San Vincente Ferrer

Sus contemporáneos lo llamaban «el Ángel del Juicio»

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Sus sermones eran vehementes pero estaban siempre fundados en la caridad, que lo llevaba a viajar incansablemente para exhortar a las almas a la conversión. Sus contemporáneos lo llamaban «el Ángel del Juicio». Y ciertamente san Vicente Ferrer (1350-1419) fue el predicador apocalíptico más famoso de su época, marcada por profundas laceraciones en la Iglesia. Nació en Valencia, en pleno cautiverio de Aviñón, es decir, el largo periodo en el que la sede del papado se estableció en esta ciudad francesa (1309-1377). Inició los estudios de teología a los 14 años, vistiendo el hábito dominico apenas tres años después.

Durante los sucesos intrincados y dolorosos que llevaron al Cisma de Occidente, inicialmente se alineó a favor de aquel que pasará a la historia como el antipapa Clemente VII, que fue elegido por los cardenales franceses (septiembre de 1378) cinco meses después de la subida a la cátedra pontificia de Urbano VI, que se había llamado así precisamente con la intención de restablecer definitivamente la sede del papado en la Urbe, es decir, en Roma, adonde ya la había trasladado el año anterior su predecesor. En esta fase, el joven dominico conoció al cardenal Pedro de Luna que, a su vez, se convirtió en antipapa en 1394 con el nombre de Benedicto XIII, jurando que habría trabajado por la unidad de la Iglesia y eligiendo a Vicente como su confesor. El santo se convirtió en uno de los personajes más autorizados del mundo aviñonés. Desde esta posición se comprometió de distintas maneras en recomponer el cisma, que veía a todos los reinos de Europa alineados o con el papa legítimo en Roma, o con su antagonista en Aviñón. Al final, en 1399, decidió abandonar todos sus cargos.

Este cambio decisivo había estado precedido por una enfermedad grave. Vicente se curó gracias a una intervención de Jesús, que se le apareció entre santo Domingo y san Francisco, ordenándole que se dedicara a la predicación y a advertir a los pueblos sobre la venida del Anticristo. En los siguientes veinte años de su vida terrenal, atravesó a lo largo y a lo ancho Francia, Italia y España, definiéndose «mensajero del Apocalipsis, enviado al mundo para predicar la llegada del Último Día». Su predicación itinerante estaba acompañada de continuos milagros («era un milagro cuando no hacía milagros», escribió uno de sus hagiógrafos), confirmados durante su proceso de canonización por muchísimos testigos. Predicaba solo en valenciano, pero según las fuentes todos le entendían, más allá de su procedencia geográfica. Es especialmente famoso el prodigio de Génova, cuando cada uno de los presentes le oyó hablar en su propia lengua.

El tema central de sus predicaciones era la necesidad de la penitencia. Convirtió a muchas almas. Cientos de personas lo seguían en sus desplazamientos. Identificaba al Anticristo con un hombre verdadero y profetizaba: «En los días de paz que vendrán después de la desolación de las revoluciones y las guerras, antes del final del mundo, los cristianos se desinteresarán tanto de su religión que se negarán a recibir el Sacramento de la Confirmación, diciendo que es un Sacramento inútil; y cuando llegue el falso profeta, el precursor del Anticristo, todos los que no estén confirmados apostatarán, mientras que los que estén confirmados permanecerán firmes en la fe, y solo pocos renegarán a Cristo». Exhortaba a pedir el perdón de Dios. Y puesto que la salvación de las almas era su mayor preocupación, pasaba mucho tiempo rezando por los enfermos, liberando a los endemoniados y confesando.

Mientras tanto, Vicente había intentado inútilmente convencer al antipapa Benedicto XIII a dimitir, recordándole que había jurado hacer el bien de la Iglesia. El Concilio de Costanza consiguió poner fin al cisma en 1417, dos años antes de la muerte del santo. Entre sus numerosos escritos hay que recordar el Tratado de la vida espiritual, en el que habla, entre otras cosas, de la dulzura que hay que utilizar con los pecadores en el camino de la conversión: «Sed como un padre que se apiada de sus hijos culpables […] o, mejor, tened la ternura de una madre que acaricia a sus hijitos. Alegraos de sus progresos y de la esperanza de que merezcan la gloria del Paraíso».

Patrón de: constructores de tejados, predicadores

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