San Bruno

Fundador de la Orden de los Cartujos, decía que la vida de ermitaño le había permitido gozar de «una paz que el mundo no conoce llena del gozo del Espíritu Santo»

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La vida de ermitaño fue su cielo en la tierra, esto le permitió meditar en Dios y gozar de «una paz que el mundo no conoce llena del gozo del Espíritu Santo». Antes de separarse del mundo, san Bruno de Colonia (1030-1101), estudioso de teología y filosofía, había dirigido la escuela de Reims durante veinte años. Allí tuvo entre sus alumnos al benedictino Odón de Chantillon, el futuro beato Urbano II. El enfrentamiento con un obispo acusado por él de simonía lo obligó a abandonar Francia en 1076, pero pudo regresar allí cuatro años más tarde tras la destitución del prelado. Fue en ese período difícil cuando maduró su vocación por la vida monástica.

Vivió un tiempo en Molesmes bajo la guía de san Roberto (antes de que este fundara la Orden del Císter), pero luego lo abandonó en busca de un lugar más solitario. Bruno, con otros seis compañeros, pidió ayuda al obispo de Grenoble, san Hugo (1053-1132), quien los guió personalmente - impulsado por un sueño visionario de siete peregrinos y siete estrellas (el símbolo de los cartujos está formado por un globo terráqueo coronado por un cruz, con siete estrellas alrededor) - a un valle del macizo de la Chartreuse. En 1084 se construyó la Gran Cartuja, primer monasterio de lo que se convertiría en la Orden de los Cartujos, una de las órdenes monásticas más rigurosas de la Iglesia. Bruno y sus hermanos empezaron a vivir de forma muy austera. Sus días estuvieron marcados principalmente por el trabajo manual y por la oración, incluso de noche.

Su amigo Urbano II lo quería como consejero en Roma, pero no se quedó mucho tiempo porque el papa fue expulsado por los partidarios del antipapa Clemente III (Guibert de Ravenna), y Bruno lo siguió hasta el sur de Italia. Urbano II quiso nombrarlo arzobispo, pero el santo sentía otra llamada y obtuvo permiso para volver a la vida contemplativa. Roger I de Altavilla le cedió un territorio en Calabria a unos 800 metros sobre el nivel del mar, que hoy se llama Serra San Bruno en su honor. Allí fundó otra cartuja y una ermita, que fue su lugar favorito para encontrarse con Dios y donde meditaba sobre los misterios celestiales: «En mi meditación, el amor que yo ya tenía, ha comenzado a crecer más y más, como una llama que se enciende». Iconográficamente se le representa con una calavera, un libro y una cruz.

Patrono de: Calabria; es invocado para la liberación de posesiones diabólicas

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