San Felipe Neri

"¿No querréis que digan que Felipe es un santo?"; así respondió san Felipe Neri (1515-1595) en una ocasión a quienes le recomendaban que fuera un poco más serio...

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“¿No querréis que digan que Felipe es un santo?”; así respondió san Felipe Neri (1515-1595) en una ocasión a quienes le recomendaban que fuera un poco más serio. Gracias a su proverbial humor, tan unido a la caridad, conquistó muchas almas para Dios.

Era el segundo de cuatro hijos, florentino de nacimiento, como le gustaba precisar. Quedó huérfano de su madre cuando tenía sólo cinco años. Creció con una gran pasión por la lectura, especialmente por las Laude del beato Jacopone da Todi, a las que más tarde les puso música.

Llegó a Roma en 1534 como peregrino, pero permaneció allí como tutor de los dos hijos del florentino Galeotto Caccia que, más tarde, entraron ambos en la vida religiosa. En este primer período, Felipe vivió como un simple laico, entre ayunos y oraciones. Ya tenía una gran inclinación hacia el apostolado, como demostró al cuidar a los enfermos en el Hospital de San Giacomo. Era muy devoto de Nuestra Señora y se conmovía pensando en el amor de los mártires por Cristo. Por eso amaba estar en contemplación en las catacumbas. Fue precisamente allí donde tuvo lugar una de las mayores experiencias místicas de su vida. El día de Pentecostés del año 1544, mientras estaba recogido en oración en las catacumbas de San Sebastían, un extraordinaria efusión del Espíritu Santo le provocó una dilatación del corazón y las costillas. Este hecho fue confirmado por análisis médicos post mortem, así como por muchas personas que testimoniaron haber sentido un calor singular en contacto con su pecho.

Decidió entonces abandonar la casa de los Caccia, viviendo como un ermitaño en la ciudad. Dormía en refugios improvisados ​​y paseaba con una túnica con capucha, a menudo atrayendo las burlas de los jóvenes. Aceptaba esas burlas, conquistaba la amistad de los jóvenes con algunas bromas y luego comenzaba la catequesis: “Hermanos, estad alegres, reíd, bromead todo el tiempo que queráis, ¡pero no pequéis!”. Siguiendo el consejo del padre Persiano, fundó la Confraternidad de la Trinidad, para ayudar a los peregrinos y a los necesitados. Se creía indigno de convertirse en sacerdote, pero al final, a los 35 años, por insistencia del padre Persiano, recibió la ordenación. Los fieles comenzaron a hacer cola para confesarse con él y el santo, que ardía en el deseo de salvar almas, estaba en el confesionario desde el amanecer hasta el mediodía. A esa hora celebraba la Misa y no pocas veces entraba en éxtasis, uno de sus mayores dones místicos, junto con la bilocación.

El encuentro con los penitentes, que a menudo iban a visitarlo a última hora de la tarde a su pequeña habitación en la iglesia de San Jerónimo de la Caridad, le dio a Felipe el impulso para fundar la Congregación del Oratorio, en el 1551. Con la ayuda de otros sacerdotes, el santo logró involucrar a personas de todos los estratos sociales y, especialmente, a los niños en la oración y en la lectura de la Biblia. A ellos les transmitió, con su alegría y su creatividad, una sólida educación cristiana. “Ladrón rapaz en llevarse a los mejores”, así es como lo definió san Carlos Borromeo, quien trató en muchos modos de llevar a su amigo a Milán, para hacerle fundar un oratorio allí también. Pero el santo, que se ganó el apodo de “apóstol de Roma”, ya era romano por adopción. Y en romanesco pronunciaba sus famosas bromas, que siempre contenían una enseñanza.

Fue él quien le devolvió el vigor a la peregrinación a las siete Iglesias de Roma, contrarrestando el libertinaje de las celebraciones del Carnaval. La peregrinación a las siete basílicas romanas más antiguas -que se llevaba a cabo recitando los siete salmos penitenciales para invocar el perdón de los siete vicios capitales y pedir los siete dones del Espíritu Santo- se hizo rápidamente muy popular. Y extremadamente popular se hizo la respuesta (incluida en su proceso de canonización) que dio en la última fase de su vida terrenal a Clemente VIII. Este papa quería hacerlo cardenal para agradecerle sus consejos en el trabajo de reconciliación con el rey de Francia. San Felipe rechazó la oferta, levantó los ojos al cielo y manifestó su única aspiración: “Paraíso, Paraíso…”.

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