• OFICIOS DE LA ALIMENTACIÓN Y PATRONES/1

Lorenzo, el santo que nos enseña el fervor de la fe

San Lorenzo es el patrón de varias categorías de trabajadores del sector alimentario, como cocineros, fabricantes de pasta, asadores y pasteleros. Se le representa como un joven diácono vestido con dalmática. Su atributo iconográfico es la parrilla por las torturas que sufrió. En el relato de su martirio se mezclan leyendas y verdades históricas, pero su historia nos muestra ciertamente la belleza de sacrificarse por el Señor.
-LA RECETA 

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San Lorenzo Mártir es el patrón de los cocineros, pero también de los fabricantes de pasta, asadores y pasteleros. En la iconografía, san Lorenzo es representado como un joven diácono vestido con dalmática y con el atributo de la parrilla, que indica la técnica de la tortura. (La dalmática era una prenda que se utilizaba en la época romana y que luego se mantuvo en uso como vestimenta litúrgica consistente en una túnica larga, con mangas anchas, que llegaba hasta las rodillas. Es el hábito de los diáconos, que lo llevan durante las celebraciones litúrgicas. Al igual que la casulla de los presbíteros y obispos, es la prenda más externa). A ello se añaden la palma del martirio y la bolsa del tesoro de la Iglesia romana redistribuida por él a los pobres, según los textos hagiográficos.

La leyenda y la verdad histórica se mezclan en los detalles de la historia laurentina y ambas son útiles para comprender el significado cristiano del santo. Nació hacia el año 225 en el Imperio Romano, en la Hispania Tarraconensis (Aragón), en la ciudad de Huesca (Osca en latín), pero este lugar de nacimiento es incierto; hay fuentes que afirman que pudo haber nacido en Valencia, lugar de nacimiento de sus padres. En cualquier caso, Huesca es el lugar de nacimiento más aceptado por las fuentes. De joven estudió teología en Zaragoza, uno de los centros de enseñanza más prestigiosos. Uno de los profesores de este famoso centro de estudios fue el futuro Papa Sixto II. Entre alumno y maestro nació una estima mutua que duraría para siempre, hasta la muerte de ambos.

Se trasladaron a Roma y, cuando Sixto se convirtió en Papa en el año 257, Lorenzo fue ordenado diácono (también es el patrón de los diáconos). El Papa le encomendó la administración de los bienes de la Iglesia y el cuidado de los pobres. Por esta misión se le considera uno de los primeros archiveros y tesoreros de la Iglesia.

El emperador Valeriano (Publio Licinio Valeriano, 200-260) había proclamado un edicto de persecución salvaje del culto cristiano y de las reuniones en los cementerios. Muchos sacerdotes y obispos fueron condenados a muerte, mientras que los nobles y senadores que se convirtieron al cristianismo fueron exiliados. Entre las víctimas de Valeriano se encuentran los pontífices Esteban I (que fue degollado en el trono papal) y Sixto II (decapitado el 6 de agosto de 258); el obispo Cipriano de Cartago (decapitado en el norte de África), y también diáconos como Agapito y Lorenzo, el santo que hoy nos ocupa. Entre la muerte del Papa y la de Lorenzo pasaron pocos días, ya que este último fue martirizado el 10 de agosto de 258.

El martirio de Lorenzo está rodeado, como se ha dicho, de leyendas combinadas con la verdad. El hecho es que las fuentes indican que fue condenado a muerte en una parrilla al rojo vivo, por lo que siempre se le representa con una pequeña parrilla. También hay un relato que pretende mostrar el poder de la oración en Lorenzo que, durante la tortura, está en tal comunión con el Señor que ni siquiera siente el dolor físico y le dice a su verdugo: “Ya estoy cocido por este lado, deberías darme la vuelta”. Por supuesto, es difícil imaginar tal sentido del humor, pero tal vez sea así. El verdugo le dio la vuelta y murió. Este episodio, recogido en una antigua Passio, es mencionado también por san Ambrosio en el De officiis ministrorum, en el que se reproduce la frase con la que el archidiácono de la Iglesia de Roma, dirigiéndose a sus torturadores, dice “Assum est... versa et manduca”, “Asado está, parece, gíralo y cómelo”.

El culto de veneración a Lorenzo está atestiguado ya en el siglo IV. Constantino I, emperador romano del 306 al 337 (fue quien favoreció la difusión del cristianismo), construyó un oratorio en el lugar de su martirio, edificio que fue ampliado por Pelagio II (el 63º Papa de la Iglesia, del 579 al 590). Un siglo después de Constantino, Sixto III (432-440) construyó una gran basílica: tenía tres naves y el ábside se apoyaba en la antigua iglesia, en la cima de la colina donde estaba enterrado Lorenzo. En el siglo XIII, Honorio III (el 177º Papa de la Iglesia Católica, de 1216 a 1227) unificó los dos edificios, que conforman la basílica que todavía existe.

San Lorenzo es el patrón no sólo de los oficios alimentarios mencionados al principio, sino también de los bibliotecarios, libreros, bomberos y trabajadores del vidrio. Muchos lugares de culto en todo el mundo están dedicados a él: además de la Basílica de San Lorenzo Extramuros (en Roma, véase la foto de arriba), hay muchas iglesias que llevan su nombre, e incluso dos catedrales: en Alba, Piamonte (el relicario del santo forma parte del Tesoro de la Catedral), y en Sant Feliu de Llobregat, España (foto de al lado).

Acordémonos el 10 de agosto de tener un pensamiento y dedicar una oración a este maravilloso santo, que enseña no sólo el fervor de la fe, sino también la belleza de sacrificarse por ella. Nosotros también podemos hacer sacrificios, aunque sean pequeños, como observar la Cuaresma.

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