Santa Luisa de Marillac

Las 15.000 Hijas de la Caridad (dato del 2016) repartidas actualmente por los cinco continentes son la mayor herencia del encuentro entre san Vicente de Paul y santa Luisa de Marillac (1591-1660), que pasó a través de duras pruebas antes de comprender el proyecto que Dios tenía sobre ella

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Las 15.000 Hijas de la Caridad (dato del 2016) repartidas actualmente por los cinco continentes son la mayor herencia del encuentro entre san Vicente de Paul y santa Luisa de Marillac (1591-1660), que pasó a través de duras pruebas antes de comprender el proyecto que Dios tenía sobre ella. Su infancia no fue sencilla. Nació en París; su padre, Luis de Marillac, la reconoció como “hija natural”, pero nunca supo quién fue su madre. Recibió la educación inicial en Poissy, en un antiguo monasterio de dominicas, que le transmitieron el amor a Dios y la enseñaron a leer, escribir y pintar. Quedó huérfana de padre a los 12 años y Miguel de Marillac, un alto funcionario, se convirtió en su tutor. Mientras tanto, maduraba en ella el deseo de la vida religiosa, que aumentó a su vuelta a París, cuando empezó a ir con frecuencia a visitar a las capuchinas. Hizo voto de entregarse a Dios, pero, por su débil salud y los intereses de su tutor, terminó casándose en 1613 con Antonio Le Gras, un secretario de la reina.

Del matrimonio nació un hijo, Miguel, que era muy querido, pero la santa era víctima de recurrentes ansias maternales e inquietudes, que culminaron en 1622 ante la grave enfermedad del marido, que ella interpretó como un castigo por no haber mantenido la promesa de consagrarse a Dios. Pasó por una larga depresión espiritual, hasta el día de Pentecostés del año siguiente, cuando, estando en oración en la iglesia de San Nicolás, tuvo una iluminación: «Comprendí que llegaría un tiempo en que me sería posible hacer los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, y esto junto con otras personas. Comprendí que debía ser en un lugar para socorrer al prójimo, pero no conseguía entender cómo eso se podría hacer». Resueltas sus dudas, aceptó las circunstancias y asistió al marido con mayor dedicación que antes, estando amorosamente a su lado hasta su muerte, acaecida a finales de 1625.

Algunos meses antes había conocido a Vicente de Paul (c. 1576-1660), el hombre de la Providencia al que había entrevisto en la iluminación de Pentecostés sin comprender quién era. El santo, que desde hacía años se dedicaba a obras de caridad, acompañó a Luisa en su maduración espiritual y la ayudó, poco a poco, a dirigir sus carismas hacia el bien del prójimo, hasta que ella entendió que su misión era convertirse en «madre de los pobres». Apenas comunicó la intuición a Vicente, este le respondió. «Sí que consiento, querida damisela, consiento seguramente. ¿Por qué no habré de quererlo yo también, si Nuestro Señor os ha dado este santo sentimiento?». El fundador de los Paúles le confió la dirección de las Damas de la Caridad (nobles y burguesas que dedicaban parte de su tiempo y dinero a los necesitados), la compañía que él había creado algunos años antes, para la que creía que era necesario, con el fin de poder mejorar la obra, un compromiso a tiempo pleno por parte de las Damas.

El 29 de noviembre de 1633 cuatro muchachas se unieron a Luisa para llevar vida común: fue el hecho que representó el nacimiento de las Hijas de la Caridad, que después se convirtió en un instituto religioso a todos los efectos con la emisión de los tres votos de pobreza, obediencia y castidad, más un cuarto voto que consistía en el servicio a los pobres. Se realizó así el sueño de los dos santos, que guiaron juntos el instituto hasta su muerte en 1660, a pocos meses de distancia la una del otro. A sus religiosas, desde entonces dedicadas a la asistencia a domicilio de necesitados y enfermos, santa Luisa recomendaba: «En nombre de Dios, mis queridas hermanas, sed afables y dulces con los pobres. Recordad que son nuestros patrones y que debemos amarles tiernamente y respetarles».

Patrona de: asistentes sociales

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