San Pedro de Verona

Es uno de los santos más representados por las circunstancias de su martirio. Se convirtió a la fe católica cuando era niño

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Los padres de Pedro de Verona (c. 1205-1252), uno de los santos más representados por las circunstancias de su martirio, eran seguidores del catarismo, es decir, la herejía que él combatió toda su vida, obrando numerosas conversiones. Se convirtió a la fe católica cuando era niño, aprendiendo a recitar el Credo cuando tenía siete años. Estudió en la Universidad de Bolonia, ciudad en la que, con quince años, conoció a Domingo de Guzmán. Según el Martirologio, «recibió el hábito de manos de santo Domingo», fundador de la Orden de Predicadores y que volvió a la Casa del Padre el 6 de agosto de 1221.

Pedro se distinguió en la predicación en distintas ciudades del centro y del norte de Italia, desde Roma a Milán, donde actuó, por petición de los pontífices, para eliminar la herejía cátara, que se había difundido rápidamente. En 1244, le invitaron a ir a Florencia, ciudad en la que consiguió devolver a la fe verdadera a muchas personas que habían caído en el error. Sus brillantes predicaciones en la ciudad toscana suscitaron la admiración de los siete fundadores de la Orden de los Siervos de María. Se convirtió en su padre espiritual y, tras orar con fervor a la Santísima Virgen, obtuvo la confirmación de que dicha orden había nacido por inspiración celestial.

Los éxitos de Pedro en la conversión de las almas y su celo en la defensa de la ortodoxia le causaron muchos enemigos entre los herejes, pero también suscitaron el aprecio y la estima de los cristianos, que podían constatar su austeridad de vida y su gran familiaridad con las Sagradas Escrituras. En 1251, Inocencio IV lo nombró inquisidor en Lombardía, donde las sectas cátaras de diversas ciudades conspiraron contra él. La idea de morir a causa de la fe no le causaba ningún miedo. Es más, un día le confió a un hermano que cada vez que elevaba el cáliz con la sangre de Cristo pedía la gracia del martirio. El 6 de abril de 1252, mientras iba a pie de Como a Milán, le alcanzó un sicario que le partió el cráneo con un golpe de podadera, e hirió mortalmente a un hermano que le acompañaba, Domingo, que murió tras unos días de agonía.

Antes de su exhalar su último respiro, Pedro humedeció uno de sus dedos en su sangre y escribió: Credo in unum Deum. El sicario, entonces, le clavó un puñal en el pecho. El cuerpo del mártir fue trasladado de inmediato a Milán (desde 1340 está custodiado en el maravilloso sepulcro de San Pedro Mártir, realizado por Giovanni di Balduccio y situado dentro de la Basílica de San Eustorgio). Su culto se difundió rápidamente, gracias también a los milagros que se atribuyeron a su intercesión y a su canonización, que tuvo lugar apenas once meses después de su muerte. Su asesino se llamaba Carino Pietro da Balsamo, que se arrepintió y, al cabo de un tiempo, entró como converso en el convento dominico de Forlì, donde pasó en oración y penitencia los últimos cuarenta años de su vida, bajo la dirección espiritual del beato Giacomo Salomoni. La conversión de Carino fue tal que murió en fama de santidad y, desde 1822, es venerado como beato. Esta es, ciertamente, una de las más grandes gracias que surgieron del martirio de san Pedro de Verona.

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