• ENTRE NOVELA Y REALIDAD

La sociedad sin Cristo del Señor de las moscas

Un nuevo estudio de The Guardian, que revela la verdadera historia que inspiró el libro, rastrea la tesis de la famosa novela de Golding, El señor de las moscas, como un símbolo de la naturaleza violenta y brutal del hombre, de la cual solo la civilización impide el surgimiento. Pero en lectura más atenta, se puede decir que Golding no está equivocado: solo retrató a la sociedad sin la Iglesia Católica, fundada por Cristo.

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Hace unos días, en el periódico liberal The Guardian apareció un interesante artículo firmado por el historiador holandés Rutger Bregman. Es básicamente una verificación de las tesi que respalda la famosa novela El señor de las moscas, del ganador del Premio Nobel William Golding (1911-1993).

La historia es conocida. Hay una guerra no calculada: Un grupo de niños, miembros del coro de una escuela inglesa, viajan en un avión que luego se estrella en una isla. Los niños se ven obligados a sobrevivir y organizar la convivencia, sin adultos para guiarlos y protegerlos. De consecuencia, los niños viven en un “estado de naturaleza”, sin una civilización que determine sus vidas. ¿Qué sucederá? Desafortunadamente, sucederá todo lo peor posible. Los niños comienzan a pelear por el poder y se dividen en dos grupos: los cazadores y los otros. Emerge el miedo a un monstruo y crean una divinidad: ponen la cabeza de un cerdo sobre un palo y comienzan a tratarla como una divinidad. El señor de las moscas, Belcebú.

Mientras tanto, el grupo regresa a un estado salvaje, simbolizado por los colores rituales que los niños pintan en sus caras. La violencia y el abuso continúan hasta que, durante un rito orgiástico, matan a uno de los niños (un verdadero sacrificio humano). Desde entonces, ha habido un crescendo de brutalidad en la isla: asesinatos, torturas, la isla es incendiada... Cuando el final parece inminente, llega un barco para salvar a los niños.

El libro de Golding ha tenido varias interpretaciones, pero generalmente viene usado como un símbolo de la naturaleza violenta y brutal del hombre, de la cual solo la civilización impide el surgimiento. El libro, dicen los críticos, refleja la visión antropológica del autor: alcoholizado, violento, cuando era adolescente intentó violar a una niña de quince años. “Siempre he entendido a los nazistas -confesó Golding- porque soy, por naturaleza, ese tipo de hombre”. Después de la publicación del libro, pronunció el famoso aforismo “Los hombres producen maldad como las abejas producen miel”. El señor de las moscas es un libro muy famoso. Basta pensar que es una lectura obligatoria en las escuelas del mundo anglosajón (todos los niños están educados con esta visión del hombre) y U2 ha tomado de esta obra una de las canciones de su álbum debut, titulada Shadows and tall trees  como uno de los capítulos del libro.

El artículo de Bregman busca refutar la tesis de Golding con una historia real.

En 1965, seis niños de trece a dieciséis años, estudiantes de un colegio en Tonga, robaron una pequeña barca y se fueron hacia lo desconocido en busca de aventuras. Sin mapa ni brújula. Desafortunadamente, durante la noche fueron atacados por una tormenta que los dejó sin velas ni timón. Estuvieron a la deriva durante ocho días, sin comida ni agua; hasta que llegaron a una isla rocosa e inhóspita, 'Ata. Esa isla había estado deshabitada durante aproximadamente un siglo porque se consideraba inhabitable. Los niños lograron sobrevivir durante quince meses, hasta que fueron rescatados el domingo 11 de septiembre de 1966 por un pequeño bote que los vio por pura casualidad.

Los niños se habían organizado dividiendo las tareas entre la cultivación de vegetales, la guardia y la cocina. Encontraron algunas gallinas abandonadas un siglo antes por los pocos habitantes de la isla y comenzaron a criarlas; comieron duraznos y cocos. Todas las mañanas, apenas se levantaban, comenzaban el día cantando (acompañados de una guitarra que había sido construida con medios improvisados) y orando. Uno de los muchachos se rompió la pierna en las rocas, lo entablillaron y la extremidad se curó perfectamente. También equiparon un pequeño gimnasio para mantenerse en forma.

Aparentemente es la misma historia de Golding, que terminó de una manera completamente diferente. El británico se engañaba a sí mismo acerca de la naturaleza humana: dio por descontado que todos los hombres vivían sus impulsos, mientras que no es así. Simple, hermoso e instructivo. Sin embargo, las cosas son más complicadas. Existe un detalle de la historia contada por Bregman, que puede marcar la diferencia y arrojar una nueva luz sobre la historia de Golding.

El señor de las moscas siempre ha sido leído como un texto antropológico, que expone una tesis sobre la naturaleza del hombre, la civilización, el estado de la naturaleza. ¿Y si en cambio tuviera una clave de lectura... religiosa?

Me explico. El libro de Golding se basa en la antropología inglesa, liberal o wigh, como quieran llamarla: la antropología del homo homini lupus y del bellum omnes contra omnium de Thomas Hobbes (1588-1679); del individualismo que prevalece sobre el bien común; del Estado que impide la guerra total por la propiedad privada. Es la filosofía de la Royal Society, el resultado del rechazo de la metafísica aristotélica y de la ley moral y religiosa. Es el abandono del catolicismo y el regreso al paganismo: a las fuerzas oscuras de la naturaleza, a la alquimia, a la magia. En Baal, el señor de las moscas.

Esta es la pendiente por la que atravesó el Imperio Británico al rechazar, en el siglo XVI, la Iglesia fundada por Cristo y que lo llevó a la piratería, a la usura, al darwinismo social, a la eugenesia, al racismo, a la esclavitud, al colonialismo... Las premisas parecían buenas: finalmente libre de ataduras morales, de la interferencia de la Iglesia...

Esta interpretación está respaldada no solo por la biografía de Golding, un representante puro de esta ideología, sino también por la conclusión de la novela.

Leámosla:
“Habría pensado”, dijo el oficial, preveendo la investigación que debía haber hecho, "habría pensado que un grupo de niños ingleses... Son todos ingleses, ¿verdad?... habrían sido capaces de algo mejor... Bueno...”.
“Fue así al principio”, dijo Ralph, “antes de ...”
Se detuvo.
"Eramos unidos entonces..."
El oficial asintió alentadoramente.
“Lo sé. Todo estuvo bien. Como en la Isla de Coral”.
Ralph lo miró sin hablar. Por un momento tuvo una visión fugaz de la extraña aura de aventura que una vez brilló sobre la isla. Pero la isla estaba ardiendo como madera seca, Simone estaba muerto y Jack tenía... Sus lágrimas fluyeron y fue sacudido por los sollozos. Por primera vez desde que estaba en la isla, se abandonó a las lágrimas, a un gran espasmo de dolor que lo sacudió por completo. Su llanto resonó bajo el humo negro, frente al fuego que destruía la isla y, con la misma emoción, los otros niños comenzaron a sollozar. Entre ellos, con el cuerpo asqueroso, los cabellos en la frente y la nariz sucia, Ralph lloraba por el fin de la inocencia, la dureza del corazón humano y la caída en el vacío de su verdadero amigo, el amigo sabio llamado Piggy”.

El oficial encuentra a los niños bronceados como salvajes que se hicieron la guerra matando deliberadamente a algunos compañeros. Y dice: “Habría pensado que un grupo de niños ingleses... Son todos ingleses, ¿verdad?... habrían sido capaces de algo mejor... Bueno ...”. En fin, quinientos años de filosofía inglesa han conquistado el mar y la mitad de la tierra, han creado la ciencia, un imperio... ustedes son ingleses... pensé que habrían creado cosas maravillosas, y en cambio... asesinatos, paganismo, sacrificios humanos...

Y ellos lloran. Todos lloran. Lloran "el fin de la inocencia", el fin del sueño británico que resulta ser una pesadilla. La ley del más apto no trajo esos maravillosos frutos de bienestar y civilización: trajo muerte y destrucción.

Ahora puedo revelar los pequeños detalles de la historia de Bregman. El pequeño detalle fundamental, que aseguró que la historia de los seis niños de Tonga no terminara como la novela de Golding. Los seis niños eran católicos. Eran alumnos de una escuela católica y continuaron viviendo como católicos también en 'Ata. Eso es todo. Un pequeñísimo detalle que lo cambia todo.

Golding no está equivocado. No se equivocó al pintar al hombre que, sin la jaula de la sociedad, vuelve a la barbarie más feroz. Retrató a la sociedad sin la Iglesia Católica fundada por Cristo.

Extra Ecclesia, nulla salus.

 

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