La muerte de Mauro Marabini, testigo del genio italiano
Empresario, editor, mecenas cultural y promotor de la cultura italiana en el extranjero. Esto y mucho más fue Mauro Marabini, fallecido el lunes en el Principado de Mónaco. Pero, sobre todo, fue también un gran amigo de la Brújula Cotidiana.
Cuando fallece una persona conocida, se nos viene inmediatamente a la mente una imagen, un gesto, una acción que la caracterizaba. A Mauro Marabini, fallecido el 27 de julio a los 89 años, lo vuelvo a ver sentado en un sillón del vestíbulo del Grand Hôtel des Ambassadeurs de Menton, del que era propietario junto con su esposa Liana. Allí estaba, absorto en la lectura, esperándonos cada vez que mi mujer y yo íbamos a Menton, donde él y Liana (que durante mucho tiempo se encargó de una sección de cocina para la Brújula Cotidiana (La Nuova Bussola Quotidiana en su edición original en italiano) siempre nos recibían con los brazos abiertos. Y siempre estaba allí por la mañana, después del desayuno, invitándonos a charlar un rato, sobre todo sobre la situación en Italia y en Francia, que resultaba siempre un momento muy agradable.
Mauro, que se presentaba de forma muy sencilla y siempre vestido con sobria elegancia, era una persona de gran cultura y experiencia. Había nacido empresario en su Bolonia, donde era copropietario, junto con sus primos, de la fábrica de calzado Bruno Magli, una marca de lujo italiana a cuyo desarrollo en el mundo había contribuido enormemente. Pero también poseía una gran sensibilidad cultural y, aún en Bolonia, había fundado una editorial (Il Fenicottero) y había abierto una librería que destacaba por ir a contracorriente como alternativa al monopolio cultural de la izquierda. En los años 90 también había reunido a un buen grupo de jóvenes intelectuales en torno a la revista bimestral Federalismo e libertà.
Pero también en los años 90, junto a Liana (con quien se casó precisamente en 1990) una vez que dejó la empresa familiar, se trasladó a Milán, donde había adquirido el Grand Hotel Duomo, y luego al Principado de Mónaco, elegido —según decía oficialmente— por “la calidad de vida”. Sin embargo, detrás de esta expresión, nos explicó una vez, se escondía también el rechazo al giro a la izquierda de Italia, sobre todo bajo el liderazgo de su conciudadano Romano Prodi (que se convirtió en presidente del Consejo en 1996), de quien su editorial también publicó una “biografía no autorizada” (Prodeide, escrita por Antonio Salvatici) que –por decirlo suavemente- no era precisamente halagadora.
Marabini comenzó una nueva vida en simbiosis con Liana en Mónaco: sin dejar de dedicarse a la edición, abriendo una librería de libros antiguos, pero también continuando con la puesta en marcha de iniciativas multimedia —como la editorial Liamar y la productora Condor Pictures— y culturales (los Marabini son también mecenas que apoyan, entre otras cosas, a los Museos Vaticanos). Incluso el hotel de lujo adquirido en Menton —el Grand Hôtel des Ambassadeurs— se utilizó en un primer momento como sede de una Bienal de arte contemporáneo sacro y espiritual, y desde el año pasado se ha transformado en un auténtico museo de arte (Museo Marabini-Martac) que abarca desde la Antigüedad hasta el arte contemporáneo y acoge diversos eventos.
Pero hay dos pasiones que caracterizaron a Mauro Marabini a lo largo de todos estos años: el amor por el Principado de Mónaco, del que se había convertido en un historiador, y su labor para poner en valor el patrimonio cultural italiano en el mundo, lo que él denominaba “civilización itálica”.
Escribió una guía sobre el Principado para los italianos que lo visitan y, en años más recientes (2020), “Mónaco, el Principado por la gracia de Dios”, una fascinante reconstrucción histórica del pequeño Estado católico (reconocido como tal, no en vano, por el Papa León XIV en su reciente visita), pero también una guía precisa y alejada de los estereotipos para comprender qué es hoy en día y cómo funciona la vida social y económica. Un libro que abre una ventana a una realidad mucho más compleja e interesante de lo que normalmente nos la imaginamos (Montecarlo, el casino, la jet set, etc.), y que nos hace comprender la importancia que tiene para los italianos, quienes, además, contribuyen notablemente a su desarrollo.
Italianos que han enriquecido con su genio no solo al Principado, sino prácticamente al mundo entero: Marabini también creó la Fundación Alter-Italia para dar a conocer y promover el estudio de la denominada “Civilización itálica”, una comunidad de doscientos millones de personas entre trabajadores en el extranjero, extranjeros con raíces italianas y los muchos que se sienten fascinados por el arte, la cultura y la música italianas y que estudian nuestra lengua. Existe “una Italia difusa, que es una auténtica potencia cultural”, decía en el congreso que había organizado en Menton en 2022, y que sigue influyendo en pueblos y culturas lejanas: no solo a través de empresas y trabajadores que construyen infraestructuras en el extranjero, sino sobre todo por el encanto cultural que ejerce al haber sido un motor de las artes y las ciencias, de la literatura y la espiritualidad.
Tal y como admitía cada vez que nos encontrábamos con él, su preocupación era ver que este gran patrimonio, que debería valorizarse, en su propia patria se ignora y se deja en manos de la iniciativa —generosa, pero insuficiente— de las asociaciones de italianos en el extranjero. Por eso, su proyecto consistía, como mínimo, en crear una red de estas asociaciones para sensibilizar también a nuestras instituciones.
Todas estas pasiones, compartidas con Liana, habían hecho que su camino se cruzara con el de la Brújula Cotidiana, revista que apreciaba mucho y de la que era partidario. Y, sin duda, aquellas charlas en el vestíbulo de su hotel de Menton, por muy esporádicas que fueran; sus sugerencias y opiniones, siempre expresadas con humildad y con ese acento boloñés tan inconfundible, forman ya parte no solo de nuestra historia personal, sino también de la historia de la Brújula Cotidiana y —no es por decir— las echaremos mucho de menos. Y seguiremos recordándolo en nuestras oraciones, encomendando ahora su alma a Dios.
El funeral ha tenido lugar esta mañana, 30 de julio, a las 10:00 horas en la catedral de Mónaco.
