Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo

La Iglesia celebra el 1 de julio, en la forma extraordinaria del Rito romano, la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo

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Los fieles de todos los tiempos y, en particular, los santos, siempre han manifestado una gran devoción hacia la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que la Iglesia celebra el 1 de julio en la forma extraordinaria del Rito romano, con el grado litúrgico de solemnidad.

Ya en el Antiguo Testamento hay múltiples pasajes que describen la sangre como elemento sagrado, fuente de vida y causa de salvación. Lo vemos de manera evidente, citando el episodio más significativo, en la promesa que precede al Éxodo, antes de la muerte de los primogénitos en tierras de Egipto, cuando Dios pide a todos los israelitas - por intermediación de Moisés y Aarón -, que sacrifiquen un cordero y rocíen con su sangre las jambas y el dintel de las puertas: «Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo», dijo el Señor (Ex 12, 1-14). Nació así la Pascua judía (“Pésaj” -pasaje-), que el propio Jesús celebrará con sus apóstoles en la Última Cena, instituyendo el sacramento de la Eucaristía y revelando que Él es el verdadero Cordero salvífico: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros» (Lc 22, 20).

Uno de los primeros en beneficiarse de la potencia de la Sangre de Jesús fue san Longino, el soldado romano que, con su lanza, le atravesó el costado hasta perforarle el corazón, del que manaron sangre y agua. En este hecho la teología católica ha visto el inicio de la Iglesia. Longino se convirtió y, según la tradición, tras haber recogido tierra empapada con la Sangre del Señor, la llevó a Italia. Sufrió el martirio en Mantua, y la valiosísima reliquia se sigue conservando aún hoy en la basílica de San Andrés.

La conversión de Longino nos recuerda que el cristianismo nace y se reaviva en la Cruz, en el sacrificio, en el abandono confiado a la voluntad divina, que lleva a una Resurrección de gloria, como nos ha enseñado Jesús (Lc 9, 23) y, después de Él y con Él, todas las almas elegidas que le han seguido en la vía dolorosa. «Yo, Catalina, […] escribo en su Preciosa Sangre. Que el árbol de la Cruz sea trasplantado en vuestro corazón y vuestra alma. Conformaos a Cristo crucificado, escondeos en las llagas de Cristo crucificado, embriagaos y vestíos del Cristo crucificado», escribió santa Catalina de Siena (1347-1380). Una contemporánea suya, santa Brígida (1303-1373), meditando sobre los dolores y la Sangre derramada por nuestra Redención, sintió un amor tan intenso que, durante mucho tiempo, le pidió que le revelara el número de golpes que había sufrido en su Pasión. Nuestro Señor le reveló que había recibido 5.480 golpes y le transmitió 15 oraciones, conocidas también como oraciones a la Preciosísima Sangre.

La devoción a la Sangre de Jesús conoció un impulso especial en la primera mitad del siglo XIX, cuando surgieron diversas congregaciones tituladas a la Preciosísima Sangre, entre las cuales las fundadas por san Gaspar del Búfalo e santa María De Mattias. En 1822, san Gaspar pidió poder celebrar la fiesta correspondiente, obteniendo de la Congregación para los Ritos la autorización al culto litúrgico dentro de su orden.

En los años siguientes la fiesta se difundió, fijándose en el 1 de julio. En abril de 1934, como cierre del XIX aniversario de la Redención, Pío XI la elevó a rito doble de primera clase. Con la reforma del calendario litúrgico (1969), se unió su celebración a la del Corpus Christi. Pero en la forma extraordinaria del Rito romano, igual que en las órdenes a ella dedicada, siempre es posible celebrar solemnemente la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que muchos fieles honran con las letanías específicas y una novena. Como decía santo Tomás de Aquino: «La Sangre de Cristo es la clave del Paraíso».

Para saber más:

Propio de la Santa Misa para la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucrito [extraído del Misal romano de 1962 (en italiano y latin)]

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