• SINGAPUR

La hermana Gérard, una religiosa que acompañó a los condenados a una muerte digna

Para muchos prisioneros la vida habría terminado de una manera completamente diferente si no fuera por la presencia de una monja católica en Changhi, la prisión de máxima seguridad de Singapur. La hermana Gérard Fernández tenía sólo 36 años cuando acompañó a la primera convicta, Tan Mui Choo (Catherine) a la horca. Esa última mañana, Tan llevaba un vestido azul con una faja y zapatos a juego para su ejecución. “Estaba muy tranquila”, recuerda la hermana Gerard Fernández, “cuando nos cogimos de la mano en el camino final hacia la horca, canté el himno favorito de Tan, ‘Qué grandiosa es tu ópera’”. “La oí subir la escalera de caracol y oí cómo tiraban de la palanca. La trampilla se abrió y en ese momento me di cuenta de que Catherine se había ido”.

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El mundo ha conocido recientemente la historia detrás de las rejas de Tan Mui Choo y de otros dieciocho prisioneros que la hermana Gerard ha acompañado a la horca como consejera voluntaria durante las últimas cuatro décadas. Es una monja de la Orden del Buen Pastor de Singapur y su historia se ha conocido tras habérsele otorgado un puesto en la lista de la BBC de las 100 mujeres más influyentes e inspiradoras del mundo en 2019. Es un feliz recordatorio de su experiencia ahora que su misión, que duró de 1981 a 2017, ha llegado a su fin.

Fue la historia de Tan Mui Choo (Catherine) la que causó un cambio dramático en la misión de la hermana Gerard, que comprendió su “llamada a las personas rotas”. En 1981 Singapur estaba  profundamente conmocionado por el brutal asesinato de dos niños a manos de un médium del templo, Adrian Lim, de su esposa Tan y de su amante Hoe Kah Hong para realizar un ritual Toa Payoh (sacrificio de sangre a la diosa hindú Kali). El caso había afectado profundamente a la hermana Gerard porque conocía a una de las víctimas, Agnes Ng, que sólo tenía nueve años, así como a una de las asesinas, Catherine Tan. Los tres asesinos fueron sentenciados a muerte. “Cuando entré por primera vez en la prisión para visitar a Catherine”, explica la hermana Gerard, “me miró con sus ojos tristes y me dijo: ‘Tú no me has condenado, por favor ayúdame a cambiar’. Durante siete años, hasta que los tres fueron ahorcados en 1988, la hermana Gerard visitó a Catherine cada semana para rezar con ella y ayudarla a volver a su fe católica. La historia de su amistad inspiró un cortometraje llamado “Sister”.

Un segundo caso importante se refería a una católica filipina, Flor Contemplacion. En 1991 fue acusada de matar a una compañera trabajadora doméstica y al niño de cuatro años que estaba cuidando. “Flor estaba muy enfadada cuando su petición de clemencia fue rechazada y como  reacción había rechazado a todos los demás, incluida a mí misma”, explica la hermana Gerard. “Pedí a mis amigos y feligreses que rezaran a la Virgen para que intercediera por Flor y la ayudara a  superar su ira. Y cuando he ido a verla la semana pasada, Flor estaba muy emocionada y me ha dicho: ‘María ha entrado en mi celda’. Le pedí a Flor que describiera su encuentro y ella me explicó: ‘María estaba vestida de blanco, con un cinturón azul y me dijo: No te preocupes, no tengas miedo, yo estoy contigo’. Flor también se enfrentó a la muerte en paz”.

No todos los que en su momento pidieron la ayuda de la hermana Gerard eran católicos. Kumar, un prisionero homicida, por ejemplo, sólo pidió hablar con la hermana Fernández la noche antes de su ejecución. Le dijo que su presencia en la prisión le había dado consuelo durante su tiempo en el corredor de la muerte y que la escuchaba cantar. Las últimas palabras que le dijo fueron: “Voy a ver a Dios esta mañana y cuando lo vea le contaré todo sobre ti”. “Verá”, explica la hermana Gerard, “tener la oportunidad de acompañarlos en su último viaje y calmar su miedo a la muerte es una vocación muy especial”. “Estaba rezando por mí”.

Un traficante de drogas australiano, Van Tuong Nguyen, de 25 años, ahorcado en 2005, le pidió a la hermana Gerard que lo acompañara en sus últimos momentos. “Mi corazón está lleno de amor. Dado que he hecho un voto de castidad, soy libre para amar a todo el mundo”, dice. Pero “eso habría sido demasiado traumático para mí”, reconoce.

Singapur es líder mundial en muchos campos y es reconocido por su velocidad y eficiencia. Cuando las medidas restrictivas que se impusieron debido al Covid-19 impidieron los juicios presenciales, los jueces siguieron trabajando en los principales casos a distancia. En mayo, Punithan Genasan, de 37 años, fue condenado a muerte por su participación en una venta de drogas en 2011. Fue la primera sentencia de muerte llevada a cabo a través de Zoom en el mundo. En Singapur se suele imponer la pena de muerte por tráfico de drogas y asesinato, por lo que el Gobierno logra mantener una de las tasas de asesinato más bajas del mundo y mantener el tráfico de drogas bajo control. Pero las historias personales de estos prisioneros tras las rejas, que dan un rostro humano a las estadísticas, son la razón por la que la hermana Gerard pide el fin de la pena de muerte en su amado Singapur. “La vida es preciosa, cada persona se merece algo mejor que todo lo peor que haya podido hacer”, explica la hermana Gerard. “Con independencia de los pecados que se cometan, todos merecen morir con dignidad”.

San Juan Pablo II, en la encíclica Evangelium Vitae, escribió: “Hoy en día, de hecho, debido a las posibilidades que tiene un Estado de prevenir el delito, haciendo que quienes lo cometen sean incapaces de hacer más daño, sin eliminar definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en que la ejecución del agresor es inevitable son raros, si no prácticamente inexistentes”.

La experiencia de la hermana Gerard es el triunfo de la redención, la victoria del bien sobre el mal. La justicia se realiza cuando un alma se redime.

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