Rubio exhorta a los líderes europeos a la unidad occidental, pero ellos fingen no entenderlo
En la Conferencia de Múnich, el discurso de Marco Rubio, secretario de Estado de EE. UU., no difiere en lo esencial del pronunciado el año pasado por J.D. Vance, salvo por un tono más conciliador. Pero es una crítica sin concesiones al sistema europeo y un llamamiento a la unidad occidental que se opone a quienes se engañan con la ilusión de una Europa unida y potencia mundial.
Un año después del durísimo discurso del vicepresidente estadounidense J.D. Vance, que acusó a los líderes de las naciones europeas aliadas de traicionar los principios de Occidente y de las democracias liberales, muchos observadores consideran que la Conferencia de Seguridad de Múnich es un “termómetro” importante del estado de las relaciones entre la administración Trump y los aliados europeos, que desde entonces han sido bastante turbulentas: ciertamente por el tono brusco utilizado por los estadounidenses, pero sobre todo porque, salvo meritorias excepciones (entre las que destaca la del Gobierno italiano presidido por Giorgia Meloni), los gobernantes europeos y los líderes de la Unión Europea han seguido fingiendo no entender que la era de la ambigüedad y de los pies en varios zapatos para el viejo continente ha terminado, y que en la dura realidad conflictiva del nuevo mundo multipolar o se alinea claramente con Occidente, que no puede dejar de estar liderado por Estados Unidos, o se va a la deriva.
Ahora, las señales que llegan de Múnich 2026 dejan entrever algún cambio en dirección al diálogo y la colaboración, pero todo ello entre mucha ambigüedad y mucha propaganda por parte de lo que queda del núcleo del establishment europeo, aunque cada vez sea menos popular. En la inauguración de la conferencia, el canciller alemán Friedrich Merz ha pronunciado un discurso en el que se unen elementos de fuerte diferenciación crítica con Trump al reconocimiento realista de que la situación mundial ha cambiado y exige una colaboración efectiva entre las dos orillas del Atlántico. Merz ha acusado a la administración Trump de haber roto la unidad con los aliados con su política de aranceles y de haber violado, al igual que otras potencias, el derecho internacional al debilitar las organizaciones multilaterales internacionales. A continuación, ha advertido a Estados Unidos afirmando que la política de poder tiene límites y que los estadounidenses no podrán prescindir del apoyo de Europa, y sobre esta base ha reiterado la necesidad de un viejo continente más compacto, fuerte y autónomo.
El presidente francés Emmanuel Macron, por su parte, no ha dejado pasar la oportunidad de hacer alarde de su retórica turboeuropeísta más grandilocuente, predicando la necesidad de una Europa “potencia geopolítica”. Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, ya expresó el sábado pasado conceptos similares con un tono desafiante, asegurando que los retos actuales de la política internacional hacen cada vez más urgente la necesidad de una Europa “independiente” y fuerte, capaz de consolidar la alianza transatlántica.
Los dos líderes alemanes y el francés, en definitiva, han adoptado un enfoque clásico “pasivo-agresivo”: acusan a Trump de haber perjudicado la colaboración transatlántica, pero, precisamente a partir de su victimismo, “flexibilizan los músculos” vendiendo la idea de una Europa que ya está en camino de convertirse en una potencia autónoma, a la que deberían ser los estadounidenses quienes pidieran colaboración, y no al revés.
Cualquiera que examine lo que ha sucedido realmente (y no la propaganda) durante este primer año de Trump, se da cuenta de que estas declaraciones son un farol. De hecho, a pesar de las palabras, los países europeos —la UE o los “dispuestos”, incluido el Reino Unido de Starmer— han tenido que tragarse el sapo de los aranceles, prácticamente no han tenido voz ni voto en las negociaciones sobre el conflicto ruso-ucraniano, han tenido que corregir sustancialmente sus desastrosas políticas de transición ecológica y han aumentado, sí, mucho los gastos de defensa, pero no con vistas a una fantástica armada autónoma de la “potencia Europa”, sino dentro de la OTAN, tal y como había pedido Trump.
Y el sábado, en Múnich, para sancionar simbólicamente esta evidente subordinación que solo los “eurolíricos” más fanáticos pueden ignorar, llegó Marco Rubio. Su discurso, desde el punto de vista del tono, ha sido especular respecto al de Vance del año pasado: mientras que el vicepresidente hincaba el cuchillo en la herida, señalando las preocupantes degeneraciones de los gobiernos europeos y de la Unión respecto a los estándares de la democracia liberal (censura a los opositores, verticalismo, relativismo, inmigración fuera de control), Rubio ha centrado su intervención, en primer lugar, en enfatizar la unidad de civilización y principios entre estadounidenses y europeos, y en la firme determinación de la administración estadounidense de llevar adelante y consolidar una asociación con profundos cimientos. El secretario de Estado estadounidense ha definido la alianza transatlántica como “una alianza histórica [...] que ha salvado y cambiado el mundo”, al derrotar al nazifascismo y luego al comunismo soviético, y recordó que las raíces materiales y espirituales de Estados Unidos están en Europa, que “pertenecemos los unos a los otros” y que, por lo tanto, Estados Unidos considera de vital interés la fuerza y la seguridad del viejo continente.
Todo esto le ha bastado a algunos comentaristas europeos para sostener que la administración Trump ha querido lanzar una rama de olivo a los aliados, reparando de alguna manera las polémicas del pasado y reconociendo así el poder de negociación de los líderes europeos. Otros, en un tono más desencantado, han sostenido que los estadounidenses han querido alternar el “policía malo” Vance con el “policía bueno” Rubio, cambiando la actitud en la forma pero no en el fondo.
La verdad se acerca más a la segunda interpretación, pero es aún más amarga para la clase dirigente europea. De hecho, es difícil afirmar que Rubio, más allá del énfasis en la civilización occidental común, haya sido en realidad más “benévolo” que Vance. Su discurso ha seguido esencialmente las líneas del Documento sobre la estrategia de seguridad nacional emitido por la administración estadounidense hace unos meses, y que en su momento fue criticado con vehemencia por muchos europeos como un programa “imperialista” y “supremacista” que trataba a los aliados con desprecio. Ya en ese documento, a pesar de las reacciones escandalizadas, la relación transatlántica con los aliados europeos se consideraba una necesidad primordial, alimentada por intereses y principios de civilización comunes. Y precisamente por eso se expresaba preocupación por el autolesionismo europeo encarnado en el Pacto Verde Europeo, la inmigración descontrolada y el dirigismo.
Ahora, Rubio retoma puntualmente tanto esa atención y ese vínculo como esas críticas, y lo hace con una severidad apenas atenuada por el énfasis “empático”. De hecho, ha subrayado que la idea de un mundo unificado por normas comunes y por la democracia liberal era una ilusión perjudicial, cultivada a ambos lados del Atlántico, y que, por lo tanto, seguir defendiendo un “derecho internacional” que ya no existe y una globalización indiscriminada del comercio que no tiene en cuenta los intereses de las naciones y de todo Occidente es una actitud ruinosa que hay que superar por completo. Señala los desastres que Europa ha causado a su propia economía al seguir el “culto al clima”, perdiendo el control de sus cadenas de suministro y llevando así al continente hacia una peligrosa desindustrialización.
Ha reiterado que las democracias liberales no pueden sobrevivir si sucumben a una inmigración sin control que inevitablemente las desnaturalizará cultural y socialmente: “Controlar quiénes y cuántos entran en nuestros países no es una expresión de xenofobia. [...] Es un acto fundamental de soberanía nacional”. Por último, ha instado encarecidamente a los europeos a contribuir al reto de construir un futuro de mayor prosperidad y seguridad para sus pueblos, en la necesaria sinergia con los Estados Unidos, que con Trump lo están persiguiendo.
¿Entenderán finalmente los líderes del viejo continente la determinación de la administración estadounidense y la necesidad de hacer frente común con vistas a una integración creciente? ¿O seguirán prefiriendo la propaganda vana y enfatizando las diferencias entre los dos lados del Atlántico, al igual que la rana que quiso hincharse como el buey? Los recientes acontecimientos de la dialéctica transatlántica no permiten, por desgracia, inclinarse por la primera hipótesis, más razonable.
