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La Misa es esencial para el bien común

Cada Misa, como lo enseña el Concilio, tiene por naturaleza una "índole pública y social". El sacrificio de Cristo que se renueva en la Misa es universal, es decir, es para la salvación del mundo entero. La Eucaristía, decía Benedicto XVI, tiene a tal punto un significado público que empuja un compromiso valiente en las estructuras de este mundo, a través de la Doctrina Social de la Iglesia.

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Al evaluar la suspensión de las misas "por el bien común", hemos visto que los católicos se dividen en tres grupos (haga clic aquí): hay quienes aprueban porque la lucha humana contra el coronavirus no tiene nada que ver con lo trascendente y los milagros son supersticiones; hay quienes lo desaprueban porque la misa también tiene un valor cívico de producción de solidaridad horizontal que es muy útil en tiempos difíciles; hay quienes desaprueban por razones más radicales, porque piensan que incluso para contagios y epidemias, los juegos reales tienen lugar en el cielo, con efectos que también son redundantes en la tierra.

La verdadera respuesta debe comenzar desde qué es la Santa Misa y si tiene por naturaleza una dimensión pública. La Santa Misa es el cielo que desciende a la tierra. En el sacrificio eucarístico, se renueva sacramentalmente la muerte y la resurrección de nuestro Señor, con el cual renovó la creación después del pecado. Como enseña el Catecismo, "representa el Sacrificio de la Cruz, porque es su memorial y aplica su fruto". La Misa tiene efectos salvíficos porque en la Eucaristía se confiere la vida sobrenatural. Nos une entre nosotros en la Iglesia, es decir, en una comunidad más fuerte que nuestras comunidades humanas porque no está constituida por nosotros, sino que estamos constituidos en ella. Esta unión concierne a los fieles de la Iglesia militante en la tierra y también a las almas del Purgatorio en un estado de purificación y a las almas glorificadas y justificadas: por lo tanto, la Misa nos inserta en la comunión de los santos. En la Exhortación Ecclesia de Eucaristía del año 2003, Juan Pablo II se lamentó de que la Misa a menudo se consideraba como un “encuentro convivencial y fraterno” y no como un sacrificio con abundantes frutos salvíficos. La Misa es también un banquete, pero un banquete de sacrificio “marcado por la sangre derramada en el Gólgota”.

Cada Misa, como enseña el Concilio, tiene por naturaleza una “índole pública y social”. Enseña Pablo VI en Mysterium fidei, que el sacrificio de Cristo que se renueva en la Misa es universal, es decir, para la salvación del mundo entero: “de esta Misa deriva una gran abundancia de gracias particulares, a favor tanto del mismo sacerdote como del pueblo fiel y de toda la Iglesia, de hecho, de todo el mundo”. Y esto sucede incluso cuando la Misa se dice en el llamado modo “privada” porque, por alguna razón, no puede haber una asamblea: incluso en este caso mantiene un significado público y contribuye “también a la salvación del género humano”.

Benedicto XVI, en la Introducción al volumen de la Opera Omnia sobre la liturgia, al significado público también agrega el significado cósmico: “la liturgia se celebra hacia la inmensidad del cosmos, abarca la creación y la historia juntas. Este era el significado de la orientación hacia el Este de la oración: el Redentor, a quien dirigimos nuestras oraciones, es también el Creador y así en la liturgia queda siempre presente el amor por la creación y la responsabilidad hacia ella”. Dios es el creador no solo del cosmos físico sino también del cosmos humano, es decir, de la sociedad.

El carácter universal, público y social de la Misa y de la Eucaristía centrada en la “nueva creación” explica por qué no se trata solo de devoción y la Iglesia ha expresado su fe también a través de una serie de manifestaciones externas, como la celebración de las misas durante las plagas, cerca de conflictos por la fe y durante las guerras. También explica el significado de las procesiones eucarísticas para invocar la protección divina sobre la ciudad o la adoración pública del Santísimo Sacramento. Si incluso en la forma de celebración “privada”, la Misa y la Eucaristía expresan sacramental y verdaderamente un valor salvífico universal, con mayor razón la Iglesia hace bien a promover la participación en la asamblea y en las manifestaciones externas. No hay contraste entre la invitación del Papa a los sacerdotes a celebrar misa todos los días en privado y la necesidad de su presencia pública.

Benedicto XVI también enseña el significado público de la Misa como garantía sobrenatural del bien común, en los párrafos finales de la Exhortación Sacramentum caritatis del año 2007. “La unión con Cristo que se realiza en el Sacramento -escribe- nos capacita también para nuevos tipos de relaciones sociales: «la "mística'' del Sacramento tiene un carácter social». En efecto, «la unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que Él se entrega”. La Eucaristía tiene a tal punto tanta importancia pública que impulsa un compromiso valiente en las estructuras de este mundo a través de la Doctrina social de la Iglesia: “en este precioso patrimonio, proveniente de la más antigua tradición eclesial, encontramos los elementos que guían con profunda sabiduría el comportamiento de los cristianos frente a cuestiones sociales candentes”.

Desafortunadamente, la secularización nos ha acostumbrado a pensar en todos los niveles como autónomos: la técnica autónoma de la ciencia, la ciencia autónoma de la política, la política autónoma de la ética, la ética autónoma de la religión… Cada escalón estaría en grado de alcanzar autónomamente los proprios fines, y sostener lo contrario sería integralismo. Pero el Fin último no es el último escalón de una escalera que simplemente se agrega a los anteriores, eso coincide en cambio con el principio. Ningún escalón intermedio resiste sólo: “Sin mí no pueden hacer nada”.

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