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Los informes: Así chantajeaban a los sacerdotes los Servicios Secretos “rojos”

Para entender ciertas acusaciones contra el difunto Gulbinowicz y otros prelados polacos hay que releer la historia. El régimen comunista luchó contra cada oponente con persecución física o psicológica. Los Servicios Secretos preparaban expedientes sobre cada sacerdote y en los años setenta mil oficiales trabajaron sólo para controlar la Iglesia, vista como un enemigo del sistema. Pocos sacerdotes (alrededor del 10%) colaboraron. Muchos de los que se resistieron o resultaban “molestos” acabaron asesinados.

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La condena del Vaticano al arzobispo emérito de Wroclaw, el cardenal Henryk Gulbinowicz, acusado no sólo de un supuesto episodio de abuso sexual sino también de colaboración con los Servicios Secretos del pasado régimen comunista polaco, ha causado un gran revuelo y perplejidad. Muchos conocidos me han preguntado por qué tantos sacerdotes polacos han sido acusados de colaborar con el régimen. Lo preguntan sin conocer la verdadera historia de los países comunistas y los métodos de control de la sociedad por parte de los Servicios Secretos. Piensan en el comunismo tal vez teniendo en mente la figura de Peppone (también conocido como Pepón, el adversario de Don Camilo en las películas basadas en las novelas de Guareschi): un verdadero comunista, con sus ideas, con métodos de actuación a menudo cuestionables pero, al final, “inofensivos”, alguien que ama a don Camilo y a la Iglesia. Nada más alejado de la realidad.

El comunismo era un sistema totalitario que luchaba y eliminaba a todos los oponentes. Así lo explicaba uno de los historiadores de Polonia, Peter Raina: “Uno de los principales objetivos del totalitarismo comunista era la destrucción psicológica o la eliminación física de los oponentes”. La persecución física consistía en el uso de la violencia, incluido el asesinato. El terror psicológico servía para destruir la personalidad del hombre. Así, cualquier ciudadano podía encontrarse en una situación “sin salida”. Todos tenían que ser conscientes de que su vida privada, su carrera profesional y su futuro dependían de los Servicios de Seguridad (en polaco Służby Bezpieczeństwa o SB).

Dado que la religión estaba considerada como el “opio del pueblo”, la Iglesia se percibía como un enemigo del sistema y un obstáculo en la creación del homo sovieticus, por lo que se convirtió en el principal objetivo de los Servicios Secretos. Este aparato de seguridad formaba parte de la estructura del Ministerio del Interior (MSW), donde había un departamento especial, llamado Departamento IV, que se ocupaba específicamente de la lucha contra la Iglesia (en aquella época se llamaba la lucha contra el “clero reaccionario”). También había una oficina de investigación especial (Biuro “C”), que reunía toda la información relativa a las personas “sospechosas”.

Los Servicios Secretos preparaban expedientes para cada sacerdote, que se llamaron “Expediente de registros operativos del sacerdote” (TEOK para abreviar). A decir verdad, los expedientes se preparaban en cuanto entraban en el seminario y el régimen hacía todo lo posible por desalentar a los jóvenes seminaristas de continuar sus estudios, en primer lugar obligándolos a cumplir dos años de duro servicio militar. Los funcionarios del régimen se interesaban por todo, incluyendo la familia del sacerdote, su situación económica, sus opiniones, sus medios de vida e incluso si tenía un televisor o un coche. Se registraban las homilías y se vigilaban todas sus actividades. En la década de 1970, unos mil funcionarios trabajaban exclusivamente para vigilar a la Iglesia.

Los Servicios de Seguridad utilizaban dos métodos. El primer método era la política antieclesial de las autoridades, por ejemplo: la abolición de las clases de religión en las escuelas, la prohibición de organizar ceremonias religiosas y la obstaculización del uso de los medios de comunicación por parte de la Iglesia. El segundo método era mucho más pérfido, y consistía en el terrorismo psicológico. Los caminos eran múltiples. Los sacerdotes más “trabajadores” eran acusados de actividades contra el Estado y de servicio al enemigo imperialista. Luego eran juzgados en espectaculares juicios que terminaban con la pena capital o largas condenas de prisión.

Pero por encima de todo, los Servicios Secretos buscaban comprometer al sacerdote para chantajearlo. Era una práctica común recoger toda la información posible sobre los hábitos de cada sacerdote: si le gustaba el alcohol, las mujeres o si estaba frustrado en su trabajo. A menudo, se empleaban agentes femeninos para crear una situación comprometedora para el sacerdote. Entonces, como el sacerdote estaba en posición de ser chantajeado, se le proponía colaborar con los Servicios Secretos. La colaboración con los SB consistía en proporcionar información sobre la situación en la parroquia, las actividades del párroco, el comportamiento y las creencias del obispo.

Pero también se usaba el método de la zanahoria y el palo: se pasaba de las amenazas a las ofertas de ayuda, por ejemplo para la construcción de una nueva iglesia, si el obispo prometía distanciarse del primado. Normalmente los obispos se negaban a colaborar y por eso no se construían las iglesias. La policía financiera controlaba con malas intenciones las cuentas y los impuestos de las parroquias. Este método también se aplicaba en las actividades editoriales de la Iglesia controladas por el Estado. Dado que la circulación de las publicaciones dependía de la decisión de la Oficina de Confesiones Religiosas, que colaboraba con los Servicios Secretos, se prometía el permiso para aumentar la circulación o proporcionar más papel (en ese momento la distribución del papel estaba completamente en manos del Estado) si los jefes de las revistas se comprometían a proporcionar información sobre los miembros de la redacción o similar. Ciertos directivos, con el permiso verbal de sus superiores, aceptaron ese chantaje porque la posibilidad de aumentar la circulación de la prensa religiosa se percibía como una prioridad.

A pesar del trabajo capilar e incesante del aparato de seguridad, sólo una mínima parte (los historiadores hablan de alrededor del 10%) de los curas estaban involucrados en alguna forma de colaboración con los Servicios Secretos. Muchos menos religiosos y muy pocas mujeres religiosas (alrededor del 2%).

Los que no cedían al chantaje o “molestaban” demasiado también podían ser asesinados: conocemos 18 nombres de sacerdotes asesinados por los sicarios del régimen comunista. El más famoso del mundo es el mártir del comunismo, el padre Jerzy Popiełuszko, hoy en día proclamado beato. Pero también tenemos que recordar a otros como Władysław Gurgacz, Stefan Niedzielak, Stanisław Suchowolec o Sylwester Zych.

Esta situación duró hasta el año 1989.

1. Seguirá.

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