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Poder absoluto para Xi Jinping: El Vaticano es el único que no se da cuenta

La conclusión del XX Congreso del Partido Comunista Chino marca la centralización total del poder en manos de Xi Jinping, mucho más allá de lo esperado. Xi se está preparando para tiempos de guerra, poniendo a Taiwán en su punto de mira y nombrando sólo a sus leales: las prioridades son su poder y la modernización del ejército, no la economía. Es una clara señal de que, incluso con la Santa Sede, que acaba de anunciar la renovación del Acuerdo para el nombramiento de obispos, no se tolerarán las injerencias.

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El refuerzo del poder en manos de Xi Jinping no es una noticia muy tranquilizadora, pero la forma en que se está produciendo mientras concluye el XX Congreso del Partido Comunista Chino es muy preocupante y presagia tiempos muy turbulentos. Con graves repercusiones también para la Iglesia en China.

Pero vayamos por orden: el sábado 22 de octubre concluyó el Congreso del Partido Comunista, que había comenzado el 17 de octubre, con la reelección de XI Jinping como secretario del Partido para un tercer mandato, algo que nunca había ocurrido en la era post-Mao. Pero su elección va acompañada de un dominio político y una centralización del poder en torno a su persona que va mucho más allá de lo esperado.

En este sentido, es significativo el hecho de que durante la sesión de clausura su predecesor Hu Jintao, sentado a su izquierda, es invitado y luego escoltado a la salida por dos funcionarios, mientras que Xi ni siquiera se digna a mirar la escena. Aunque posteriormente se difundió una “versión oficial” que hablaba de una indisposición de Hu, el vídeo de la escena (no emitido por la televisión china) da una impresión completamente diferente. Y el ex presidente incluso se las arregla para decir unas palabras a Xi mientras lo sacan.

Una humillación que sirve de aperitivo a los nombramientos del Comité Central del Partido y, especialmente, de la Comisión Permanente del Politburó, anunciados ayer. De los seis miembros de la Comisión Permanente, además de Xi Jinping, que dirigirán China durante los próximos cinco años, sólo dos permanecen en la Comisión: los demás han sido sustituidos por hombres leales a Xi, independientemente de su experiencia y competencia. Así lo demuestra también la sustitución del primer ministro: en lugar de Li Keqiang, que ya ni siquiera formará parte del Comité Central, llega el secretario del Partido en Shanghái, Li Qiang, responsable del largo y dramático cierre total de Shanghái la pasada primavera, que creó enormes problemas alimentarios (y de otro tipo) a sus 25 millones de habitantes. También ha quedado claro, por los discursos y las enmiendas a la Constitución del Partido, que lo único verdaderamente fundamental para el futuro próximo será la obediencia total a Xi Jinping: una vuelta al maoísmo pero con una China mucho más poderosa e influyente en el tablero internacional.

Por tanto, el desarrollo económico y las competencias específicas pasan a un segundo plano, ya que los últimos acontecimientos internacionales y la cuestión del estatus de Taiwán auguran tiempos muy turbulentos para el líder chino, que requieren unidad política y una capacidad militar cada vez más eficaz. Esto también queda claro en el extenso informe de Xi al Congreso, en el que -como señala el New York Times- han desaparecido dos expresiones que en las últimas décadas siempre se repetían en los informes de los sucesivos líderes, incluido Xi: China “se encuentra en un periodo de importantes oportunidades estratégicas”; y “la paz y el desarrollo siguen siendo los temas de este tiempo”.

El significado era claro: a saber, que no había riesgo de conflicto real y, por tanto, China podía concentrarse en el crecimiento económico y en el fortalecimiento de su posición internacional. La situación ha cambiado claramente en los últimos meses, especialmente con la invasión rusa de Ucrania y la implicación de Occidente, y Xi Jinping advierte que se avecinan “tormentas peligrosas” y se prepara para ello. La inclusión entonces en los Estatutos del Partido de la “oposición decidida a disuadir a los separatistas que buscan la ‘independencia de Taiwán’” insinúa dónde podría originarse otra crisis internacional.

Por lo tanto, la nueva dirección del PCCh se prepara para una temporada de conflictos, incluidos los militares (la modernización del ejército y el adoctrinamiento de sus cuadros son una prioridad), y por eso establece la lealtad y la obediencia totales a Xi Jinping como requisito fundamental para acceder a los salones del poder. Se prohíbe cualquier forma de disidencia, incluso encubierta. Paradójicamente, esto también podría resultar ser la debilidad del nuevo emperador, porque la pérdida de sus habilidades en la economía, además de restringir aún más su libertad, podría socavar el crecimiento que en los últimos años ha permitido, en cualquier caso, mantener a raya las tensiones internas.

En cualquier caso, la evolución cada vez más totalitaria de los dirigentes chinos arroja una luz aún más siniestra sobre el acuerdo entre China y la Santa Sede para el nombramiento de obispos, cuya renovación por otros dos años se acaba de anunciar oficialmente el 22 de octubre. ¿Se puede pensar razonablemente que el líder Xi Jinping elimina cualquier posibilidad remota de disidencia interna dentro del Partido Comunista y luego hará concesiones de cualquier tipo a la Santa Sede?

Es mucho más probable, por no decir seguro, que se muestre aún más inflexible y decidido en la sinización de la Iglesia china después de que, habiendo emprendido este camino, no haya encontrado resistencia por parte del Vaticano. Recordemos que, según la normativa aprobada en 2020, incluso la Iglesia católica debe “adherirse a la dirección del Partido Comunista de China, adherirse al principio de independencia y autogobierno y aplicar los valores del socialismo”. Además, fue el propio Xi Jinping, en diciembre de 2021, hablando en la Conferencia Nacional de Asuntos Religiosos, quien aclaró que la “sinización de las religiones” debe entenderse como el control del Partido Comunista Chino sobre todas las religiones, y no la inclusión de los valores y tradiciones chinas en las prácticas religiosas. No son sólo palabras, porque en los cuatro años de vigencia del acuerdo, la persecución contra los católicos ha aumentado.

Si este es el escenario, las esperanzas expresadas por el Secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, en una entrevista con Vatican News para justificar la renovación del Acuerdo parecen estar fuera de la realidad. Parolin habla de “la esperanza concreta de poder asegurar a las comunidades católicas chinas, incluso en un contexto tan complejo, la guía de pastores dignos e idóneos para la tarea encomendada”. A la vista de lo que está ocurriendo en Pekín, más que “esperanza concreta” parece “fantareligión”: está claro que, incluso más de lo que hemos visto hasta ahora, el criterio fundamental de cualquier candidato al episcopado será la lealtad absoluta y probada al Partido Comunista y a Xi Jinping. Y ya sólo esto los hará indignos e incapaces.

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