¿Por qué escribimos tanto sobre la FSSPX?
Muchos se preguntan por qué dedicamos tanto espacio a la cuestión lefebvriana cuando en la Iglesia hay otros muchos problemas. Hay dos aspectos que conviene destacar: qué es la Iglesia y qué peligro entraña un cisma; la gravedad de las posturas de la Fraternidad y el juicio de Lefebvre sobre san Juan Pablo II.
¿Por qué la Brújula Cotidiana (La Nuova Bussola Quotidiana en su edición original en italiano) ha decidido dedicar tanto espacio a la cuestión lefebvriana? Es la pregunta comprensible que muchos se han planteado, y que suele ir acompañada de la consideración de que, ante la avalancha de desviaciones en el seno de la Iglesia católica en el ámbito de la moral, la liturgia y la doctrina, la cuestión lefebvriana es, a fin de cuentas, un peligro marginal (si es que puede considerarse un peligro).
Sin embargo, precisamente esta percepción de la situación es un problema; es más, es el grave problema que nos ha hecho comprender lo importante que es seguir abordando la cuestión lefebvriana. Es bastante evidente que muchas personas que han comprendido bien la imposibilidad de aceptar las desviaciones “hacia la izquierda”, sin embargo no han captado la misma imposibilidad de seguir las desviaciones “hacia la derecha”. Me parece que hay al menos dos factores que contribuyen a una comprensión inadecuada del fenómeno de la FSSPX (Fraternidad Sacerdotal San Pío X). El primero es que ya no sabemos qué es la Iglesia católica, su dimensión jerárquica y visible. Como reacción a una concepción absolutista del papado y arbitraria del derecho, exacerbada durante el pontificado de Francisco, el péndulo ha acabado en el extremo opuesto: la devaluación de facto del primado de Pedro y la incomprensión de la dimensión jurídica de la comunión de la Iglesia.
No hay que andarse con rodeos: la adhesión al cisma lefebvriano amenaza de manera muy concreta nuestra salvación eterna, no menos que la adhesión a la homoheresía, a las burlas litúrgicas irreverentes o a ajustar nuestras acciones a la nueva ola de la “moral de la situación” que está corroyendo lo que san Juan Pablo II y el difunto cardenal Carlo Caffarra habían edificado. Haberse salvado de las llamas de una hoguera no es un gran consuelo si luego acabamos ahogados… Por lo tanto, no escribimos para expresar opiniones ni para suscitar un debate, sino porque la auténtica pertenencia a la Iglesia es necesaria para la salvación, y el pecado de cisma nos separa de esa salvación.
Además, hay un segundo aspecto: muchas personas no han comprendido la gravedad de las posturas de la FSSPX, al considerar que toda la cuestión radica en que la Fraternidad plantea objeciones legítimas que Roma no quiere escuchar. Nada más superficial y engañoso. Las cosas no son así en absoluto. En realidad, como veremos, monseñor Marcel Lefebvre ha ido construyendo paso a paso una postura que rompe de hecho los lazos con la Iglesia católica tal y como es hoy, presente y viva, y acaba transfiriendo a la propia Fraternidad las promesas de Cristo sobre la indefectibilidad y la infalibilidad de su Iglesia. El resultado es que la FSSPX se erige no solo como el criterio de juicio último de las posturas y decisiones de la Iglesia católica, e incluso de la catolicidad del propio Papa, sino, en el fondo, como la continuidad de la verdadera Iglesia de Cristo.
La FSSPX ha defendido y reiterado las enseñanzas erróneas de Lefebvre, construyendo un sistema cerrado que se sustenta en premisas no demostradas e indemostrables, infundadas e infundables, volviéndose así impermeable a cualquier objeción externa. Se trata de una construcción teológica en la que Lefebvre ha encerrado a la FSSPX y que la Fraternidad no está dispuesta a cuestionar, so pena de que se derrumbe el recinto que la ha “protegido” durante cincuenta años, a costa de la separación de la Iglesia católica. Por esta razón, la FSSPX nunca ha buscado un verdadero diálogo con la Santa Sede ni con ninguno de sus interlocutores, sino que siempre ha utilizado estos encuentros, por un lado, para mostrar su propia “romanidad” y, por otro, para dar testimonio ante Roma de esa fe que, según ella, Roma habría perdido.
El fundamento de la postura de la FSSPX ante la actual crisis de la fe es la declaración del 21 de noviembre de 1974. En ella, monseñor Lefebvre sentó las bases de una eclesiología incompatible con la católica. La antítesis entre la “Roma eterna” (también llamada la “Iglesia de siempre”) y la “Roma de tendencia modernista y neoprotestante, que se manifestó claramente en el Concilio Vaticano II y, tras el Concilio, en todas las reformas que le siguieron” (o también la “Iglesia conciliar”), no es un simple recurso retórico: se trata más bien de la teorización de que la Iglesia de Cristo ya no es la Iglesia católica visible, fundada sobre el sucesor vivo de Pedro y sobre los obispos en comunión con él. La “Roma eterna” de Lefebvre y de la FSSPX se convierte, de hecho, en una abstracción, algo que no existe en el presente concreto, sino que se identifica con la Iglesia anterior al Concilio Vaticano II, con sus documentos, con su liturgia (romana), con sus papas. Una Iglesia que hoy ya no existe (salvo, como veremos, en la FSSPX). Y así, paradójicamente, la “Iglesia de siempre” se convierte en realidad en la Iglesia de ayer, de ahí la necesidad de una nueva definición de la obediencia, que se aplica a los papas de ayer, condición suficiente para considerar que se es obediente también al Papa de hoy: “Estamos convencidos de que, al permanecer fieles a todos los papas de ayer, a todos los concilios de ayer, somos fieles al papa de hoy, al concilio de hoy, al concilio de mañana y al papa de mañana» (homilía del 2 de septiembre de 1977, Poitiers). La desobediencia al Papa de hoy es, por tanto, solo aparente si se permanece fiel a los papas de ayer.
Los cardenales Garrone, Wright y Tabera, nombrados por Pablo VI para gestionar la crítica situación de la Fraternidad, pidieron a Lefebvre que revisara algunas expresiones de la declaración de 1974, pero él se negó. Una obstinación que imprimirá este enfoque dicotómico en el ADN de la FSSPX. Aunque hoy la Fraternidad se queje cuando se le acusa de ser cismática, hay que recordar que fue precisamente monseñor Lefebvre quien utilizó la palabra “cisma”, señalando obviamente con el dedo a la “Roma conciliar”: “Creemos poder afirmar […] que este [el Vaticano II], al dar la espalda a la Tradición y romper con la Iglesia del pasado, es un concilio cismático” (2 de agosto de 1976, Le Figaro). De ahí una “Iglesia conciliar” cismática.
Otro elemento importante es la homilía de la famosa misa de Lille (29 de agosto de 1976), celebrada ante más de seis mil personas: “Si llegara a ocurrir que el Papa ya no fuera el servidor de la verdad, ya no sería el Papa. No digo que ya no lo sea […], pero si fuera cierto, no podríamos seguir a alguien que nos lleva al error”. Por un lado, pues, monseñor Lefebvre reconocía en teoría al sucesor de Pedro, pero, por otro, proclamaba que ya no se le podría seguir y, de hecho, actuaba con total independencia de él. Cabe señalar que aquí no se alude a actos concretos de un pontífice, que podrían ser objeto de debate, sino a dejar de seguir habitualmente a un papa por no ser católico.
Se podría objetar que, para Lefebvre, esto era una mera hipótesis; pero no es así. Así lo demuestra un texto decisivo de 1983, titulado À propos des décisions éventuelles futures (“Acerca de posibles decisiones futuras”). Se trata de la respuesta al importante estudio, solicitado por el propio Lefebvre, del segundo asistente general de la FSSPX, Josef Bisig (quien abandonaría la Fraternidad para fundar la Fraternidad de San Pedro, en comunión con la Sede Apostólica), que concluía que era imposible ordenar obispos en contra de la voluntad del Papa. La respuesta de Lefebvre revela la verdadera razón que le impulsó a las consagraciones de 1988 y que le ha llevado a repetir este acto cismático hace unos días.
Lefebvre comienza su respuesta con algunas preguntas elocuentes: “¿Sigue siendo esta Iglesia apostólica y católica? ¿Hasta qué aberración podrá llegar el Papa sin dejar de ser católico? Sin haber llegado, tal vez, al sedevacantismo, ¿no debemos plantearnos si aún debemos considerar a este Papa como católico?”. La respuesta es tristemente clara; sin querer entrar en la cuestión del papa hereje y cismático, el obispo francés proclamó que “podemos y debemos afirmar hoy, en conciencia, tras la promulgación del nuevo derecho que afirma claramente la nueva Iglesia y tras los actos y declaraciones escandalosas sobre Lutero, que el Papa Juan Pablo II no es católico”.
A partir de esta declaración de no catolicidad del Papa, Lefebvre desarrolló todo un “arsenal teológico” absolutamente nuevo (hablando de obediencia a la Iglesia de antaño…) e incompatible con la doctrina católica. Ya lo veremos.
1. Continúa
