Santa Laura Montoya

Los rasgos principales de su espiritualidad se encuentran bien expresados en las breves líneas que escribió después de una intensa oración eucarística en 1930 en la Basílica de San Pedro: «Experimenté un gran deseo de tener tres largas vidas: una para dedicarla a la adoración, otra para vivirla en la humillación y la tercera para las misiones»

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Ha sido la primera colombiana en ser sido canonizada. Y se podría decir que santa Laura Montoya o Laura de santa Catalina de Siena (1874-1949), su nombre de religiosa, tuvo desde muy temprano una llamada particular a la santidad. A cuatro horas de su nacimiento, por deseo de la madre, que no quería verla antes de que fuera bautizada, recibió el Bautismo con el nombre de María Laura de Jesús, que le impuso el sacerdote, pues los padres todavía no se habían puesto de acuerdo. Con apenas dos años quedó huérfana de padre, Juan de la Cruz Montoya, asesinado durante la guerra civil que estalló por el espíritu fuertemente anticatólico del partido liberal en el gobierno. Su madre, Dolores, le transmitió la piedad cristiana y le enseñó a orar por el asesino de su padre.

Superando diferentes dificultades que habían marcado su infancia, Laura consiguió ser maestra elemental. Se esforzó por dar a niños y jóvenes una educación católica, a pesar de la oposición de diferentes autoridades locales. Fortificada por la oración contemplativa y la penitencia, había madurado la voluntad de entrar en la clausura del Carmelo, pero después, con la ayuda de sus padres espirituales, comprendió que Dios la estaba llamando a otra misión: la evangelización de las poblaciones indígenas.

En 1914 partió con algunas compañeras para catequizar a los indios Cuna. Dos años más tarde la comunidad, con el apoyo del arzobispo Crespo Rivera, pasó a ser Congregación de las Misioneras de María Inmaculada y santa Catalina de Siena, conocidas hoy también como «lauritas» y presentes en diferentes países. «Necesitaba mujeres intrépidas, valientes, ardientes del amor de Dios, que pudieran encarnar su vida en la de los pobres habitantes de la selva, para llevarlos a Dios», escribió la santa, que continuó su obra evangelizadora también durante los últimos nueve años de su vida, pasados en una silla de ruedas.

Los rasgos principales de su espiritualidad se encuentran bien expresados en las breves líneas que escribió después de una intensa oración eucarística en 1930 en la Basílica de San Pedro: «Experimenté un gran deseo de tener tres largas vidas: una para dedicarla a la adoración, otra para vivirla en la humillación y la tercera para las misiones». En su hábito destaca la «M» de María y la frase Sitio («Tengo sed»), en recuerdo de las palabras que Jesús pronunció en la cruz, que significan la voluntad divina de salvar el género humano. Esa misma voluntad la animaba a convertir a quien todavía no conocía a Cristo: «¡Cuánta sed tengo! ¡Sed de saciar la vuestra, Señor! Al comulgar nos hemos juntado dos sedientos: Vos de la gloria de vuestro Padre y yo de la de vuestro Corazón Eucarístico!».

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