• EL CATECISMO DE LOS DOMINGOS/9

La inspiración de la Sagrada Escritura

La Sagrada Escritura es verdaderamente la Palabra de Dios, pero su lenguaje es plenamente humano. La inspiración significa que Dios actúa en el hombre: lo utiliza en la plenitud de sus facultades, no como un simple escritor. Es la elevación de las capacidades del hombre, no su distorsión. El error está excluido en las Escrituras, pero en referencia a las verdades sobrenaturales.

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Una vez explicada la Revelación y sus dos fuentes –la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición-, hoy nos centramos en la Sagrada Escritura.

¿Cómo podemos definir la Sagrada Escritura? La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios expresada en lenguaje humano. Surgen así los dos elementos fundamentales del texto sagrado:

- El Autor principal de la Escritura es Dios; es la Palabra de Dios (genitivo de atribución).

- El lenguaje es plenamente humano.

Pasamos ahora al tema de la inspiración de las Sagradas Escrituras. Que todos los libros que componen la Sagrada Biblia están totalmente inspirados por Dios de principio a fin es una cuestión de fe, no es una mera opinión teológica.

- ¿Qué significa que estos libros están inspirados?

Para responder a esto, tenemos que investigar la cooperación entre estos dos autores, ninguno de los cuales debe ser sacrificado: Dios como Autor principal y el hagiógrafo como autor secundario o causa instrumental. Evidentemente, estos autores no tienen el mismo peso, pero ambos deben ser conservados.

Si nos inclinamos por el Autor principal, sacrificando al autor secundario, corremos el riesgo de pensar que los libros sagrados han caído del cielo o han sido dictados mecánicamente por Dios a un escriba, pero no es así.

Si, por el contrario, sacrificamos al Autor principal, nos encontramos con autores piadosos y devotos, pero meramente humanos; en consecuencia, la autoridad de los libros sagrados no es más que algo que se confiere al texto cada vez por parte de una época histórica que lo reconoce como válido o no.

El concepto de inspiración, por otra parte, significa que realmente los textos sagrados son palabra de Dios y que realmente los textos sagrados son la obra del hombre.

Del lado de la inspiración sobrenatural, debemos aferrarnos al hecho de que se trata de una revelación que supera las meras capacidades subjetivas humanas y, como tal, vincula a la humanidad, siendo realmente la Palabra de Dios.

Por otra parte, como el autor humano es verdaderamente un autor y es verdaderamente humano, se abre el campo de la exégesis, la crítica, la aportación de la arqueología, la filología, el estudio de las lenguas, etc. Por lo tanto, es legítimo poder investigar y reconocer el estilo propio de un autor.

Párrafo 106 del Catecismo de la Iglesia Católica:

Dios ha inspirado a los autores humanos de los libros sagrados. «En la composición de los libros sagrados, Dios se valió de hombres elegidos que usaban de todas sus facultades y talentos; de este modo, obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería».

- ¿Qué es entonces la inspiración?

Significa que Dios actúa en el hombre, es decir, se sirve de él en plena posesión de sus facultades y capacidades, de modo que el hombre actúe como verdadero autor y no como mero escritor o instrumento inanimado. La inspiración, por tanto, reside precisamente en esta acción sobre las facultades del hombre: no para distorsionarlas, sino para elevarlas, iluminarlas, fortalecerlas y guiarlas, de modo que la persona –que permanece en plena posesión de sus facultades- pueda escribir a su manera y en su estilo, todo y sólo lo que Dios quiere y pretende.

Constitución Dogmática Dei Filius (Denzinger 3006)

Estos libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, en su totalidad, con todas sus partes, tal como se enumeran en el decreto de este concilio y como se encuentran en la antigua edición latina de la Vulgata, deben ser aceptados como sagrados y canónicos. La Iglesia las considera como tales, no porque habiendo sido compuestos por el hombre, hayan sido entonces aprobados por su autoridad, ni siquiera simplemente porque contengan la Revelación sin error; sino porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales han sido transmitidos a la Iglesia.

Por tanto, la Iglesia llama sagrados y canónicos a los libros sagrados porque los reconoce como inspirados; es la inspiración la que hace que un texto sea sagrado y canónico, y no al revés.

Estos libros compuestos por obra del hombre son inspirados, dice la Dei Filius, “no sólo porque contienen la Revelación sin error”: se subraya así la diferencia entre revelación e inerrancia. Inerrancia significa que los textos sagrados no pueden contener errores. La inspiración, por tanto, no sólo tiene un carácter negativo, preservando el texto del error, sino un carácter positivo, es decir, indica el origen sobrenatural de ese texto a través de la inspiración del autor sagrado.

El 30 de septiembre de 1943, con motivo del quincuagésimo aniversario de la encíclica Providentissimus Deus, Pío XII publicó otra encíclica sobre la interpretación y la naturaleza de la Sagrada Escritura, Divino Afflante Spiritu, en la que hay un capítulo dedicado precisamente a la inspiración; un capítulo muy amplio que armoniza los aspectos divinos y humanos de la Escritura:

En efecto, nuestra época, aunque acumula nuevos interrogantes y dificultades, al mismo tiempo, gracias a Dios, ofrece también a la exégesis nuevos medios e instrumentos. Entre ellas, hay que destacar especialmente el hecho de que los teólogos católicos, siguiendo la doctrina de los santos padres, y especialmente del doctor Angélico y común [Santo Tomás, ed.], han examinado y expuesto la naturaleza de la inspiración bíblica y sus efectos con mayor precisión y finura de lo que era habitual en los siglos pasados. Partiendo en sus discusiones del principio de que el hagiógrafo, al escribir el libro sagrado, es un órgano, es decir, un instrumento del Espíritu Santo, pero un instrumento vivo dotado de razón, observan con razón que, bajo la acción divina, hace tal uso de sus propias facultades y poderes, que del libro por él compuesto todos pueden recoger fácilmente el carácter propio y cómo sus rasgos personales y su carácter. (Enchiridion Biblicum, 556).

Hay aquí un concepto importante: la inspiración, al ser una gracia especial, no sólo no anula al hombre y sus facultades, sino que las eleva y acentúa, de modo que las características propias del autor (inteligencia, perspicacia, capacidad de escritura...) no se ven disminuidas por la inspiración, sino que adquieren, por así decirlo, un color más vivo.

Pío XII continúa:

Por lo tanto, el intérprete con toda diligencia, sin despreciar la nueva iluminación aportada por las investigaciones modernas, debe tratar de discernir cuál fue el carácter del autor sagrado, cuáles fueron las condiciones de su vida, en qué época vivió, qué fuentes escritas y orales utilizó, qué formas de discurso empleó. Así podrá saber con más precisión quién era el hagiógrafo y qué quería decir en su escrito. Porque nadie ignora que la regla suprema de la interpretación es discernir y establecer lo que el escritor quiere decir, como advirtió tan acertadamente san Atanasio

- ¿Por qué es tan importante saber todas estas cosas?

Puesto que el autor humano es el verdadero autor inspirado por Dios –y Dios es, por tanto, el primer y verdadero autor-, el sentido de las Escrituras puede deducirse también por la intención del autor, por lo que éste pretendía expresar. No podemos pasar por alto el elemento humano, porque de lo contrario tendríamos una interpretación errónea, y se perdería el autor propiamente humano de la Escritura, que no está anulado sino inspirado por Dios.

Otro texto importante, esta vez de Providentissimus Deus. Estamos en 1893, el Papa es León XIII (Enchiridion Biblicum, 124-125).
En efecto, los libros que la Iglesia ha recibido como sagrados y canónicos, todos e íntegramente, en todas sus partes, han sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo; y está tan lejos de la divina inspiración el admitir error, que ella por sí misma no solamente lo excluye en absoluto, sino que lo excluye y rechaza con la misma necesidad con que es necesario que Dios, Verdad suma, no sea autor de ningún error. Tal es la antigua y constante creencia de la Iglesia [...] Por lo cual nada importa que el Espíritu Santo se haya servido de hombres como de instrumentos para escribir, como si a estos escritores inspirados, ya que no al autor principal, se les pudiera haber deslizado algún error. Porque Él de tal manera los excitó y movió con su influjo sobrenatural para que escribieran, de tal manera los asistió mientras escribían, que ellos concibieran rectamente todo y sólo lo que Él quería, y lo quisieran fielmente escribir, y lo expresaran aptamente con verdad infalible; de otra manera, Él no sería el autor de toda la Sagrada Escritura.

Así entendemos cómo la inspiración es la acción sobrenatural de Dios que actúa sobre el hombre en su totalidad y de ahí también surge la inerrancia, que no coincide con la inspiración, pero que sin embargo es una consecuencia de ella.

- ¿Qué significa que el error debe ser excluido de las Escrituras?

Teológicamente hay una diferencia entre las verdades religiosas sobrenaturales y las verdades profanas, por ejemplo de carácter histórico o astronómico.

Mientras que en el primer caso se afirma la inerrancia en un sentido absoluto, en el segundo hay que buscar la verdad de estos textos en el sentido que pretendía el autor humano. Sin embargo, estas afirmaciones deben ponerse en relación con la realidad salvífica que se va a comunicar. Por tanto, es necesario entender la intención del hagiógrafo y qué verdad pretende defender.

Ejemplo. ¿Puede ser errónea la afirmación de que Jesús nació en Belén porque no es una verdad directamente religiosa? No, porque esta verdad está directamente conectada con la verdad religiosa salvífica, en tanto que le vincula directamente con el linaje davídico y con todo lo que ello conlleva para el misterio de Cristo.

Por otro lado, tenemos el famoso pasaje bíblico que dio lugar al “caso Galilei”, el “Detente, oh sol” de Josué. ¿Es un error? Aquí la intención del autor no es explicar una verdad astronómica, sino exponer mediante esa expresión que la intervención de Dios había detenido el tiempo, utilizando un modo de expresión que no es más erróneo que cuando hoy afirmamos que el Sol sale y se pone.

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