• CIENCIAS SOCIALES

Sachs, un nombramiento escandaloso del Vaticano

El nombramiento del economista Jeffrey Sachs como miembro ordinario de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales es ciertamente escandaloso. Pero peor aún es el sentido evidente que adquiere: no es el mundo el que se contamina con el Evangelio, sino la Iglesia la que asume las categorías del mundo.

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La designación de Jeffrey Sachs como miembro de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales (PASS) es sin duda un escándalo, como ya han dicho algunos. El nombramiento pontificio, que tuvo lugar el lunes 25 de octubre, es una decisión que crea más desorientación y confusión, como si no hubiera ya suficiente en la Iglesia. O quizás ha habido tanta confusión en los últimos años que una cosa más o menos no supone demasiada diferencia para la mayoría de los fieles. Probablemente sea así: poca gente se escandaliza por el nombramiento para una de las Academias del Papa de un fanático neomaltusiano, abortista convencido y teórico del control de la población.

Sin embargo, el nombramiento de Jeffrey Sachs tiene un significado que va más allá de la participación en una prestigiosa academia pontificia que se supone que elabora estudios e investigaciones que son de ayuda para la Iglesia en el desarrollo de su Doctrina Social. Sachs es un economista de fama ambigua: por un lado es uno de los especialistas más influyentes del mundo, además de asesor de nada menos que tres secretarios generales de la ONU, y un gurú del desarrollo sostenible (actualmente es director del Centro para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia); por otro lado, en el terreno práctico no ha cosechado más que fracasos: es conocido como el “padre” de la discutida “terapia de choque” aplicada en Polonia para acelerar la transición de una economía comunista a un sistema capitalista; mucho menos conocido es su gran proyecto de lucha contra la pobreza en África –The Millennium Villages Project-, con el que a principios de los años 2000 eligió 12 aldeas del África subsahariana que, gracias a la aplicación de sus teorías económicas (con inversiones que ascendieron a 120 millones de dólares), debían convertirse, en un plazo de cinco años, en modelos a replicar en toda África para derrotar definitivamente la pobreza. Fue un fracaso estrepitoso, relatado en un libro (Nina Munk, The Idealist, 2013) por quienes habían seguido el proyecto paso a paso desde su concepción. La moraleja es sencilla: las teorías económicas brillantes no funcionan cuando se ponen en el ámbito de la realidad humana.

A pesar de ello, la carrera de Sachs no se ha resentido particularmente, y al final incluso se ha convertido en el “guía económico” del Vaticano, y poco importa que sus libros y discursos públicos muestren cierta obsesión por el supuesto problema de la superpoblación, que querría resolver drásticamente. Por esta razón, también es un gran admirador de China, cuya “política de un solo hijo” ha acabado con 400 millones de seres humanos en 40 años.

Está claro que todo esto no tiene importancia, y por eso ha participado en gran medida en la redacción de la encíclica ecológica Laudato Si' (2015), es además uno de los artífices de “La economía de Francisco”, y desde hace años es protagonista en todas las grandes conferencias internacionales sobre temas sociales que se celebran en el Vaticano. En definitiva, el nombramiento como miembro ordinario de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales no puede ser una sorpresa, sino la consecuencia lógica de lo que ha ocurrido en los últimos años.

Aunque el escándalo es grande, el asunto Sachs revela un escenario aún más inquietante. El canciller del PASS, el argentino monseñor Marcelo Sánchez Sorondo, ha comentado en varias ocasiones a los periodistas la “incómoda” presencia de Sachs en el Vaticano, afirmando que éste ha cambiado de opinión y que el objetivo es que la ONU y sus hombres más influyentes escuchen las prioridades marcadas por la Santa Sede, algo que –según Sánchez Sorondo- ya está ocurriendo. Es decir, el pobre parece convencido de que es la ONU la que ha cambiado las prioridades en sus decisiones para acomodarse a lo que la Iglesia, y especialmente el Papa Francisco, querrían. No se da cuenta de que, en cambio, es precisamente la Iglesia la que se ha plegado a las posiciones de las agencias de la ONU y de los grupos ecologistas. No sólo la Santa Sede, ya vimos lo que ocurrió en las Semanas Sociales de la Iglesia italiana celebradas el pasado fin de semana: la primera propuesta aprobada compromete a las parroquias en proyectos de transición energética.

En la práctica, no es el mundo el que se ha contaminado con el pensamiento de la Iglesia, sino que la Iglesia está a merced de los poderes de este mundo. El ejemplo más evidente es la integración del concepto de desarrollo sostenible en el magisterio de la Iglesia, que tuvo lugar oficialmente con la encíclica Laudato Si', pero que ahora se ha convertido en un “estribillo” constante. ¿En qué consiste realmente el desarrollo sostenible? Si tomamos el informe de la Comisión Brundtland (Our common future, 1987) vemos que el concepto de desarrollo sostenible parte de la convicción de que la presión demográfica es un lastre para el desarrollo y un factor de degradación del medio ambiente. Es decir, hay detrás una concepción negativa del hombre, de su presencia. Nada que ver con el Magisterio tradicional de la Iglesia Católica. Si la Iglesia empieza a adoptar los conceptos del mundo, entonces está claro que es el mundo el que gana y no la Iglesia la que evangeliza, y el Vaticano se convierte en tierra de conquista. Hemos llegado exactamente a este punto.

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