San Maximiliano María Kolbe

«Remítete en todo a la Divina Providencia, a través de la Inmaculada, y no te preocupes por nada», es la enseñanza en el centro de la espiritualidad de san Maximiliano María Kolbe

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«Remítete en todo a la Divina Providencia, a través de la Inmaculada, y no te preocupes por nada», es la enseñanza en el centro de la espiritualidad de san Maximiliano María Kolbe (1894-1941). El «mártir del amor» recordó al mundo, en medio de la destrucción de la humanidad llevada a cabo en los campos de concentración nazis, toda la fecundidad y poder de la fe, sacrificándose para salvar a un padre de familia.

El segundo de cinco hijos, nació en Polonia de dos fervientes católicos, que lo bautizaron el día de su nacimiento con el nombre de Raimundo. De niño tuvo una visión de la Virgen, quien le ofrecía dos coronas de flores, una de lirios, símbolo de la virginidad, y otra de rosas rojas, símbolo del martirio. Aceptó ambas. A los 16 años tomó el hábito de los franciscanos conventuales, adquiriendo el nombre de fray Maximiliano; y cuatro años después, en el acto de la profesión perpetua, añadió el de María.

Mientras tanto, había llegado a Roma, donde se graduó en filosofía y teología. El Rosario y la adoración eucarística animaron cada uno de sus días. Durante los años en la universidad, algunos compañeros ya se habían dado cuenta de que tenían un santo entre ellos, como testimoniará el padre Giuseppe Pietro Pal: «El amor fraterno de Maximiliano era realmente como el del Evangelio. Cuando en nuestras conversaciones hablamos sobre lo poco que se observaban las reglas en nuestro internado, me decía que orara por los pecadores. Nunca le he oído hablar mal de nadie. Sufría al ver a otros romper las reglas». Consciente de la plaga del modernismo y del odio a la Iglesia propagado por la masonería, el 16 de octubre de 1917, junto con otros seis compañeros, fundó la Milicia de la Inmaculada Concepción. La idea era consagrar a Dios, a través de María, tantas almas como fuera posible, ayudándolas a ganar la salvación eterna. «Quien tiene a María por madre, tiene a Cristo por hermano», enseñaba.

El santo bien sabía que la fe genuina está encarnada en la Iglesia militante, llamada a luchar contra el maligno y dar a conocer y amar a Dios, trabajando para instaurar Su Reino con la ayuda de María. Para ello, ya enfermo de tuberculosis, puso en marcha una revista, El Caballero de la Inmaculada. Estaba convencido de la necesidad de un apostolado a través de los medios de comunicación, para transmitir la belleza de las verdades de la fe y de la moral, ya atacadas en ese momento por «innumerables propagadores». Decía: «Un misionero de la pluma [...] forma opinión pública, atenúa la aversión hacia el catolicismo, aclara y remueve lentamente de la mente prejuicios y objeciones inveteradas, predispone a una gradual lealtad hacia la Iglesia y con el tiempo [...] a la confianza y, finalmente, al deseo de conocer mejor la religión».

Sus ideas y su caridad encendieron de entusiasmo a multitud de jóvenes. Su revista alcanzó tiradas de millones de copias. En 1927 fundó, en su tierra natal, un convento llamado Niepokalanów («Ciudad de la Inmaculada»), que se dotó de una imprenta y de un seminario dedicado a la misión: en diez años se había formado alrededor una ciudadela y albergaba a más de 700 frailes. Exportó el mismo modelo a Nagasaki, donde el Mugenzai no Sono («Jardín de la Inmaculada») recibirá a los huérfanos de la guerra. Fundó una estación de radio, SP3RN (estación polaca 3 Radio Niepokalanów), y por eso es el santo patrono de los radioaficionados. Después de la invasión de Polonia, los nazis lo encarcelaron durante casi tres meses, junto con otros 37 hermanos. Una vez liberado, el franciscano regresó a la «Ciudad de la Inmaculada» transformándola en hospital y refugio de miles de judíos y heridos.

Fue arrestado definitivamente por la Gestapo el 17 de febrero de 1941 y en mayo fue trasladado a Auschwitz. La fuga de un prisionero desencadenó la dura ‘ley’ nazi: diez prisioneros fueron condenados a morir de hambre en el Bloque 13. Entre ellos se encontraba un padre de familia, Franciszek Gajowniczek (quien el 10 de octubre de 1982 asistió a la canonización del padre Kolbe), que hablaba desesperadamente de su esposa e hijos. El santo se ofreció a ocupar su lugar. «¿Quién eres tú?», le preguntaron los nazis. «Un sacerdote católico», respondió él, que ya había celebrado dos veces la santa Misa en secreto en el campo de concentración, distribuyendo el Cuerpo de Cristo a una treintena de detenidos. Los nazis, sorprendentemente, aceptaron el intercambio. La calma del sacerdote polaco los impresionó y, como dirá un testigo, el jefe del búnker lo consideró «un héroe, incluso sobrehumano».

Durante las dos semanas de aislamiento sin comida, el padre Kolbe nunca se lamentó, consoló a los demás prisioneros, les habló del sacrificio y el amor de Jesús, les hizo rezar y recitar himnos sagrados. El 14 de agosto, víspera de la Asunción, él y otros tres hombres aún sobrevivían. Las SS decidieron eliminarlos con una inyección de fenol. Fue entonces cuando le dijo al jefe del bloque de enfermería: «Usted no ha entendido nada de la vida, el odio es inútil... ¡sólo el amor crea!». Le tendió el brazo al verdugo y pronunció sus últimas palabras terrenales: «Ave María». El carcelero testificará: «Cuando volví a abrir la puerta de hierro, ya no estaba vivo; pero se me presentaba como si estuviera vivo. Seguía apoyado contra la pared, su rostro estaba radiante de una manera inusual. Tenía los ojos bien abiertos, fijos en un punto. Toda la figura como en éxtasis. Nunca lo olvidaré».

Patrono de: radioaficionados, prisioneros, movimientos provida, periodistas, familias; Milicia de la Inmaculada

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