Santas Rufina y Segunda

Fueron dos hermanas y prometidas que pusieron a Dios en primer lugar, sufriendo el martirio durante las persecuciones de Valeriano

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Las santas Rufina y Segunda († 257) fueron dos hermanas y prometidas que pusieron a Dios en primer lugar, sufriendo el martirio durante las persecuciones de Valeriano. Sus nombres se mencionan en varios documentos antiguos, como el Martirologio Jeronimiano (escrito en el siglo V y basado en fuentes anteriores) y el Calendario Marmóreo de Nápoles (grabado alrededor del siglo IX). Esto atestigua la importancia del culto a las dos santas, en cuyo honor ya se había erigido una basílica en el siglo IV, cuyas obras comenzaron a instancias del papa Julio I (337-352).

La tradición dice que Rufina y Segunda fueron prometidas por su padre a dos jóvenes cristianos. Estos, cuando se enardecieron las persecuciones ordenadas por Valeriano (quien en 257 había promulgado el primero de sus dos edictos contra el cristianismo), negaron su fe e intentaron convencer a sus prometidas de que hicieran lo mismo. Pero Rufina y Segunda se negaron a renunciar a su fe. Decidieron no casarse con los dos apóstatas y consagraron su virginidad a Cristo. Luego trataron de abandonar Roma, pero los hombres de Arcesilao las alcanzaron en la milla XIV de la vía Flaminia, después de haber sido denunciadas por sus dos pretendientes. Fueron conducidas ante Gayo Junio Donato, praefectus urbis en 257, quien trató de inducirlas a renegar de Cristo. Las dos mujeres fueron sometidas a varios interrogatorios y torturas, pero permanecieron firmes en la fe.

El prefecto las devolvió a Arcesilao, que las llevó a un bosque llamado Silva Nigra, a lo largo de la vía Cornelia. Allí fue decapitada Rufina, mientras que a Segunda la golpearon hasta la muerte. Los cuerpos de las dos mártires fueron abandonados en el bosque. Pronto recibieron un entierro digno, gracias a una matrona romana llamada Plautilla, a quien las dos hermanas se le habían aparecido en un sueño, indicando el lugar del martirio y convenciéndola a convertirse. El bosque Silva Nigra fue luego renombrado por los fieles Silva Candida, por la devoción y los milagros atribuidos a la intercesión de Rufina, Segunda y otros mártires como los santos Pedro y Marcelino († 304), asesinados en el mismo bosque unas décadas más tarde, durante las persecuciones de Diocleciano.

La basílica construida por san Julio I, cuyos restos son difíciles de ubicar hoy, fue construida justo en la tumba de las dos santas y se convirtió en sede episcopal. El primer obispo en presidir la sede, atestiguado desde 501, es Adeodato, quien participó en un sínodo ese año. En el mismo siglo aparece el nombre de Valentino, al que las fuentes nombran tanto episcopus ecclesiae Silvae Candidae (del topónimo vinculado a la diócesis) como episcopus a sanctae Rufina et Secunda, haciendo referencia a la basílica de mártires que una vez estuvo allí. En 1119, el papa Calixto II unió la diócesis de Selva Candida a la de Porto, formando la sede suburbicaria (llamada así por sufragánea de la diócesis de Roma, Urbe) de Porto-Santa Rufina. Durante el pontificado de Anastasio IV (1153-1154) las reliquias de Rufina y Segunda fueron trasladadas al interior del Baptisterio de Letrán. Desde entonces están allí, en una capilla que lleva su nombre.

 

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