reino de los Cielos, recibió su nuevo nombre en el primer encuentro inolvidable con Jesús que, fijando su mirada en él, le dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro)», que es roca, en arameo. Él todavía no sabía que ese nombre correspondía a su misión. Simón Pedro se convirtió en el primero en confesar que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Y Cristo le colocó como fundamento de la Iglesia, su cabeza visible, investido con la autoridad para atar y desatar (Mt 16, 17-19). Autoridad transmitida por voluntad divina a sus sucesores, todos llamados, como Pedro, a confirmar a los hermanos en la fe (Lc 22, 32). Al establecer su primacía sobre los Doce, Jesús también le hizo una promesa perenne sobre la Iglesia: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». Con esto se sobreentiende la batalla escatológica entre Dios y Satanás que se lleva a cabo, en primer lugar, en el corazón de cada persona, para quien la Iglesia se ha quedado como un medio para decir «sí» a Cristo, en espera de su glorioso regreso.

Elegido para ser el primero de los «pescadores de hombres», Pedro, con todas sus debilidades humanas, pero también con sus extraordinarios impulsos de amor por Jesús, maduró su renovación total en Cristo paralelamente a la revelación de los misterios celestiales. Así, pasó de pensar según los hombres (como cuando protestó por el anuncio de Jesús de su inminente Pasión, oyendo a Jesús replicar vade retro Satana) a pensar según Dios. Si antes de la crucifixión en el Calvario, el Apóstol había negado por tres veces con miedo al amado Maestro, después de la Resurrección repara esa negación  con una triple ofrenda de amor a las preguntas de Jesús, quien le confía solemnemente su misión («Pastorea mis ovejas»; Jn 21, 15-19). Después de Pentecostés, recibiendo el Espíritu Santo, está listo para ofrecerse por completo a la proclamación del Evangelio, soportando la persecución. Como lo notarán sobre todo, los miembros del Sanedrín que lo arrestan y le dicen que no hable más acerca de Cristo, a lo que él responde: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29).

SAN PABLO. Fariseo originario de Tarso, en Asia Menor. Pertenecía a la tribu de Benjamín y fue educado en Jerusalén en la escuela de Gamaliel. Este último fue el doctor de la ley que al comienzo de las persecuciones judías contra la Iglesia primitiva hizo una sabia intervención en el Sanedrín, que resultó ser profética y transmitida a lo largo de los siglos gracias al relato de san Lucas (Hch 5, 34-42).

La conversión de san Pablo es un evento tan grande en la historia de la Iglesia que se celebra con su fiesta específica el 25 de enero. Fue gracias a san Bernabé que el antiguo perseguidor, después de anunciar a Jesús resucitado en Damasco, fue presentado a los Doce. Por ellos, y especialmente por Pedro (quien tuvo después la humildad de aceptar la corrección de Pablo en Antioquía), se hizo confirmar en el Evangelio que predicó, del cual dijo: «Yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo» (Gal 1,12). La acogida que dio en él a la gracia de Dios lo transformó en el misionero más grande de todos los tiempos, capaz de proclamar y convertir a innumerables personas a Cristo. Todo esto lo hizo yendo de una ciudad a otra en el Imperio romano, en medio de mil peligros y sufrimientos, encarcelamientos, palizas, naufragios, vigilias y ayunos frecuentes. Feliz de hacerlo porque, como escribió a los Gálatas, «Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí...» (Gal 2, 20).

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