• LA VIDA DE JESÚS EN EL ARTE/11

Perugino, ascenso y caída de un genio pasado de moda

La parábola artística de Perugino no basta para oscurecer su genio y la grandeza de sus obras, que aún hoy, quinientos años después, siguen causando nuestra admiración y seguirán haciéndolo en las generaciones futuras. Como el fresco del Bautismo, en el Vaticano, que marca el inicio de la vida pública de Jesús.
- LA RECETA: CIARAMICOLA

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Tras haber analizado algunas de las pocas obras que representan la infancia y la adolescencia de Jesús, pasamos a un capítulo tan rico que no hay más que escoger: la vida pública de Jesús. Si bien este periodo cubre menos de tres años de la vida del Redentor (desde el bautismo a la crucifixión), ha sido fuente de inspiración de una miríada de artistas a través de los siglos.

Al haber tanta materia, elegiremos solo obras y artistas que son especiales por alguna razón.

Hoy viajaremos en el tiempo a una mañana de 1480: estamos en San Pedro, en la Capilla de la Concepción. Un hombre corpulento se encuentra en el centro. Con la cabeza levantada, mira los frescos del ábside, asombrado por tanta belleza. Sus ojos brillan y una sonrisa ilumina su rostro: es el papa Della Rovere, Sixto IV (1414-1484). A un paso de él está el autor de esa maravilla: Pietro Vannucci, conocido como Perugino.

Nacido hacia 1448 en Città della Pieve, cerca de Perugia (en los Estados Pontificios), era hijo de Cristoforo Vannucci, quien, al darse cuenta del talento del muchacho, le hizo estudiar las técnicas de la pintura al fresco y el dibujo con un artista de la ciudad.

Perugino se formó estudiando las obras de Piero della Francesca y Verrocchio, de quien fue alumno en Florencia entre finales de 1560 y principios de 1570: allí descubrió el paisaje flamenco y los retratos naturalistas. Una vez finalizado su aprendizaje, el artista se estableció por su cuenta y comenzó a recibir encargos, el primero de ellos de las monjas del convento de San Martino, para las que pintó un San Jerónimo. Tuvo alumnos que se convertirían en pintores ilustres, como Rafael. Trabajó sin descanso en varias ciudades (Perugia, Florencia, Roma, Cremona, Venecia, Mantua) produciendo obras maestras, para gran satisfacción de sus clientes, mientras su fama aumentaba junto con la importancia de sus clientes.

Y así volvemos a nuestra historia, a aquella mañana de mayo que iba a marcar el inicio de una colaboración cuyos frutos han llegado hasta nosotros y nos sobrevivirán. En ese momento, el papa -aunque conocía la fama del pintor, razón por la que le había confiado la capilla de la Concepción- se dio cuenta de que estaba ante un genio, no solo por su talento, sino también por su capacidad de organización: había conseguido realizar el trabajo en un tiempo récord. Y tomó una decisión repentina: confiarle la dirección de los trabajos de la capilla papal -llamada después Capilla Sixtina, en honor al papa-, un proyecto para el que el pontífice ya había contactado y contratado a tres de los más grandes artistas de la época: Sandro Botticelli (1445-1510), Cosimo Rosselli (1439-1507) y Domenico Ghirlandaio (1449-1494).

Habían recibido el prestigioso encargo de decorar las paredes de la nueva e importante capilla del Vaticano con diez narraciones basadas en el Antiguo y Nuevo Testamento. Perugino, ante su nuevo encargo, pudo así reservarse las principales escenas de la serie de Historias de Moisés y Cristo: la Entrega de las Llaves a San Pedro y la Asunción de la Virgen (esta última fue destruida posteriormente al ser sustituida por el Juicio Final de Miguel Ángel).

Los cuatro principales ejecutores de las obras decorativas contaron con la ayuda de Signorelli -también conocido como Luca da Cortona (1445 - 16 de octubre de 1523)- y otros colaboradores, como Pinturicchio (Perugia, 1454 - Siena, 1513), Rocco Zoppo (1496 - 1508) y Piero di Cosimo (1462-1521). La documentación consultada muestra que las narraciones se completaron a finales de 1482.

Perugino, junto con sus ayudantes (teniendo en cuenta la inmensidad de una obra de este tipo), pintó al menos seis escenas, de las que hoy se conservan tres. Una de ellas es El Bautismo de Cristo, que es la primera en la pared a la derecha del altar, mirando hacia este, y está en paralelo con la Vuelta de Moisés a Egipto y circuncisión de su hijo Eliezer en el lado opuesto.

El cuadro inmortaliza el inicio de la vida pública de Jesús: el bautismo.

En el Evangelio de Mateo 3, 1-2, y seguidamente en los versículos 13-17, leemos: Por aquellos días, Juan el Bautista se presenta en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos»…  Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Y es precisamente este momento el que Perugino "fotografía" en su obra. La escena está ambientada según un esquema simétrico, típico del artista. En el centro, el río Jordán fluye directamente hacia el espectador, hasta los pies de Jesús y Juan el Bautista, que lo bautiza, en primer plano. Del cielo desciende la paloma del Espíritu Santo, enviada por Dios en lo alto, representado dentro de un nimbo de luz con serafines y querubines y flanqueado por dos ángeles en vuelo.

El paisaje converge hacia este eje simétrico, con una visión simbólica de la ciudad de Roma (se reconocen dentro de las murallas un arco de triunfo, el Coliseo y el Panteón). En los extremos hay dos episodios secundarios, también marcados por una simetría que subraya sus analogías doctrinales: el sermón a la multitud del Bautista (izquierda) y el de Jesús (derecha). También es típico del artista el paisaje que se desvanece suavemente en la distancia, salpicado de esbeltos árboles, uno de los elementos más reconocibles de la escuela de Umbría.

En el cielo se oye la voz de Dios dirigiéndose a Jesús: "Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco" (Mc 1,11).

La firma del artista aparece en el friso superior: "OPVS PETRI PERVSINI CASTRO PLEBIS": es el único panel firmado de la Capilla Sixtina.

Tras la finalización de las obras que le encomendó el papa, el artista regresó a Perugia y siguió trabajando para clientes ilustres. En 1505 pintó La lucha entre el amor y la castidad (hoy en el Louvre) para el pequeño estudio de Isabel de Este. Desgraciadamente, la marquesa no quedó del todo satisfecha, marcando con sus críticas un declive que se hizo inexorable para Perugino. Culminó con su despido en el acto por parte del papa Julio II mientras realizaba los frescos de la bóveda de la sala de los palacios vaticanos, posteriormente conocida como el Incendio de Borgo. Estas pinturas fueron sustituidas posteriormente por los frescos de su alumno Rafael.

La verdad es que Perugino simplemente había "pasado de moda": su estilo, antaño muy admirado, al entrar en el nuevo siglo se había vuelto obsoleto, cansado y repetitivo. Pasó los últimos años de su vida en Umbría, en su taller, que seguía siendo muy activo.

En 1524 murió de peste en el castillo de Fontignano, mientras realizaba el fresco del Nacimiento en la iglesia parroquial.

Su parábola artística no basta para oscurecer su genio y la grandeza de sus obras, que aún hoy, quinientos años después, siguen causando nuestra admiración y seguirán haciéndolo en las generaciones futuras.

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