• SANTOS Y GASTRONOMÍA / 22

Narciso, el obispo más antiguo de la historia

Fue elegido obispo de Aelia Capitolina (Jerusalén) a una edad muy avanzada, durante la dominación romana de Palestina. Por su rigor moral, atrajo el odio de los corruptos, quienes lo calumniaron. Pero la verdad salió a la luz y San Narciso volvió a la silla del obispo, nombrando un coadjutor, el primero en la historia y también un santo. Alcanzó la edad de 116 años.
-LA RECETA 

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Alejandro observa al anciano pasar de una lámpara a otra, vertiendo un poco de agua en cada una y arreglando la cinta de cáñamo crudo que mantendrá encendida la llama. Piensa que el obispo ha perdido el sentido de las cosas, quizás por su edad: tiene 116 años... Es la persona más anciana que conoce Alejandro.

Ahora el anciano reza y bendice las lámparas, luego hace de nuevo el giro con una vela encendida y las enciende. Milagrosamente, se encienden y la luz parpadeante hace bailar las imágenes en las paredes de la iglesia. Alejandro está asombrado, pero en realidad no está demasiado sorprendido, está acostumbrado a la singularidad de ese hombre que es un ejemplo para él y del que es asistente desde hace algunos años. Una escena que describe un milagro, el de la transformación del agua en aceite, por obra de Narciso.

Alejandro se convertirá en San Alejandro de Jerusalén (fecha de nacimiento incierta, año aproximado de muerte 250 d.C.). El anciano es San Narciso (99-216 dC: sí, leíste bien), obispo de Jerusalén; ese día es el día de Pascua del 215 d.C. (Alejandro lo sucederá después al frente de la diócesis).

Alejandro y Narciso viven en un momento muy particular del cristianismo en Palestina. Esta última es una provincia romana y, como tal, es escenario de tragedias ligadas al destino de los cristianos: los emperadores romanos, en general, no son partidarios de esta “nueva” religión. Los cristianos, aunque constituían una minoría, eran un componente social bastante importante. En una estadística realizada por los británicos en 1931, los cristianos son vistos como una comunidad instruida (representaban solo el 10% de la población de palestina, pero constituían el 27% de la población escolarizada), principalmente urbanizada, dedicada al comercio y a la artesanía, que ofrecía más oportunidades para el componente femenino. Las mujeres ocupaban un lugar aparte, facilitadas en su adhesión a la nueva fe, por un lado, por el hecho de que no estaban atadas por profesiones “difíciles”, como el militar, el maestro o el “político”; por otro lado, por la propia naturaleza de la comunidad cristiana, que se basaba en un concepto de fraternidad universal que les ofrecía una dignidad e igualdad generalmente desconocidas en la sociedad antigua.

La difusión del cristianismo se realizó principalmente entre personas libres de estatus más humilde o entre miembros de la clase media que, en la sociedad de la época, además de los libertos, incluían ciudadanos libres como comerciantes, artesanos y otros del colorido mundo de las profesiones manuales; personas que en general no tenían acceso a la educación superior, incluso si tenían una educación básica (sabían leer y escribir más que otros segmentos de la población, como hemos visto anteriormente) y que disfrutaban de una modesta propiedad personal. El cristianismo fue a menudo excluido de las clases altas, también porque los cargos políticos implicaban inevitablemente una serie de tareas religiosas, como el sacrificio público, que a los ojos de un cristiano no podía dejar de parecer idólatra. Los elementos esenciales del culto eran: escuchar la enseñanza de los apóstoles, la comunión fraterna y el bautismo, que generalmente se administraba por inmersión a quienes, hombres y mujeres, confesaban personalmente su fe. Solo alrededor del siglo IV, cuando se anticipa el bautismo para los primeros días después del nacimiento, habrá una forma de bendición particular con la imposición de manos y la invocación del Espíritu Santo sobre el niño.

En ese contexto vivía Narciso, un hombre de profunda fe, un sacerdote extraordinario, amado pero también vilipendiado por quienes se sentían inadecuados y no acordes con las exigentes “normas” que predicaba. Hacia finales del siglo II, ya en una edad muy avanzada, fue elegido obispo de Aelia Capitolina (Jerusalén). Hacia el año 195, junto con Teófilo, obispo de Cesarea, presidió un concilio de todos los obispos de Palestina para establecer que la Pascua cayera de domingo, según la costumbre de Roma. A pesar de su edad, fue un obispo activo y presente en la vida de la comunidad. Durante casi un siglo, Narciso vio la ciudad de David resucitar y repoblar, albergando, junto con los judíos, una gran comunidad cristiana. Narciso, con su moral a veces inflexible, metía la barra de los valores muy alta, atrayendo así el odio de los corruptos y deshonestos, que se sentían amenazados por su severidad. Para defenderse, pensaron en atacar, difundiendo una terrible calumnia sobre el anciano obispo. Las fuentes no especifican qué tipo de calumnia fue, pero sí sabemos que fue confirmada por solemnes juramentos de los acusadores. No todos los fieles creyeron en las insinuaciones, pero para evitar cualquier escándalo el anciano obispo, aunque inocente, prefirió abandonar la ciudad.

Los perjuros, uno a uno, fueron golpeados por terribles desgracias, hasta que uno de ellos confesó la verdad y reveló la mentira. Sin embargo, todos pensaron que el obispo, ahora rehabilitado, había muerto mientras tanto; por tanto, otro fue elegido para sucederlo y, después de éste, otro. A la muerte del segundo, Narciso reapareció en Jerusalén y los fieles lo llevaron de regreso a la silla del obispo con gran honor. Allí permaneció varios años más, pero tomó un coadjutor, el primero en la historia del episcopado, según una costumbre que aún perdura. Este no era otro que Alejandro, gracias a quien conocemos las últimas noticias sobre el relato del longevo obispo de Jerusalén: “Narciso les saluda. Ha cumplido ciento dieciséis años y los exhorta, como yo, a mantener la concordia”.

La historia de Narciso es emblemática, no solo por el gran valor moral de su vida, sino sobre todo por la valentía que lo caracteriza. ¿Cuántas personas tendrían la fuerza para hacer un compromiso como el de un obispado a una edad que supera el siglo de vida? Especialmente en una época en la que el promedio de vida era de 38 años. Sin embargo, lo hizo, demostrando que la vejez no debe ser un límite, especialmente cuando se sirve al Señor.

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