La alegría que nace de la confianza
Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios (Lc 6,20)
En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía:
«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.
Pero ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!
¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre!
¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!
¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas».
(San Lucas 6, 20-26)
Las Bienaventuranzas dan la vuelta a la lógica del mundo: lo que parece debilidad se convierte en lugar de la presencia de Dios. Jesús no ensalza el sufrimiento, sino que anuncia que el Padre no olvida ninguna pobreza, hambre o lágrima. El verdadero tesoro no es lo que posees ni la aprobación de los demás, sino una vida basada en la confianza en Dios y en su promesa. ¿En qué basas realmente tu felicidad? ¿Eres capaz de confiar en Dios incluso en tus incertidumbres y en tus errores? ¿Hasta qué punto buscas la aprobación de los demás olvidándote de la de Dios, que es mucho más importante?
