Líbano: nuevos ataques de Israel en el sur del país
A pesar del alto el fuego previsto en el acuerdo de junio, las fuerzas israelíes lanzaron una nueva ofensiva contra el País de los Cedros los días 15 y 16 de agosto, causando varias víctimas mortales, como represalia por las heridas sufridas
El ejército israelí ha elegido la solemnidad de la Asunción de María, una festividad especialmente querida por las Iglesias orientales, para lanzar una nueva ofensiva en el sur del Líbano. Al igual que había hecho con las festividades cristianas de la Epifanía y de la Pascua, y con la festividad islámica del Eid al-Adha.
Las fuerzas israelíes han ensombrecido con el fuego el sábado festivo dedicado a la Dormitio Virginis, el paso a la vida eterna de la Madre de Jesús. Los días 15 y 16 de agosto la aviación israelí atacó las localidades de Ansar, Deir al Zahrani, Ali al Taher, Bint Jbeil y Taybeh, en el distrito de Nabatyie, matando al menos a once personas, entre ellas mujeres y niños, e hiriendo al menos a otras veinte. Tel Aviv ha informado de que ha eliminado, en dos incursiones distintas, a otros tantos comandantes de Hezbolá, uno de los cuales fue abatido en su propia casa junto a su esposa y sus cuatro hijos menores de edad. Según el gabinete del primer ministro israelí Netanyahu, los ataques se ordenaron como represalia por las heridas sufridas, la misma mañana del 15 de agosto, por tres soldados de las FDI a manos de la milicia chií en la «zona de defensa avanzada», establecida unilateralmente en el Líbano por el Estado judío.
Sara (nombre ficticio), una libanesa de sesenta años residente en Italia desde los años ochenta, fue testigo involuntaria de los ataques del día de la Asunción. En los últimos días, Sara dejó a su marido e hijos en Milán, donde vive, para acudir al lado de su anciano padre, ingresado en el hospital de Nabatyie. Su pueblo natal se encuentra en las cercanías de Ali Taher, donde —mientras escribimos estas líneas— el ejército israelí sigue bombardeando sin cesar. «Mis hermanos y yo llevamos encerrados en el hospital desde que comenzaron los ataques. No nos atrevemos a salir, tenemos miedo de volver a casa», cuenta por teléfono. «El momento más impactante fue cuando trajeron aquí los cadáveres de las víctimas, un auténtico trauma. Pero lo peor es que no se puede dormir por el ruido de los bombardeos: llevamos días sin descansar. Por desgracia, no hemos podido trasladar a mi padre a otro hospital, y ahora nos están echando porque las salas se han llenado de gente: el hospital está abarrotado de personas que se han refugiado aquí por miedo a nuevos ataques, con la excusa de tener que atender a sus familiares ingresados. Me fui de Italia cuando el estado de mi padre empeoró —ahora se encuentra en estado vegetativo—, pero no creía que las fuerzas israelíes atacaran con tanta violencia, dado que se había firmado un acuerdo y las negociaciones siguen en curso». Efectivamente, el acuerdo firmado el pasado 26 de junio en Washington entre el Líbano e Israel, con Estados Unidos como mediador, se ha quedado en papel mojado, al igual que el alto el fuego que en él se estipula. La retirada de las tropas israelíes de algunas «zonas piloto» marginales, preludio de la retirada definitiva de las FDI del territorio libanés, no se ha completado a pesar de que los servicios diplomáticos de ambos países lo anunciaron en dos distintas sesiones de negociaciones en Roma.
En cambio, continúan las «operaciones militares» de Tel Aviv contra Hezbolá, previstas, por otra parte, en el acuerdo, que concede al Estado judío toda la «libertad de acción necesaria» para «eliminar a la milicia chií» del País de los Cedros. Al día siguiente de los ataques mortales del día de la Asunción, el portavoz de Benjamin Netanyahu declaró que el objetivo de estos últimos es «reactivar las negociaciones con el Líbano y dotarlas de mayor seriedad, no lo contrario».
Es paradójico querer obligar a negociar a base de bombas a un país ya totalmente indefenso e incapaz de defenderse, como es el Líbano actual. Si se analiza con detenimiento, más allá de la declarada eliminación física de Hezbolá, la demolición sistemática por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) del cinturón de pueblos situados a lo largo de la frontera con Israel revela un objetivo más ambicioso: la desertización de la zona con vistas a una futura y posible anexión territorial con la consiguiente —quién sabe— repoblación por parte de ciudadanos israelíes. Según una reciente investigación sobre el terreno de The National, las pocas aldeas de la zona que han quedado a salvo de la destrucción y aún están pobladas estarían actualmente sometidas a «leyes no escritas» impuestas manu militari por las tropas israelíes, casi como si fueran auténticas exclaves de Tel Aviv en territorio libanés. Es razonable preguntarse si este es el destino que le espera, en un futuro no muy lejano, al País de los Cedros. Según Netanyahu, «algunas aldeas cristianas del sur del Líbano» habrían incluso solicitado ser anexionadas a Israel, circunstancia desmentida por quince aldeas de la zona, que en un comunicado conjunto se han declarado «decididas a quedarse» en su tierra, «leales a la identidad nacional» y «apegadas a la bandera libanesa».
Mientras la comunidad internacional aplaude el «acuerdo histórico» entre ambos países, el embajador estadounidense en el Líbano, Michael Issa, en una reunión con el primer ministro libanés Nawaf Salam y con el presidente de la Cámara de Diputados, Nabih Berri, calificó de «positiva» la atmósfera de las negociaciones de Roma, prometiendo que la agresión israelí cesará «cuando Hezbolá entregue las armas». En el Líbano, la vida cotidiana transcurre entre la normalidad y el terror, entre el deseo de dejar atrás el conflicto y la imposibilidad de ignorar la realidad de la guerra que aún continúa. En las playas y los restaurantes al norte de Beirut, desde Junie hasta Byblos, pasando por Batroun, los libaneses que pueden permitírselo —incluidos numerosos chiítas acomodados— intentan olvidarse por completo de la situación en el sur del país y se entregan a las diversiones veraniegas.
Mientras tanto, el Parlamento ha aprobado dos medidas que han suscitado polémica: una ley de amnistía general, destinada oficialmente a resolver el problema del hacinamiento en las cárceles, pero que en realidad pretende sanar viejas heridas aún abiertas desde la época de la guerra civil; y la abolición de la pena de muerte. Por otra parte, el Parlamento ha aprobado algunas enmiendas a la «ley de reforma bancaria» exigidas por el Fondo Monetario Internacional como condición sine qua non para que el Líbano pueda acceder a la financiación internacional.
