• LA HIPOCRESÍA RACISTA

¿La vida de los negros en los Estados Unidos es difícil? En África es peor

Los países africanos también lanzan una cruzada contra la discriminación racial en los Estados Unidos, cuando a ellos mismos les está yendo mucho peor. En Kenia, desde el 25 de marzo, la policía mató a 15 personas e hirió a 31 para hacer cumplir el toque de queda para contener la epidemia Covid. Entre las víctimas en Nairobi está un niño de 13 años, Yassin. Nadie se arrodilló por él. El caso del futbolista Kamara, que en los Estados Unidos se adhiere a la protesta: dijo que “ser negro en los Estados Unidos es muy difícil”, olvidando que en el 2000, con sólo 16 años, llegó a este país como refugiado, huyendo de la guerra de los niños soldados, que causó 70 mil muertes y 2.5 millones de prófugos.

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Kei Kamara es un futbolista negro de renombre internacional y ciudadano estadounidense desde 2006. Juega como delantero en el Colorado Rapids y hasta el año 2019 formó parte del equipo nacional de Sierra Leona, en donde nació en 1984. Tenía 16 años cuando en el año 2000 emigró con su familia a los Estados Unidos y en el 2001 comenzó su carrera futbolística.

Explicó que se unió a las protestas por la muerte de George Floyd pensando en el futuro de sus propios hijos. Narró que se quedó de rodillas durante nueve minutos y que su hijo también se arrodilló junto a él, sin pedírselo. “Tratamos de hacernos la vista gorda -dice sobre el racismo-, pero estoy muy, muy agradecido con todas las demás razas que ahora están de nuestro lado porque así tenemos una voz. Ser negro en los Estados Unidos es muy difícil”.

Ser negro en África lo es aún más, Kamara debería saberlo. Si no lo sabe, alguien debería recordarle la suerte que tiene de que, cuando regresa a Sierra Leona, lo haga en la posición privilegiada de estrella internacional del fútbol, pagado con cientos de miles de dólares al año.

En el 2000, tanto él como su familia llegaron a los Estados Unidos como refugiados, gracias a un programa de protección internacional. En Sierra Leona, se estaba combatiendo una de las guerras tribales más feroces de África independiente: la que dio lugar a la expresión "diamantes sangrientos", porque lo que estaba en juego era el control de los depósitos de diamantes con los que el país es rico. Comenzó en 1991 y terminó dos años después, en 2002. En los 11 años del conflicto, se estima que murieron unas 70.000 personas. En los años más difíciles, los refugiados han crecido a 2.5 millones, más de la mitad de los habitantes.

Estuvo también la guerra de los niños soldados, alistados o reclutados a la fuerza por miles, enloquecidos por el terror y las drogas. La historia de las atrocidades infligidas a la población es aterradora. Mutilar a civiles que se creía que eran aliados de los opositores era un pasatiempo de los niños soldados. Los combatientes adultos escribían los nombres de las diversas partes del cuerpo en trozos de papel, los metían en un sombrero o en una caja, obligaban a los prisioneros a elegir un trozo de papel, y luego ayudados por los niños amputaban la parte extraída a suerte. Cientos de personas, quizás miles, todavía llevan marcadas a fuego en la cara las letras RUF o AFRC, las siglas de los dos grupos armados antigubernamentales.

Kamara escapó de todo esto y de los años difíciles que siguieron. También esquivó el ébola. Con Guinea Conakry y Liberia, Sierra Leona fue afectada por la peor epidemia de fiebre hemorrágica en la historia entre 2014 y 2016, registrando aproximadamente la mitad de los más de 28.000 casos y, con 3.956 muertes, más de un tercio de las víctimas. Disponía entonces de dos médicos y 40 camas por cada 100.000 habitantes.

Ahora los médicos han subido a tres. El país en el Índice de Desarrollo Humano es de 181°, la esperanza de vida al nacer de sus habitantes es de 54.3 años, la más baja del mundo junto con la de Chad, República Centroafricana y Nigeria (en los Estados Unidos es de 78.9 años). También tiene la peor tasa de mortalidad materna: 1.360 muertes por cada 100.000 nacimientos.

El abuso frecuente por parte de los militares y de la policía contribuyen a hacer aún más difícil la vida de la población. El 1º de abril de 2020 en Kenema, la ciudad natal de Kamara, una docena de soldados golpearon con rifles y patearon al periodista Faya Amara Faya, le secuestraron su teléfono celular y lo arrestaron solo porque estaba fotografiando un nuevo centro en cuarentena para COVID-19. El hombre debe responder por disturbo a la paz pública y otros crímenes. En la ciudad capital de Freetown, la policía golpeó a los vendedores de té que desobedecieron la prohibición de vender la bebida.

En otros estados africanos sucede lo peor. En Kenia, desde que el gobierno tomó medidas para contener la epidemia el 25 de marzo, la policía mató a 15 personas e hirió a 31 con disparos para hacer cumplir el toque de queda. Las víctimas también incluyeron a un niño de 13 años, Yassin Hussein Moyo, quien fue asesinado a tiros en la ciudad capital de Nairobi.

Nadie en África se ha arrodillado para llorar e invocar justicia por el pequeño Yassin o por las otras víctimas de la brutalidad de las fuerzas de seguridad. En cambio, el Foro de Ex Jefes de Estado y de Gobierno de África instó a los países del continente a “protestar enérgicamente” por el asesinato de George Floyd y a exigir que “los responsables de este delito y de otros delitos similares sean castigados del modo más severo”. En una declaración emitida por el ex presidente de Benin, Nicéphore Soglo, se lee: “A tal nivel de crueldad se debe llegar para que todo el mundo finalmente abra los ojos y exprese su indignación. ¿Quién se atrevería a tratar a un europeo, un árabe, un israelí, un indio, un chino, un japonés, un argentino de esta manera... ¡Ya basta!”.

Y la Unión Africana emitió a su vez un vigoroso comunicado contra la discriminación racial en los Estados Unidos. El ANC, el partido gobernante en Sudáfrica, anunció el inicio de la campaña “Viernes Negro” el pasado 5 de junio: todos los sudafricanos están invitados a vestirse de negro a partir de ahora, todos los viernes, para mostrar solidaridad con las protestas organizadas en los Estados Unidos contra la policía.

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