Santa Macrina la Joven

Creció en esa familia llena de almas benditas que tiene en sus hermanos Basilio el Grande y Gregorio de Nisa, ambos Padres de la Iglesia, los dos exponentes más conocidos

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Santa Macrina la Joven (c. 324-380) es llamada así para distinguirla de su abuela paterna, Macrina la Anciana, también santa. Creció en esa familia llena de almas benditas que tiene en sus hermanos Basilio el Grande (c. 329-379) y Gregorio de Nisa (c. 335-395), ambos Padres de la Iglesia, los dos exponentes más conocidos, y cuyo ascenso a la santidad estuvo favorecido precisamente por las virtudes de la hermana mayor. Macrina era la primogénita de los diez hijos de Basilio y Emmelia, también ellos venerados por la Iglesia. Nativa de Cesarea de Capadocia, recibió de sus padres una educación cristiana. Su fe le trajo grandes beneficios también por las enseñanzas de la abuela de la cual llevaba el nombre, una figura de referencia para todos los nietos (y además patrona de las viudas) la cual, junto a su marido, había sufrido los tiempos de las persecuciones, permaneciendo fiel a Cristo.

Muy bella y culta, Macrina había sido prometida a un joven que murió prematuramente. Decidió entonces consagrar su virginidad a Dios. Permaneció en casa para ocuparse de la educación de sus hermanos, ayudando a su madre, que quedó viuda tras el nacimiento del décimo hijo. Cuando Basilio completó sus estudios en Constantinopla y Atenas, fue Macrina quien le llevó hacia la vida ascética. Él siguió el consejo de la hermana, peregrinando a Siria, Palestina y Egipto y viviendo en contacto con los anacoretas del lugar, en los cuales se inspiró después para difundir su célebre Regla.

Cuando todos sus hermanos eran ya adultos, Macrina convenció a su madre para que se retirara con ella a la vida monástica en el Ponto y, más concretamente, a Annesi (la actual ciudad turca de Amasya), a un centenar de kilómetros del Mar Negro. Con la ayuda de un hermano, san Pedro de Sebaste, fundó un monasterio que fue guiado primero por la madre y, a su muerte, por Macrina.

Continuó destacando hasta el final de su vida por su humildad, la constancia en la oración y su sabiduría, fundada sobre las Sagradas Escrituras y las obras de los antiguos Padres. Gregorio, tras la muerte de Basilio, que le afectó profundamente, quiso ir - también para recibir consuelo - a ver a su sabia hermana, ya enferma y cercana al Paraíso: con ella mantuvo un último e intenso diálogo espiritual sobre las verdades de fe, que puso después por escrito en la obra Diálogo sobre el alma y la resurrección (De anima et resurrectione), refiriéndose a Macrina como “La Maestra”.

Gregorio también escribió una biografía de su hermana, en la cual añadió una bella oración de Macrina moribunda, rica de reminiscencias bíblicas: «Tú, Señor, nos quitaste el miedo a la muerte. Tú has hecho que el remate de esta vida sea comienzo de la vida verdadera. […] Dio eterno, pon a nuestro lado un ángel de luz que me lleve de la mano al lugar de descanso donde surge el agua refrescante, en el seno de los Santos Padres. Si en algo te he ofendido por debilidad, de palabra, obra o deseo, Señor, apiádate de mí. Tú, que tienes en la tierra el poder de perdonar los pecados, haz que mi alma halle alivio y no se encuentre indigna de presentarse ante Ti, sino que sin mancha ni arrugada [Ef 5, 27] sea recibida en tus brazos como incienso en tu presencia [Sal 140, 2]».

Para saber más:  

Diálogo sobre el alma y la resurrección (aquí en inglés), san Gregorio de Nisa

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