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La alarma del cardenal Müller: el Papado está en grave peligro

Gracias también al poder de los medios de comunicación actualmente existe una considerable confusión en la Iglesia sobre el significado del Papado. Por un lado, la renuncia de Benedicto XVI ha dado la idea de la existencia de “dos Papas”, lo cual es absolutamente inconcebible. Y por otro lado, el Papa Francisco, entre las relativizaciones de su papel y los “cambios de paradigma”, se arriesga a predicar “una hermandad humana sin Jesucristo” y a entablar un diálogo con el Islam bajo la bandera del relativismo religioso. Se hace más que nunca necesario redescubrir el carácter cristocéntrico del papado. De todo esto ha hablado el cardenal Gerhard L. Müller en una intervención sobre el verdadero significado del Papado.

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“La causa y el centro del ministerio petrino es la confesión de la fe en Cristo”, un centro que hoy en día parece ser cuestionado por los muchos acontecimientos que caracterizan a la Cátedra de Pedro.  Esto es lo que ha impulsado al cardenal Gerhard L. Müller a escribir un nuevo y breve ensayo titulado “El cristocentrismo del servicio de Pedro o por qué hay un solo Papa”, que La Brújula Cotidiana ha publicado íntegramente en italiano (pulse aquí).

El cardenal Müller observa un gran riesgo en la Iglesia de perder el significado del papado bajo la presión del “dominio de los medios”, que inevitablemente ofrece un mayor poder comunicativo a las imágenes y a las noticias y menor a los criterios teológicos. Predominio que el pontificado de Francisco privilegia voluntariamente, dado que “ha aumentado el número de colaboradores del Dicasterio para la Comunicación y que, comparado con la Congregación para la Doctrina de la Fe –que para el Magisterio de los papas es mucho más importante- ha aumentado treinta veces”.

Esta preponderancia de los medios de comunicación es un elemento fuertemente distorsionador junto con algunas situaciones objetivamente controvertidas en relación con el Papado: por un lado la renuncia de Benedicto XVI y la reivindicación de un papado emérito sin precedentes y por otro lado la intención “revolucionaria” del pontificado de Francisco.

En el primer caso, el antiguo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe considera preocupante la percepción de la existencia de “dos Papas”, algo muy engañoso, creando entre otras cosas un antagonismo perjudicial para la Iglesia.

Hay y puede haber un solo Papa, explica Müller, no puede haber dos sucesores del Apóstol Pedro: “Dos personas no pueden encarnar 'el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad tanto de los obispos como de la multitud de los fieles' (LG 23)”. Continúa: “El obispo de Roma es el sucesor de Pedro sólo mientras esté vivo o hasta que haya renunciado voluntariamente”. Así que “con la renuncia voluntaria al cargo, las prerrogativas papales o los plenos poderes petrinos también caducan definitivamente”, continúa el cardenal alemán, concluyendo luego: “Todo obispo de Roma es sucesor de Pedro sólo mientras sea el actual obispo de Roma. No es sucesor de su predecesor y por lo tanto dos obispos de Roma, papas y sucesores de Pedro, no pueden existir al mismo tiempo”. Por lo tanto aún queda por aclarar la comprensión teológica de la posición de Benedicto XVI.

Pero los mayores desafíos al Papado parecen venir de algunas de las decisiones de Francisco. A partir de los cambios en el Anuario Pontificio donde las características del ministerio petrino han sido relegadas a “meros títulos históricos”: una elección “desde un punto de vista dogmático muy cuestionable”, responde. “Los títulos de 'sucesor de Pedro, vicario de Cristo y cabeza visible de toda la Iglesia' (LG 18)” –dice Müller-, “marcan la verdad intrínseca del primado romano, aunque estos títulos se hayan aplicado al papa romano sólo en el transcurso del tiempo”. La eliminación de esos títulos no es, por tanto, una manifestación de humildad, ni mucho menos: “La humildad es una virtud personal –dice el cardenal alemán- que se adapta muy bien a todo siervo de Cristo. Pero no justifica una especie de relativización de los plenos poderes que Cristo transmitió a los apóstoles y a sus sucesores para la salvación de los hombres y la edificación de la Iglesia”.

“Así como Pedro no es el centro de la Iglesia” –afirma Müller-, “ni el punto central del cristianismo (gracia santificante y filiación divina), así, sin embargo, los sucesores de su cátedra romana son, como él, los primeros testigos del verdadero fundamento y único principio de nuestra salvación: Jesucristo, el Verbo de Dios, su Padre, hecho carne”.

Existe, por tanto, una unicidad e irreductibilidad de la tarea del Papa y de la misión de la Iglesia –“’La Iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad’ (1 Tim 3, 15) es testigo y mediadora de la irrevocable autocomunicación de Dios, como verdad y vida de todo hombre”- que se ve amenazada por otra tentación muy evidente: la de reducir la propia tarea al orden terrenal.

Citando “Un breve relato del Anticristo” de Vladimir Soloviev, Müller recuerda que la Iglesia “no puede someterse a los objetivos generales de un nuevo orden mundial religioso-moral y económico-social, realizado por los hombres, aunque sus ‘creadores y custodios’ reconocieran como su guía espiritual al Papa por razones honoríficas”. Las referencias son obvias. Pero el ex Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe no se detiene ahí, también ataca algunas expresiones que se han vuelto típicas de este pontificado: “Ni en la doctrina de la fe revelada ni en la constitución sacramental de la Iglesia puede haber ‘revoluciones’ según el lenguaje político-sociológico, o ‘cambios de paradigma’ científico-teóricos”.

Pero la hermandad humana, tal como se comunica y se percibe comúnmente, también es un problema: “Cualquier apelación a una ‘hermandad universal’ sin Jesucristo, el único y verdadero Salvador de la humanidad, se convertiría, desde el punto de vista de la Revelación y la Teología, en una loca carrera hacia la tierra de nadie”.

Por lo tanto, nada de “pluralismo y relativismo religioso en la búsqueda de la verdad” y, sobre todo en las relaciones con el Islam “debemos decir francamente que Jesucristo no es ‘uno de los profetas’ (Mt 16,14), lo que nos devolvería a un dios común más allá de la autorrevelación en el Hijo de Dios hecho hombre, ‘como si’ fuera de la enseñanza de la fe, en la nada de los sentimientos religiosos –según vanas palabras religiosas- ‘en el fondo todos creemos lo mismo’”. “Sólo Jesús revela con poder divino el misterio de Dios: ‘Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’ (Mt 11,27)”, continúa Müller.

“Este es el cristocentrismo” –dice finalmente Müller-, “alrededor del cual gira el ministerio petrino, es decir, la primacía de la Iglesia Romana, que le da a este ministerio su significado irremplazable para la Iglesia en su origen, vida y misión hasta el regreso de Cristo al final de los tiempos”.

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